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"Reconstruir la esperanza", por José Carlos Requena

"Las lecciones aprendidas de El Niño 1997-1998 y el de 1982-1983 parecen vagos recuerdos", reflexiona el analista político

Reconstruir la esperanza, por José Carlos Requena

Reconstruir la esperanza, por José Carlos Requena

¿Qué quedará de la Piura vista esta semana? Quizá dos imágenes: la esperanza devenida en desolación, la alegría convertida en desesperación.

Hace algo menos de un año, Piura fue escenario de un inédito debate presidencial fuera de la capital; hoy es una inundada urbe que lucha contra la naturaleza y la improvisación. Las lecciones aprendidas de El Niño 1997-1998 y el de 1982-1983 parecen vagos recuerdos.

Las duras imágenes de la apacible Plaza de Armas son solo una muestra de un espacio mayor, donde la furia hidráulica amenaza: más que al desborde que arruina mobiliarios, se teme a la velocidad del río que pone en riesgo a la integridad y a la vida.

Hasta la noche del 31 de marzo, el Centro de Operaciones de Emergencia Nacional (COEN) reportaba 101 víctimas mortales en todo el país, 8 de ellas corresponden a Piura. Tres de cada diez afectados (estimados en cerca de 940 mil) están en Piura: 287.336, un 30,6% del total.

Hasta el 22 de marzo, basándose en información del Indeci, Macroconsult estimaba en US$387 millones los daños sufridos por la región Piura como consecuencia de El Niño, lo que equivale al 4,8% de su PBI.

Y, por otro lado, la desesperación, nunca tan bien captada como en las fotografías de Catacaos: la población abalanzándose a los helicópteros que llegaban con ayuda humanitaria. El hoy atribulado Catacaos es también parte de la génesis de una de las principales fortunas peruanas: en 1888, Calixto Romero inició ahí el primer negocio (la exportación de sombreros de paja) de lo que hoy es el Grupo Romero.

Criticadas por su crudeza, las fotografías resumían dramáticamente la crisis. Los soldados –parte de lo poco organizado que existe dentro del Estado– enfrentan una masa abatida, cuyo rostro no habla: grita.

Algunos han comparado las imágenes con aquellas de refugiados en guerras o poblaciones sufriendo algún desastre natural superlativo, propios de otras latitudes. Pero no se tiene que viajar mucho para apoderarse del drama, como lo atestiguan los periodistas o funcionarios que regresan de la zona.

Al hablar de reconstrucción se piensa en infraestructura: fierro y cemento como dinamizador económico. Pero lo que venga cuando la emergencia dé paso a la recuperación no debe ser solo eso.

En “El pez en el agua”, Mario Vargas Llosa, para quien la Piura de la década de 1950 significó mucho, decía sobre la que encontró a finales de los años 80: “En esos pueblos pobres de mi infancia piurana había una vitalidad pujante, una alegría a flor de piel y una esperanza ahora extinguidas”.

El nuevo milenio trajo la esperanza: la reconstrucción debe abocarse también a recuperarla.

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