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La canción de amor de Kuczynski, la columna de Juan Paredes Castro

PPK no puede seguir gobernando con una estrategia política y una estructura de comunicación de campaña electoral, como si el tiempo de la segunda vuelta se hubiera detenido

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Keiko no sabe que a través de su mayoría en el Congreso es corresponsable, junto con Kuczynski, de la gobernabilidad que sus parlamentarios parecen no entender. (Foto: Lino Chipana/Archivo El Comercio)

Keiko no sabe que a través de su mayoría en el Congreso es corresponsable, junto con Kuczynski, de la gobernabilidad que sus parlamentarios parecen no entender. (Foto: Lino Chipana/Archivo El Comercio)

Keiko no sabe que a través de su mayoría en el Congreso es corresponsable, junto con Kuczynski, de la gobernabilidad que sus parlamentarios parecen no entender. (Foto: Lino Chipana/Archivo El Comercio)

El presidente Pedro Pablo Kuczynski (PPK) piensa que su relación con la mayoría parlamentaria fujimorista no es la canción de amor que quisiera, pero es la canción de amor que debe escuchar y también acompañar, como las veces que lo ha hecho como solista, con su flauta traversa, en conciertos no siempre fáciles.

Valga la metáfora para recordarle al presidente que él no puede seguir gobernando con una estrategia política y una estructura de comunicación de campaña electoral, como si el tiempo de la segunda vuelta se hubiera detenido. No puede mezclar sus deberes de gobernante, para con todos los peruanos, con una confrontación antifujimorista, que no es la de todos los peruanos. Una canción de amor con la oposición (diálogo+acuerdos+consensos) no será el fin del mundo, sino el comienzo de aquello que podría hacerle terminar bien su mandato.

Para la lideresa del fujimorismo y su organización, Fuerza Popular, la derrota electoral sigue pesando más que su victoria legislativa. No han logrado hacer de su número dominante una expresión política de calidad. Tampoco han asumido el compromiso de una reforma institucional que sea la otra cara de la medalla de lo que los gobiernos de Toledo, García y Humala no pudieron enmendar y mejorar tras la autocracia de 1990 al 2000. La canción de amor de Keiko debiera ser de una reivindicación democrática frente al oscuro pasado fujimorista.

La contienda del 2016 no solo fue dura, sino traumática para Kuczynski y Keiko Fujimori. Él ganó ajustadamente el Gobierno; y ella, holgadamente el Congreso. ¿Qué tenían que hacer? ¿Declararse una guerra política interminable? ¿Exponer al país al fuego cruzado cotidiano? Algo de esto ha pasado en 11 meses. Una guerra a ratos fría y a ratos caliente. ¿Qué esperan ambos de todo este tiempo muerto? ¿Que el Gobierno siga pareciéndose a un gran zombi y el Congreso a una gran taberna? ¿No es que los peruanos merecemos instituciones que no sean rehenes de nadie, sino bastiones eficientes y responsables de un quehacer nacional común?

Gobernar con minoría parlamentaria no rebaja al presidente Kuczynski a ser el felpudo del fujimorismo ni a culpar a este de las torpezas propias de su Gabinete. Legislar con mayoría parlamentaria no le da derecho al fujimorismo a ser la espada de Damocles sobre la cabeza de cada ministro metido en problemas, ni a condicionar la gobernabilidad a sus estados de humor y demostraciones de fuerza. Keiko Fujimori no sabe que a través de su mayoría en el Congreso es corresponsable, junto con Kuczynski, de la gobernabilidad que sus parlamentarios parecen no entender.

El presidente Kuczynski no debiera perder más tiempo negándose a indultar a Alberto Fujimori ni defendiendo a ministros cuyos propios garrafales errores los llevan directamente a la renuncia o a la censura ni manteniendo dinámicas de confrontación política de las que no va a salir vencedor jamás. Pareciera encantarle el martirologio por ministros a los que les encanta el entornillamiento en sus cargos.

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