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Alan García y los claroscuros de un líder

Un sociólogo, un periodista y dos políticos ofrecen un testimonio sobre el ex mandatario. Recuerdan  sus dos gobiernos, los inicios de su vida pública y los cambios que atravesó a lo largo de su carrera

Alan García

Abogado de profesión, Alan García Pérez fue elegido presidente en dos ocasiones, en 1985 y en el 2006. Es hasta ahora el único representante del Apra que ha llegado al poder. (Foto: Archivo El Comercio)

Un sociólogo, un periodista y dos políticos ofrecen un testimonio sobre el fallecido ex presidente Alan García. Recuerdan no solo sus dos gobiernos, sino también los inicios de su vida pública y los cambios que atravesó a lo largo de su carrera.

El Alan que yo conocí
Por Mercedes Araoz, economista*
​Conocí a Alan García en las elecciones del 2006. Un grupo de especialistas que no habíamos votado por él en la primera vuelta fuimos convocados para escucharlo. Nos expuso su plan para no repetir los errores cometidos durante su primer gobierno en materia de política económica, disciplina fiscal e inversión privada.

Escuchó nuestras opiniones con mucha apertura. Mi experiencia de los años ochenta me hacía dudar. Sin embargo, entendí que su máxima preocupación era hacer un gobierno que trajera bienestar.

Fui ministra en tres carteras distintas en su segundo período como gobernante. Me dio la oportunidad de ser la primera mujer en la cartera de Economía y Finanzas, enfrentando el machismo y en medio de una crisis económica global.

Aunque en campaña dijo que estaba en contra de los tratados de libre comercio (TLC), me apoyó en la inserción del Perú en la economía global a través de múltiples tratados, por las oportunidades económicas y como herramienta política frente al cerrado modelo del socialismo del siglo XXI.

Puedo decir que García era un converso al liberalismo, pero su ADN aprista persistía en su afán por buscar la democratización de los beneficios económicos de sus reformas frente al pasado oligárquico.

La palabra ‘inflación’ le producía urticaria. Se propuso la reforma educativa con la Carrera Pública Magisterial. Estaba enfocado en el desarrollo de la infraestructura pública y en luchar contra la desnutrición crónica.

El Alan García que conocí fue un presidente obsesionado por cambiar la historia y, con eso, cambiar también su historia personal. Obsesivo con su trabajo de presidente 24/7 [todo el día], podía llamar a cualquier hora para consultar cosas del trabajo.

Su segundo gobierno no estuvo exento de omisiones y errores, pero como su ministra nunca siquiera me insinuó hacer algo ilegal o corrupto. No lo digo ahora que no está, lo he dicho antes ante la prensa y ante los fiscales. Es solo mi testimonio, las investigaciones fiscales y judiciales deberán esclarecer la verdad.

En este momento de dolor para sus familiares y compañeros apristas, me quedo con el recuerdo de un líder que hizo de la política una pasión. Una forma de vivir y respirar segundo a segundo.
*A título personal

Inolvidable
Por Luis Solari, ex primer ministro

​La singular personalidad del presidente Alan García revelaba en su discurso del retorno (27/1/2001) dos cuestiones esenciales. Primero, la mención diferenciada de lo tangible y lo intangible: cuerpo y espíritu, unidos. Segundo, la muerte como medio para la acción del espíritu en lo material desde lo inmaterial.

“...Y me comprometía a estar después de muerto junto a ustedes, en espíritu, a tener la fuerza de traer mi espíritu hasta aquí para acompañarlos”. “...Y a mí me parece súbitamente un sueño estar frente a ustedes, y a mí me parece súbitamente una añoranza cumplida estar frente a ustedes, y a mí me parece súbitamente que quizás he muerto y estoy frente a ustedes”.

En estas frases se considera criatura de cuerpo y espíritu, reconociendo su indivisibilidad en este mundo, pero asumiendo que post mórtem el espíritu queda libre para actuar en el mundo visible, cuando en realidad la muerte inicia el retorno a la Casa del Padre.

En el mesianismo político, el autorreconocimiento de la excepcionalidad puede crear lo extraordinario, como ganar dos veces la presidencia. O puede tratar de conservar la imagen mesiánica a cualquier costo, hasta decidir sobre la finitud del cuerpo para salvar el yo histórico.

Con su retorno vino un deseo sincero –doy fe– de reconciliación: “Perdono a todos los que me gritan, perdono a todos los que me injuriaron, perdono a todos los que me dejaron. Los perdono en nombre del Perú. No sé adónde me conduzca la vida, no sé si me lleve a la muerte...” (27/1/2001). Reiterando en su discurso/despedida del 27/7/2011: “A quienes se sientan ofendidos por mis palabras o mis hechos les pido perdón, a quienes pudieron haberme ofendido y agredido, los perdono, porque más importante es el destino del Perú y de su pueblo”.

En su última carta, abandonó esta actitud, revelando la tribulación que vivía y que lo llevó a optar por lo inmaterial perdurable, desechando por mano propia lo material.

