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Belleza y dolor, la columna de Eduardo Dargent

Nos hacen falta más recuerdos de la belleza que nos une y nos hace particulares. Los triunfos de atletas que habiendo recibido tan poco nos dan tanto refuerzan el orgullo de una comunidad

Lima 2019: así se vivió la inauguración de los Juegos Panamericanos en el Estadio Nacional |  NCZD

Una fiesta de luces se vivió en la inauguración de lso Juegos Panamericanos Lima 2019. (Foto: Violeta Ayasta)

El poema “El Perú” de Marco Martos transmite una hermosa forma de entender el amor a nuestro país. Nos dice que no es este nuestro país por conocer su geografía, su historia o su lengua, eso que heredamos y sobre lo que no tenemos decisión alguna, sino porque, de poder hacerlo, “lo elegirías de nuevo/ para construir aquí todos tus sueños”.

El texto fue el preludio de una ceremonia que debe ser de los más bellos actos que ha producido el Estado en nuestro país. Lo que vimos en la inauguración de los Juegos Panamericanos no fue ese orgullo patriotero que abunda, sino una celebración de la creatividad y la diversidad de nuestra música, bailes, diseños. Lo plural y lo diverso, eso que antes era escondido o considerado una debilidad, hoy se resalta como lo que nos une y nos hace diferentes.

El texto de Martos es perfecto para un momento de celebración; un llamado a la comunidad y al reconocimiento en un país que ha carecido de ese tipo de propósitos compartidos. Y cuando lean lo que sigue por favor tengan en cuenta que no soy crítico de la ceremonia; celebro que haya sido así.

Nos hacen falta más recuerdos de la belleza que nos une y nos hace particulares. Los triunfos de atletas que habiendo recibido tan poco nos dan tanto no hacen más que reforzar el orgullo de una comunidad que hoy se imagina de manera más sana e inclusiva que en el pasado.

Sin embargo, el poema de Martos deja una sensación ambigua. Orgullo, pero también tristeza por lo que asume: que todos escogeríamos al Perú. Pero sabemos bien que muchos compatriotas, del pasado y del presente, no escogerían al Perú para construir sus sueños. No lo harían porque su vida fue, o sigue siendo, una pesadilla.

Martos también escribió “Retablo”, un poema sobre la violencia en Ayacucho, en el que alude a la forma en que el Estado peruano trató en el conflicto de distinta manera a sus ciudadanos. Nos dice: “los hombres de la costa cuando mueren/ tienen un nombre, una lápida,/ recuerdos, flores: los campesinos/ cuando mueren son números asesinados”.

O pensemos en los indígenas masacrados para la explotación del caucho a inicios del siglo XX. O en los feminicidios de cada día. Escoger para esos compatriotas sin duda implicaría escapar. Los sueños están en otro lado.

Es en esa dualidad que creo necesario pensar el bicentenario. Resaltar la belleza en la diversidad que nos une, pero reconocer y enfrentar el dolor que nos separa (parafraseando a Renato Cisneros). Poner juntos “El Perú” y “Retablo” nos muestra esta tensión entre el orgullo y la tragedia, esos nudos que están pendientes en nuestra construcción de comunidad y que marcan los retos de la política.

Una forma de comenzar a responder a estas tensiones es afrontar la pregunta de Mario Montalbetti, esa que nos invita a pensar qué es lo que nos une más allá de una decisión arbitraria de ponernos juntos en un territorio: “¿Por qué hay peruanos en lugar de no haber peruanos?/ Tal vez sea una pregunta arbitraria. Tal vez no. / Pero esa es la pregunta que los peruanos nos hacemos/ a lo largo de nuestro pasaje histórico por el tiempo”.

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