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Dina, la remota. Crónica de Fernando Vivas sobre el viaje de la presidenta a Europa
El Congreso trajinó la Constitución para que la presidenta viaje. Quizá calculó que era mejor tenerla lejos y a Alberto Otárola cerca. La visita al Papa fue un desastre anunciado.
Desde diciembre, en plena escalada de protestas, Dina quiso viajar. Para ella no era un asunto frívolo, como lo ve el ciudadano sin millaje. Era algo muy serio, tan serio, que envió al parlamento un proyecto de ley para que, a falta de vices, el presidente del Congreso, entonces José Williams, la reemplazara. Sonó muy feo a los constitucionalistas: se rompería el equilibrio y se horadaría la dignidad de ambos poderes más de lo que ya lo estaba. Es cierto que se estaba inaugurando una nueva relación armónica entre Palacio y Congreso, pero que uno reemplace al otro, tampoco tampoco.
Entonces, vino otro proyecto, el del ejercicio remoto de la presidencia, que no rompía el equilibrio, aunque trajinaba la Constitución. A pesar de ello, y de la advertencia de constitucionalistas de todos los colores, hubo algunos adeptos a la imaginativa lectura de la carta. Se votó a favor y Dina pudo viajar. Primero fue a una reunión de sus pares sudamericanos en Belem, en Brasil, que no arqueó cejas; pero, cuando fue a Nueva York, a la Asamblea General de la ONU, sí se avivaron las críticas, no por el viaje en sí, sino por el cuento de hacer pasar citas casuales por encuentros bilaterales. Se instaló tan gran desconfianza que, ahora sí, la minoría congresal de izquierda, más algunos no agrupados y derechistas, votaron en contra de un nuevo viaje a Alemania e Italia. Aún así, la mayoría lo aprobó. Total, ¿no era mejor para la mayoría de derecha mandar a Dina de paseo y quedarse con su ‘presidente’ natural, Alberto Otárola?
No había ganancia posible en el último viaje. Reunirse con el decorativo presidente de Alemania, Frank-Walter Steinmeier y con ‘inversionistas’ (nunca más gastada su invocación) para luego visitar al Papa; se ve con suma frivolidad. Siempre habrá razones más importantes que un viaje forzado, que reclamen la presencia de una presidenta en casa. Pero, tal es la opacidad de Dina Boluarte, que su gira es un escándalo moderado. Su comitiva fue provocadoramente grande (14 funcionarios) como para hacer cálculos de cuántas ollas o postas médicas se apertrecharían con el gasto; pero, como su liderazgo es tan leve como el vacío que deja su ausencia, el balance crítico es más humorístico que indignado.
“Total, ¿no era mejor para la mayoría de derecha que aprobó el viaje mandar a Dina de paseo y quedarse con su ‘presidente’ natural Alberto Otárola?”.
He ahí el problema de la presidenta. Su peso político se ha deteriorado al punto que en la ‘encuesta del poder’ que elabora la revista Semana Económica, empata el primer lugar con Alberto, ambos con 85%. Como vengo diciendo hace varias crónicas y meses, el peso simbólico del presidencialismo nacional, ya deteriorado con Castillo, ha llegado a un punto rasante con Boluarte. ¡Cómo sino tuviera ocasiones –en país pródigo de noticias y reveses- de plantarse ante las cámaras y gesticular que algo está haciendo!
Mientras estaba perdida en el espacio aéreo, se le planteó un reto y una oportunidad. Aterrizar en Stuttgart y mandarles el avión presidencial. He ahí que vimos la conjunción de dos símbolos gastados, uno por el peso de los años sobre sus toneladas de carcaza, otro por los desatinos de pocos meses en el poder. El avión presidencial, ese que llevó a Toledo, caleteando y parrandeando, a dar la vuelta al mundo; hoy apenas cruzó el charco, y medio centenar de peregrinos varados en Tel Aviv lograron desviarlo para que les dé un aventón a otra escala europea. Simbólica decadencia del presidencialismo y de su activo más pesado.
"Vimos la conjunción de dos símbolos gastados: uno (el avión) por el peso de los años sobre sus toneladas de carcaza; otro (la presidenta) por los desatinos en pocos meses en el poder". (Foto: Presidencia)
¿Volviste y qué?
El viaje fue un desastre anunciado. El entorno progresista de Francisco se aseguró de que este no sonriera en la foto para que el encuentro se viralizara en contra de una presidenta asociada –en la poderosa narrativa pro derechos humanos- a decenas de muertos en las protestas de diciembre y enero. Era un riesgo fácil de calcular y sin embargo Dina y la canciller Ana Cecilia Gervasi fueron a esa cita que confirma el desprestigio internacional de la gestión Boluarte y que ahora salpica a Torre Tagle.
Los viajes de Dina la remota también han provocado su primera moción de vacancia. Álex Flores, un no agrupado que fue de Perú Libre, presentó el miércoles pasado 26 firmas de izquierda, más las de algunos ‘niños’; que, alegando que la ley de ejercicio remoto es inconstitucional, señalan que Dina habría incurrido en una causal de vacancia según el Art. 113 de la Constitución: salir del territorio nacional sin permiso. Pero sí lo tuvo tras votación ganada, y aún si la ley fuese declarada inconstitucional por el TC, nadie le quita la legalidad de lo viajado. La moción también habla de incapacidad moral, pero aquella apenas está sustentada en dos párrafos sobre las víctimas de las protestas. Esto será un primer pulseo –podría perder en la primera votación de admisión- con una oposición congresal más interesada en quedarse mejorando sus condiciones que en lograr que Dina se vaya.
Preguntémonos, más bien, qué tan remota se percibe a la presidenta en la ciudadanía después de sus viajes al extranjero. Si en lugar de Nueva York o Roma, el equipo que la acompañó en la ruta dispendiosa le preparara viajes cruciales de reconocimiento y reconciliación (la que prometió en su mensaje de Fiestas Patrias) con las regiones que más la desaprueban; podríamos ver una enmienda de esta frivolidad perniciosa. Los próximos días serán cruciales para intentar demostrar que Dina, tras un remoto fatal, puede volver a un decoroso presencial.