Su espíritu vive el primer tiempo de la vida eterna: el juicio de Dios.
Como hermanos provenientes de un mismo Padre Eterno, elevemos oraciones para que la divina misericordia obre en ese ineludible juicio.

Un líder nato
Por Carlos Alberto Montaner, periodista cubano

​El suicidio de Alan García no me sorprendió. Tenía sus razones para quitarse la vida. Tenía 69 años: entraba en la cuarta edad.

Probablemente, era maníaco depresivo, padecía de insomnio y graves depresiones. Había sido recluido alguna vez en un centro de salud mental, como revelara hace varios años el periodista Jaime Bayly.

Inevitablemente, García sería encarcelado por corrupción en el Caso Lava Jato por presuntamente haber cobrado sobornos de la constructora Odebrecht. Este dato es importante. Entre morir y la indignidad de la cárcel, García prefirió morir.

Conocí a García cuando era un joven exiliado en Europa durante la dictadura de Juan Velasco Alvarado. Lo llevó a mi oficina, en Madrid, Javier Valle Riestra, también desterrado. Recuerdo que me dijo minutos antes de que llegara: “Almorzaremos con el discípulo predilecto de Haya de la Torre. Será presidente del Perú en algún momento”. Yo le pregunté: “¿Será un buen presidente?”. “No –me respondió–, tiene condiciones para llegar al poder, pero no para ejercerlo inteligentemente”.

El almuerzo transcurrió sin pena ni gloria, pero era evidente que García era un líder nato.

Valle Riestra, dicho sea de paso, fue durante unas semanas primer ministro del Perú en el gobierno de Alberto Fujimori y luego regresó al Apra.

Recuerdo que mis amigos del movimiento Libertad, fundado por Mario Vargas Llosa, le atribuían a García la victoria de Fujimori frente al notable novelista.

García dio instrucciones a las bases apristas para que respaldaran a Fujimori, y evitaran, si Vargas Llosa triunfaba, que ordenara a la justicia una investigación que pudiera conducirlo a la cárcel.

Sin embargo, Pedro Cateriano, mano derecha de Vargas Llosa, hizo la indagación y escribió un libro en el que demostraba la corrupción del joven presidente. La obra se llamó “El Caso García”. Con los años, Cateriano sería primer ministro de Ollanta Humala.

¿Cuál será el juicio de la historia sobre este ex gobernante que acaba de morir? Creo que será benévolo.

A fin de cuentas, García siempre negó las acusaciones de corrupción y es de mal gusto hablar mal de los muertos. El suicidio suele ser un buen Jordán para lavar todos los pecados.

Fin de una travesía
Por Aldo Panfichi, profesor de Sociología de la PUCP

​Alan García ha sido un extraordinario político. Un personaje polémico que desata amor y odio incluso en los momentos tristes de su despedida. En medio de esta conmoción, la revisión desapasionada de su trayectoria nos permite entender el surgimiento, encumbramiento y caída de quien fuera dos veces presidente.

El surgimiento de García en la política ocurre al inicio de los años ochenta, cuando el Apra, que venía de triunfar en la Asamblea Constituyente de 1979, sufre la pérdida de su líder histórico, Haya de la Torre. La muerte de Haya, quien no había designado sucesor, produjo la disputa por la sucesión entre Andrés Townsend y Armando Villanueva. Disputa que debilitó al partido, perdiendo las elecciones de 1980, y produjo la expulsión de Townsend y su grupo. García, joven militante encargado del aparato partidario, aprovechó las circunstancias para proyectarse como un camino alternativo. En alianza con la juventud aprista, pasó por encima de la denominada generación intermedia y tomó control del partido con el respaldo del histórico Villanueva.

Pero el mayor logro de García es haber llevado al partido dos veces a la presidencia. Aspiración que el Apra por décadas intentó alcanzar sin éxito, tanto por la vía electoral como mediante desesperados intentos insurreccionales, incluso por cuestionables alianzas con previos adversarios.

En 1985, García se convierte en el primer presidente aprista utilizando su electrizante oratoria y un posicionamiento político de centroizquierda que lo convertía en una alternativa frente a la marxista Izquierda Unida. Una vez en el gobierno, García dejó de lado a muchos cuadros apristas para privilegiar profesionales con poca tradición partidaria. En el 2006, García vuelve a ganar la presidencia con un libreto parecido. Al dramatismo de su oratoria se suma su posicionamiento como la mejor alternativa frente a la amenaza del chavismo encarnado en Humala. Al igual que en su primera gestión, los principales cuadros de gobierno no fueron apristas.

Los últimos años muestran el paulatino descenso de la vigencia política de García, quien se dedicó a defenderse de las acusaciones de corrupción. El partido también ha perdido presencia en el Poder Judicial, y su oratoria resulta anticuada frente a las nuevas sensibilidades de la cultura global. En este contexto adverso, García tomó una decisión dramática y, al igual que Haya, no ha dejado sucesor. Qué difícil será reemplazar a Alan García.

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