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Los testimonios de los refugiados en el Bajo Piura [CRÓNICA]

A una semana de haberse instalado en el refugio San Pablo, los damnificados anhelan volver a sus casas

Una cisterna del Ministerio de Vivienda se ha quedado atascada en el arenal donde se ha instalado desde el viernes pasado el refugio de San Pablo, en el Bajo Piura. Los damnificados hacen cola para llenar baldes con agua. A unos cincuenta metros de allí sobresalen carpas blancas y gente que descansa a la sombra de un algarrobo. Los niños corretean en medio de un sol abrasador. 

Cada testimonio de los refugiados es más doloroso que otro. María Flores Macalupú, de Pedregal Grande, dice que no se acostumbra a vivir en una carpa. “Acá hay mucha arena. Quema bastante, y cuando llueve pasa el agua. Por eso le hemos puesto plástico encima (a la carpa). No tenemos agua ni linternas para alumbrarnos de noche”, confiesa. 

Ella, al igual que cientos de damnificados que se albergan en ese refugio, quiere volver a casa. “Quisiera regresar donde vivía. En casa me sentía mejor. Acá no nos acostumbramos. Pero mi casa se ha tumbado, mis animales los he perdido. No saqué nada, solo me vine con la ropa en mi cuerpo”, añade entre lágrimas. 



Más adelante se encuentra María Chávez Flores, del sector de Molino Azul, en Pedregal Grande. Ella narra el éxodo que pasaron luego de la inundación del lunes 27 de marzo. “Nos quedamos debajo de un monte, luego pedimos refugio en unas casitas, y después hemos venido a estas carpas. Pero acá hace mucho calor, por eso nos salimos a la fresca (al aire libre)”, cuenta. 

Ella es otra de las damnificadas que anhela volver a su casa. Esa casa que ahora es un montón de ruinas, porque sus paredes de quincha (material del lugar) se le cayeron. “Sí quiero regresar, porque allá podemos criar animalitos, pero mi casa es puro barro. Mis animales se han muerto. Cómo voy a recuperar mis animalitos”, agrega. 

Unas carpas más adelante se encuentra Dominga Estrada Zapata, también de Pedregal Grande. Una mujer que repara mucho en las condiciones de vida del albergue. “Estamos en un solazo, no podemos cocinar, la comida se llena de arena. En vez de comer comida mascamos arena. Pero qué vamos a hacer pues. Así nos encontramos, donde hemos venido a quedar ahora”, dice. 

La mujer agrega que no se acostumbran, pues ella vive con sus dos hijos y su esposo: “Nos dieron sábanas nomás, y mi vecino nos prestó un colchón. Mi casa es un  desastre, las paredes se van a caer, los techos también. Los animales se perdieron. Todo hemos perdido”, sentencia.  

(Foto: Ralph Zapata / El Comercio)

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