Carlos –así lo llamaremos– es uno de los 26 menores que dejaron de ser esclavos de Sendero Luminoso. Está descalzo y luce demacrado. Cuando fue rescatado del yugo terrorista, junto a 13 adultos –entre ellos dos mujeres asháninkas–, se resistía a dejar un campamento ubicado en un recóndito lugar de la selva, cerca del río Tambo, en Satipo (Junín), zona comprendida dentro del valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem).

El grupo terrorista encabezado por los hermanos José y Jorge Quispe Palomino –prófugos de la justicia– ya había inculcado ideas subversivas en Carlos y sus compañeros.

Una operación conjunta ejecutada por unos 120 agentes de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional que pertenecen a la Brigada Lobo, le dio la libertad. Después de varios días de caminar por la espesura de la selva, los esclavos del terror llegaron ayer en helicópteros a la base antidrogas de Mazamari, en Satipo.