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El año que vivimos crispados, una crónica de Fernando Vivas

Aunque en documentos oficiales el 2018 es el Año del Diálogo y la Reconciliación, el estilo de Martín Vizcarra y la severidad judicial nos negaron la calma

PPK

(Infografía: El Comercio)

Archivo El Comercio

No fue broma. La armonía y la buena onda fueron propósitos tan mentados en el 2018 que se convirtieron en decreto supremo con las firmas del ahora ex presidente don Pedro Pablo Kuczynski (PPK) y de la hasta hoy vicepresidenta doña Mercedes Araoz Fernández. Que ambos se trenzaran en broncas con toda la clase política en los meses siguientes no cambia el espíritu de la letra del artículo 2 del Decreto Supremo 003-2018-PCM, publicado el 6 de enero: “Declárese el Año 2018 como el Año del Diálogo y la Reconciliación Nacional”.

¿A quién se le ocurrió la idea? No lo sabemos, pero de hecho PPK la inspiró y autorizó. En el 2017 acabó con su vacancia frustrada, el indulto a Alberto Fujimori y todos los frentes al rojo vivo. El antifujimorismo había cerrado filas en contra de la vacancia ante la idea de un gobierno al mando del presidente del Congreso, Luis Galarreta, si Martín Vizcarra y Araoz renunciaban; y, por eso, no perdonó a PPK el indulto que, cuando le preguntaron si lo daría, lo negó en siete idiomas.

El ppkausismo sufrió bajas, pero las hubo más en el fujimorismo cuando una decena de kenjistas, bautizados ‘avengers’, desertaron a cambio del indulto. Disenso entre rivales y dentro de cada bando; nada más lejos de la armonía. No fue, por lo tanto, descabellado, sino sarcástico y desmelenado, que un presidente sin un pelo de tonto firmara el decreto supremo que nombró el 2018 año de la reconciliación.

—Todo menos eso—
PPK estaba vacado a medias, con una suerte de hemiplejia política, esperando la inexorable segunda vacancia. Pero no estaba resignado a dejar morir el medio cuerpo con el que gobernaba y con el que había armado al que llamó ‘Gabinete de la Reconciliación’ y en el que algunos de los primeros consultados se negaron a participar. Además, estaba atareado buscando nuevas deserciones en Fuerza Popular –por ello y por otros cargos está hoy investigado con impedimento de salida– hasta que el plan de promesas indebidas por votos fue ampayado por el congresista Moisés Mamani y revelado en conferencia de prensa anunciada por el entonces portavoz naranja Daniel Salaverry el 20 de marzo. PPK renunció al día siguiente. Si no lo hacía, lo vacaban hasta con votos de su bancada.

Mención aparte, con tanto asombro como indignación, para Mamani, personaje en clave alta que cierra el 2018 con un escándalo por debajo de la política: una aeromoza denunció ante la policía, y lo reiteró ante la Comisión de Ética, que el congresista la tocó groseramente.

Mamani es tan extremo –¡fue a casa del presidente dispuesto a grabarlo!– que hasta podría ser cierto el tocamiento a la vez que la descompensación que alegó como coartada. Su cabeza rodó por unanimidad y provocó un efecto ‘Me Too’: la congresista no agrupada Paloma Noceda, ex fujimorista, denunció que había sido tocada por su colega Luis López Vilela. Fue consenso en torno a un asunto de género, pero no se lo digan a los que aborrecen el enfoque de género.

—Yo dialogo, tú tampoco—
El presidente inminente, Martín Vizcarra, guardaba un estratégico silencio. O sea, había asegurado en privado a las fuerzas vacadoras, como nos enteramos luego, su disposición a hacerse cargo de un gobierno que llevara la fiesta en paz.

No fue precisamente así. El 23 de marzo juró ante un alborozado Luis Galarreta y fue aplaudido como no lo fue PPK en el 2016. Entre lo poco que dijo, estuvo la promesa de no repetir a ningún ministro, lo que ahondó la lejanía con la desconcertada bancada ppkausa, acercándolo –aparentemente– hacia la bankada.

Era un juego de apariencias. Creímos que entre ambos frentes, el naciente vizcarrismo y el terco fujimorismo, habían ‘concertado no concertar’; o sea, no sellar un pacto con cargos ni nombres propios, sino un sutil sistema de consultas y vetos. Hasta que el 28 de julio, día del mensaje presidencial, y cuando una ola de indignación bañaba al país tras los audios del CNM, el presidente se montó en la ola a surfear y confrontar. Vizcarra propuso un referéndum para que el pueblo valide cuatro propuestas de reformas, pues –este fue el guantazo en la cara parlamentaria– el Congreso no lo hacía por remolón o por corrupto.

El fujimorismo, de mala gana, se echó a andar, con frenazos y arritmias y una deserción de consideración: Daniel Salaverry decidió emprender su camino sin retorno al redil naranja, y se ha convertido en un aliado del apuro presidencial.

—Y todo se j... udicializó—
Sin embargo, no fue la firmeza del presidente para cuadrar al Congreso ni el recelo fujimorista al recibir sus lances los que marcaron los brincos políticos del año, sino los avatares judiciales de los líderes. No fue la lógica del duelo oficialismo versus oposición lo que llevó a Alan García a colarse en la casa del embajador uruguayo, ni a Keiko Fujimori a ser detenida preliminarmente, liberada fugazmente y encarcelada preventivamente. Fue la implacabilidad de una justicia con los documentos del Lava Jato en la mano, que clama por poner a prueba a los PEP, personajes expuestos políticamente.

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