Vivir y morir en Javier Prado, por Pedro Ortiz Bisso
Vivir y morir en Javier Prado, por Pedro Ortiz Bisso
Pedro Ortiz Bisso

A las 10 p.m. del último martes, diecisiete horas después del inicio del atracón monumental que hizo trizas los nervios de quienes transitaban por el cerro Centinela y la avenida Javier Prado, en la avenida Manuel Olguín el tiempo se había detenido.
 
Decenas de vehículos pugnaban por avanzar en una larga y desesperante marcha que, como a duras penas conseguía avanzar unos metros, se hacía eterna. El nuevo atoro, estresante consecuencia de un concierto en un establecimiento aledaño, era el corolario perfecto para un día en que los vecinos de La Molina y –y quienes tuvieron la desdicha de pasar por la zona– difícilmente olvidarán. 

Las autoridades de ambos distritos habían pasado gran parte de ese día en los medios culpándose unos a otros, o centrando sus dardos en la Municipalidad de Lima, sin que esta última, como suele suceder con la actual administración, dijera ni pío. 

Descoordinación fue la palabrita más usada, manido pretexto entre quienes suelen gobernar en función del cuidado de su terruño, sin que les interese un pepino lo que ocurra fuera de sus fronteras. 

Porque, digámoslo claro, en ello reside el gran drama diario que nos tiene a los limeños como protagonistas de esta historia repleta de lamentaciones. Lima es un archipiélago gobernado por 43 reyezuelos que hacen lo que les viene en gana en sus jurisdicciones, sin un plan que los conduzca, una visión que los integre. 

Pese a la catarata de evidencias, lo que se propone como solución es agudizar la fragmentación. Hay tres planes en marcha: crear el distrito de Huaycán y convertir a San Juan de Lurigancho y Lima norte en provincias. 

Comas, Carabayllo, Los Olivos e Independencia quieren hacer realidad el sueño de la provincia propia porque, según sus alcaldes, los recientes desastres naturales confirmaron que la capacidad de prevención de Lima Metropolitana “ha sido desbordada”. 

Imaginen por un segundo que el alcalde de Lima se acuerda del pueblo a quien dice gobernar y se le ocurre llevar adelante la reforma del transporte. Si ya el Callao es un obstáculo infranqueable para establecer una mínima coordinación con tal fin, ¿qué ocurriría con dos provincias extras incrustadas en la ciudad? 

Con el nuevo estatus inflándoles el pecho, San Juan de Lurigancho y Lima norte podrían ponerse de tú a tú con Lima, y el caos que ahora ahoga nuestras calles podría ser apenas un juego de niños frente al desmadre que se podría desatar. 

La solución no está en segmentar, sino en mirar la ciudad como un todo, en dejar de gastar esfuerzos en beneficio de unos pocos. Urge un plan bajo objetivos comunes, indispensables para una convivencia civilizada. 

Insistir en la fragmentación es seguir hundiéndonos en el laberinto. Lima no soporta más.