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Quisiera ser grande, por José Carlos Requena

El editor de la Sección Regiones analiza las aspiraciones del renunciante gobernador de La Libertad y otros casos parecidos

Quisiera ser grande, por José Carlos Requena

Quisiera ser grande, por José Carlos Requena

Un emblemático político regional ha decidido dejar el ‘pequeño’ poder de las regiones y tentar el ‘gran’ poder de Palacio de Gobierno. El 7 de octubre último, el líder de Alianza para el Progreso (APP), César Acuña, renunció al sillón de gobernador regional (¿mantendrá su rostro tallado?) para tentar el de Pizarro, en abril próximo.

Acuña deja el gobierno de La Libertad, una de las regiones más importantes del país (política, electoral y económicamente) por la incertidumbre de una campaña presidencial. Lo hace habiendo sido el único gobernador regional que figuraba entre las 30 personas más poderosas del Perú, según la encuesta de “Semana Económica”.

No será la primera vez que se empape de los potenciales sinsabores de una elección presidencial. En el 2006 Acuña fue candidato a la vicepresidencia en la plancha que encabezó Natale Amprimo, logrando un escuálido 0,4 % de votos, lo que hizo que APP perdiera la inscripción electoral (recuperada sin contratiempos en el 2008). En el 2011, fue uno de los soportes de esa fallida y efímera muestra del ingenio político peruano que fue la Alianza para el Gran Cambio, cuyo símbolo honraba la etiqueta que se le asignó entonces, “el sancochado”: mapa del Perú del PPC, círculo rojo con letra A azul de APP, iniciales del candidato (PPK).

La renuncia de Acuña, además, trae consigo dos aspectos que deben anotarse. En primer lugar, muestra el paso natural de un político con ambiciones. Acuña no es el primer renunciante al más alto cargo en una región. En el 2008, Yehude Simon y, en el 2013, César Villanueva renunciaron a las entonces presidencias regionales de Lambayeque y San Martín, respectivamente, para presidir el Gabinete, buscando proyección nacional. La diferencia estriba en lo prematuro de la renuncia de Acuña (solo diez meses en el cargo, frente a Simon y Villanueva que estaban en medio de su segunda gestión) y en la falta de logros regionales que mostrar en la contienda nacional. En cambio, Simon y Villanueva lideraron regiones con envidiable crecimiento, a pesar de carecer de canon.

En segundo lugar, el paso dado por Acuña expresa la creciente proyección de los políticos regionales. Si algún resultado notorio parece haber tenido el parcialmente fallido proceso de descentralización es el fortalecimiento de una incipiente élite política en el interior.

En el pasado, los líderes de partidos o proyectos se gestaban y consolidaban con alguna figuración en la capital. El manguerazo de Belaunde en los 50, la consolidación del liderazgo de García al interior del Apra en los 80, la sorpresiva irrupción de Fujimori en 1990, la Marcha de los Cuatro Suyos de Toledo en el 2000, y hasta la confirmación del engañoso liderazgo de Humala (tras sus particulares levantamientos en Locumba y Andahuaylas, y la intensa campaña de los etnocaceristas en las regiones), ya entrado el nuevo siglo, tienen como escenario la capital. Hoy, en cambio, vemos políticos que adquieren experiencia, cuadros y maquinarias electorales en las regiones procurando dar luego el salto a la escena nacional.

Lo que estamos viendo es un pequeño poder que, frente a las oportunidades y las adversidades, quisiera ser grande. ¿Será un carrera “solo para ganadores”, como dice la publicidad de una conocida universidad?

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