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"Perlas del altiplano", por José Carlos Requena

"Las 10 plantas de tratamiento de aguas residuales anunciadas no son poca cosa. Los arrebatos verbales del presidente, sus perlas, deberían pasar a segundo plano", opina el analista.

Puno

(Foto: Presidencia Perú/Flickr)

El Comercio

La altura parece invitar al presidente al desatino. A finales de febrero del 2016, en plena campaña electoral, Pedro Pablo Kuczynski tuvo un incómodo momento con un periodista en Puno. “A mí lo que realmente me sorprende es la ignorancia de la pregunta que usted hace… Yo voy a ser bien agresivo: ¡Usted es un ignorante!”, dijo el entonces candidato ante una pregunta sobre la renegociación de los contratos de gas.

Aunque el hoy presidente se disculpó posteriormente, el incidente pasó a engrosar la colección de exabruptos que ha marcado la biografía política de Kuczynski. En su momento, opacó el objeto de su viaje: recoger votos en el siempre desafiante sur andino.

Algo similar pasó el viernes: el presidente visitaba Puno para participar en la declaración de la viabilidad de la construcción de 10 plantas de tratamiento de aguas residuales para la descontaminación del lago Titicaca, un problema de larga data en el altiplano. No hace falta ser activista ambiental para mostrar preocupación por el tema: está siempre presente en cualquier conversación con la población local.

La visita de Kuczynski, sin embargo, será recordada por las frases que lanzó, alusivas a las preocupaciones que debió haber dejado en Lima.

Es que la contaminación del lago Titicaca no es algo que deba ser opacado por los líos políticos de estos días. En agosto del 2017, un informe producido por la Autoridad Nacional del Agua (ANA) (“Fuentes contaminantes en la cuenca del lago Titicaca”, liderado por Juan José Ocola y Wilber Laqui) detallaba la acuciante situación.

“El lago Titicaca es el cuerpo natural de agua, único receptor de toda la carga contaminante contenida en las aguas residuales domésticas, municipales e industriales, así como de las generadas por las actividades mineras ilegales e informales. También lo es de fuentes difusas, como la agricultura y la ganadería, cuyos impactos en la calidad del agua son evidentes en determinadas zonas”, indicaban Ocola y Laqui, precisando que cerca de 550 mil habitantes viven en los 63 centros urbanos de la cuenca del Titicaca. Los autores indicaban que la población ejerce “una presión intensa sobre la calidad del agua, de la que, al parecer, aún no ha tomado conciencia”.

La gran cantidad de información científica presentada por Ocola y Laqui detalla “un problema ambiental concreto e irrefutable, que necesita impostergablemente ser solucionado; de lo contrario, muchas de sus consecuencias ambientales y ecológicas, principalmente en el lago Titicaca, se tornarán irreversibles”. Así pues, las 10 plantas de tratamiento de aguas residuales anunciadas no son poca cosa. Los arrebatos verbales del presidente, sus perlas, deberían pasar a segundo plano.

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