Las últimas bravuconadas de los voceros de Fuerza Popular ocultan el colapso nervioso que se vive dentro de su partido.
 (Foto: Congreso de la República)
Las últimas bravuconadas de los voceros de Fuerza Popular ocultan el colapso nervioso que se vive dentro de su partido. (Foto: Congreso de la República)
Cecilia Valenzuela

La mayoría fujimorista en el no quiere darle permiso al presidente Kuczynski para que se vaya de viaje. PPK es el tercer orador en la próxima asamblea de las Naciones Unidas y después de su participación en Nueva York debería cumplir una visita protocolar pactada con el papa Francisco en el Vaticano.

Gracias al carácter arbitrario y vengativo de la mayoría parlamentaria, nuestro país aún no confirma la presencia de su más alto delegado ante la ONU y está a punto de desairar nada menos que al Papa.

Los mismos fujimoristas han anunciado que no acatarán el fallo del Tribunal Constitucional si este es adverso a su ley antitránsfugas. Uno de ellos, el primer vicepresidente del Congreso, Mario Mantilla, ha amenazado con acusar, constitucionalmente y por negligencia grave, a los magistrados del TC si estos emiten una sentencia que modifique la ley que ellos dictaron.

La ciudadanía observa, desconcertada, los gestos iracundos y los apelativos frontales que los congresistas utilizan para referirse a los tribunos. Si el Congreso puede dejar de acatar un fallo del TC, ¿los ciudadanos podríamos hacer lo mismo? ¿Por qué tendríamos que respetar lo que nuestros representantes no respetan?

ha olvidado que se predica con el ejemplo y que su papel como mayoría parlamentaria debiera ser orientador.

Si las atribuciones que la Constitución vigente le confiere al Tribunal Constitucional no coinciden con la realidad del país o le restan fortalezas a la partidocracia, la mayoría parlamentaria tendría que proponer modificaciones a nuestra Carta Magna; en cambio, vergonzosamente, usa las voces atropelladas de sus representantes para amenazar, vilipendiar y desafiar al tribunal.

Al sector keikista del fujimorismo no le conviene que se derogue la ley antitránsfugas. Pero no porque le irriten los parlamentarios inescrupulosos capaces de vender sus votos. Lo que le preocupa son los disidentes, los que puedan criticar los mandatos de su lideresa debilitada por la aparición de un ala liderada por su hermano y su padre.

Las últimas bravuconadas de los voceros de Fuerza Popular ocultan el colapso nervioso que se vive dentro de su partido. Si el TC deroga la ley que ellos evacuaron para arraigar su fuerza en el Legislativo, la imagen estrictamente jerárquica que Keiko Fujimori ha querido proyectar para imponer su autoridad se viene al suelo. Se derrumba. Contrastaría demasiado con la que su hermano Kenji viene construyendo. La verticalidad de una, frente a la paciencia y el sentido del humor del otro. El miedo que ella usa como herramienta, frente a la libertad con la que él se despacha en las redes sociales. Mucho para una dirigente política que quizá no lo está, pero sí se siente muy sola.

Los políticos olvidan que la autoridad se apoya en la tolerancia y el respeto, que no se gana imponiendo sanciones hasta por los codos, ni vengándose de quienes creen que los contrarían, peor si esa venganza daña la imagen del país en el extranjero o ante las Naciones Unidas.

La ley antitránsfugas es un despropósito, riñe con la realidad, la libertad y la democracia. Voy a hacer la misma pregunta que hice hace un año, poco antes de que el pleno la aprobara: ¿Por qué un congresista no puede renunciar y cambiar de partido si ve sus principios confrontados radicalmente con los de la agrupación que integra? ¿Acaso la conciencia individual no existe para aquel que forma parte de un grupo político?

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