Archivo El ComercioEste resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Cuatro especialistas en temas parlamentarios explican la nueva correlación de fuerzas legislativas en el Senado y los retos de los partidos político que la conformarán. Todos coinciden en la necesidad del consenso y las coaliciones para articular una agenda de trabajo legislativo.
El nuevo Congreso se ha sumado a la tendencia mayoritaria en la región de contar con legislativos bicamerales. Habrá un cambio en la forma en que se han venido tomando algunas decisiones parlamentarias, pues tendrán dos niveles de debate, entre diputados primero y entre senadores. Ello incluye la aprobación de leyes, reformas constitucionales, acusaciones constitucionales y vacancia presidencial.
Será determinante para la dinámica parlamentaria quien gane las elecciones presidenciales. Aunque los resultados oficiales están pendientes, con información disponible, se puede afirmar que en ningún escenario el ejecutivo tendrá mayoría propia. Al menos un tercio de los senadores contarían con experiencia parlamentaria previa.
Se proyecta un Senado integrado por seis partidos políticos, tres son nuevos. En la medida que serían los mismos en ambas cámaras, se espera una coordinación partidaria en la agenda legislativa. Este hecho no es menor ya que los senadores no cuentan con iniciativa legislativa y podrían consensuar con los diputados de su partido.
El Senado tiene un poder de veto importante para tomar decisiones. El partido que logre 21 escaños puede controlar ese veto para las decisiones que requieren dos tercios de votos. Las posibilidades de armar coaliciones no dependen solo de los partidos sino de la articulación que logren dentro de sus bancadas.

El retorno a la bicameralidad no es solo un cambio formal; es una apuesta por la madurez política que las proyecciones actuales ponen a prueba. Sin mayoría absoluta y ante las tendencias de los grupos que conformarán el Senado, este nace bajo la sombra de la polarización. El ingreso de figuras de alto caudal de votos preferenciales como José Castillo (JPP), ´Micky´ Torres (FP), López Chau (AN) o López Aliaga (RP) dota a la cámara de una legitimidad de origen potente, pero también de liderazgos personalistas que podrían colisionar.
Será un Senado con un grupo considerable de miembros que conocen el aparato, pues un tercio tendría experiencia parlamentaria. Sin embargo, esto no acota el riesgo de convertirse en una segunda arena de confrontación si grupos menores como Buen Gobierno u Obras no logran articular un centro moderador, y no un péndulo al estilo de las extintas APP o Podemos, pues serán los minoritarios quienes definirán decisiones clave como el nombramiento de autoridades del TC o el BCRP, tareas que requieren dos tercios de los votos.
El nuevo Senado deberá aprender a transar o se condenará a la irrelevancia frente a una Cámara de Diputados más política. Si se prioriza la revisión técnica sobre la obstrucción ideológica, podría tener éxito. Todo dependerá, sin duda, de quién llegue a la Presidencia de la República; su funcionamiento estará condicionado a ello.

En la cámara baja, se proyecta que tanto las agrupaciones de izquierda (Juntos por el Perú, Obras y Ahora Nación), como las de derecha (Fuerza Popular y Renovación Popular) cuenten con 56 diputados. Los 18 restantes, pertenecerán al partido del Buen Gobierno.
En el Senado, la correlación de fuerzas probablemente será similar, pero con una ligera ventaja para las agrupaciones de derecha. Ello significa que ninguna facción tendrá fuerza suficiente para conformar mayoría. Cualquier iniciativa deberá aprobarse mediante consensos multipartidarios.
Esta es una oportunidad para construir una cultura de moderación, que empiece a sanar las heridas infringidas por 10 años de crisis. El partido del Buen Gobierno, y quizás también el partido Obras, están llamados a jugar un rol como fuerzas de desempate. Pueden otorgarle mayoría a una u otra facción. Este inmenso poder debe ejercerse con alto sentido de responsabilidad.
El nuevo Congreso contará con seis bancadas en cada una de sus cámaras, al igual que las asambleas electas en 2016 y 2011. Sin embargo, esta vez, no estará permitido que los congresistas renuncien a sus bancadas para conformar otras nuevas.
Por esa razón, no se producirá la atomización de grupos parlamentarios. El número inicial de bancadas en cada cámara se mantendrá por todo el quinquenio. Ello debiera ser fuente moderada de optimismo.

Después de treinta años, regresa el Senado, la cámara reflexiva del Parlamento. Si bien, en teoría, el Senado debería estar compuesto por políticos con mayor experiencia, es probable que la mayoría de sus integrantes, tras las elecciones, no cumpla con este perfil. Los parlamentarios con mayor trayectoria se concentrarían en las bancadas de la derecha, especialmente en Fuerza Popular, seguido por Renovación Popular.
Según las proyecciones, la derecha podría obtener la mitad de los escaños en el Senado. Esto es relevante, dado que en esta cámara se toman decisiones clave, como la designación de altas autoridades del Estado, entre ellas los directores del Banco Central de Reserva, así como la ratificación de su presidente. Además, se requiere mayoría absoluta para aprobar reformas constitucionales previamente aprobadas por la Cámara de Diputados que luego sean sometidas a referéndum.
Sin embargo, la derecha deberá aliarse con otros grupos y construir consensos para alcanzar mayorías calificadas (dos tercios del número legal) en votaciones clave, como la elección de magistrados del Tribunal Constitucional, el Defensor del Pueblo y el Contralor de la República. Asimismo, estas mayorías son necesarias para aprobar el juicio político, la vacancia por permanente incapacidad moral y las reformas constitucionales que no pasen por referéndum.











