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En la mugre, hermanos, una crónica por Fernando Vivas

En los audios de la corrupción del sistema de justicia, todos se llaman entre sí hermanos, como si buscaran una justificación sentimental para los posibles ilícitos que han cometido

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Hablan los audios. (Composición: Giovanni Tazza/ El Comercio)

Si se abusa de una palabra en los audios de la corrupción, es: ‘hermano’. A veces con diminutivo: ‘hermanito’. Otras veces con adjetivo calificativo: ‘hermanito lindo’. ¿Por qué esta gente hace uso tan intenso de una palabra que, si bien es uno de tantos sinónimos de amigo en el Perú, no es el más común?

En primer lugar, entre los jueces, consejeros, empresarios y operadores políticos interceptados, existe la autopercepción de que cada conversación es parte de una vasta red de influencias, de una suerte de difusa cofradía que intercambia favores, comparte información y comulga con una manera de ver el mundo sacándole la vuelta. Llamarse ‘hermanos’ no necesariamente implica que sean amigos de larga data, ni que se frecuenten o siquiera se conozcan, ni que algunos sean masones y entre masones se llamen así; es simplemente el asumirse dispuesto a esos intercambios, a entrar en la laxa hermandad. Incluso para el que está de pasada o interactúa (quién sabe si inocentemente o no) con la red, le cabe ser y decir ‘hermano’. Por ejemplo, el flamante fiscal de la Nación, Pedro Chávarry, es ‘hermano’ del inefable juez César Hinostroza cuando habla con él.

—Hermano de mi hermano—
La prueba de que la hermandad no tiene un necesario correlato de amistad es el audio en el que el empresario Mario Mendoza llama a Walter Ríos, en ese momento cabeza del PJ chalaco, y le pide ayudar a su ‘pata’ (otro sinónimo) Salvador Castañeda. Este estaba procesado en la corte chalaca por delitos que habría cometido en su función pública en la Municipalidad del Callao y era, para remate, prófugo. Ríos pide a Mendoza el número del expediente de Castañeda.

Mendoza corta para conseguir la información. Vuelve a llamar y esta vez conecta a ambos. Y el juez –¿adivinaron?– llama ‘hermano’ al prófugo de la justicia, al que ni siquiera conoce. En esta hermandad trucha, el hermano de mi hermano es mi hermano.La consanguinidad forzada es una condición para la comunión de favores y delitos. No solo el hermano se siente obligado a hermanarse con quienes le son presentados, sino que presenta a sus conocidos, a sus clientes, a los que quiere servir y está dispuesto a pagar coimas por ello (y quizá cobrar comisión en el intento), como grandes amigos, como hermanos. En el audio en el que Mendoza intercede ante Ríos por Castañeda o ante Guido Aguila para darle una ‘empujadita’ al fiscal Juan Canahualpa, llama a sus recomendados ‘amigos’. Es probable que ni lo sean.

La corrupción se legitima o, al menos, se atenúa, en los afectos de la amistad y de la falsa consanguinidad. El que se confabula con otro en una falta administrativa o, abiertamente, en un delito de tráfico de influencias o cohecho se siente justificado, o a medias excusado, si lo hace como favor y no como mera transacción económica. “Estamos para apoyarnos”, le dice Ríos a ‘Ivancito de mi corazón’ (el consejero Noguera) cuando este le pide firmar un convenio con su esposa, Flor Sisniegas, decana de la Facultad de Derecho de la Universidad Telesup. Añade que quiere hablarle de otro asunto, pero prefiere hacerlo en privado. De hecho, será otro favor entre cófrades, entre hermanos.

De todos los hermanos que se calatean en los audios, Ríos es el más elocuente para explicar lo que quiere y los sentimientos y coartadas que sustentan su pedido. Casi ‘teoriza’ sobre ello cuando le dice a su interlocutor Aldo Mayorga: “Respondemos a ciertos, no digamos grupos de poder, sino a ciertos amigos que nos piden ciertas cosas [...]. No entran los mejores, entran los mejores amigos”.

Los amigos que pactan contra la ley son asumidos como hermanos. He ahí la clave para pasar por agua tibia la sordidez moral y legal, de ser parte de lo que en cualquier normativa, uno solo de esos audios sería indicio de asociación ilícita para delinquir y, todos juntos, indicio de crimen organizado. Para negar esa escabrosa realidad, estos sujetos prefieren sentirse parte de una hermandad, de una familia. La Familia fue el nombre, precisamente, de una de las más sanguinarias mafias mexicanas.

No es exclusividad peruana, es rasgo de latinidad que la familia y los valores y sentimientos asociados a ella mantengan la cohesión social amenazada por la anomia. En la familia se encuentra la fortaleza que hace falta en otras instituciones. Por todo ello, esta gente que habita el mundo de la formalidad –¡son encargados de hacer cumplir la ley!– traiciona las normas con sus actos, encuentra justificación y coartadas, sintiéndose parte de una familia.

—¡Qué fraternos!—
Las maneras entre los hermanos truchos son de absoluta confianza. Hay un tono de real, si se conocen de tiempo, o de forzada intimidad si apenas han sido presentados. Los jueces o consejeros no hacen valer su jerarquía ante los amigos civiles, salvo que hablen con un asistente. La hermandad busca ser horizontal y equitativa.

Aunque las conversaciones son informales, la procacidad no es habitual pues estamos ante jueces y consejeros acostumbrados a moverse en un mundo de ceremonias y retórica. Los empresarios que hablan con ellos, como Mario Mendoza o Antonio Camayo, se atienen a esas reglas. Una colorida excepción es Luis Díaz Asto (el asesor que le costó la cabeza a Duberlí Rodríguez), cuando le saca a Walter Ríos la procacidad y la chispa que no exhibe en otros audios. En un audio, Ríos explica que no puede ir a un almuerzo en el restaurante El Hawaiano donde estará Rodríguez, porque ya se comprometió a almorzar con un funcionario del Minjus. Díaz, a punta de insultos, le insiste en que debe ir. Ríos le replica: “¡Principios, huevón!”. A un hermano no se le chotea, no se le planta.

Los hermanitos lindos de mi corazón tienen valores. Los que les conviene compartir. Y si no les sirven, tienen otros. Y como son doctos manchapapeles, también tienen medallas y, algunos, hasta doctorados honoris causa. Pero, eso sí, estos son tan truchos como todo lo que conversan.

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César Hinostroza

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