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La culpa no es de Vizcarra, la columna de Mávila Huertas

A dos grados de temperatura, el vicepresidente debe estar dando vueltas alrededor de su escritorio, haciéndose mil y un preguntas sobre su futuro político

Martín Vizcarra

Vizcarra tomará una decisión, pero no es Moisés abriendo las aguas para el éxodo judío. Ocho de cada diez peruanos no lo conocen (Ipsos, marzo 2018). (Foto: El Comercio)

Mávila Huertas

En su despacho de embajador del Perú en Canadá, Martín Vizcarra recibe la buena noticia. La fiscalía archivó la denuncia en su contra por el Caso Chinchero. Debe haber sido como un rayo de sol en el cielo nublado de Ottawa para el primer vicepresidente y hombre más buscado del país.

El 3 de marzo del 2017, la Procuraduría Anticorrupción denunció a Vizcarra, entonces ministro de Transportes, por delito de colusión tras la suscripción de la adenda en el contrato con Kuntur Wasi. Por esos días, la situación era muy diferente para él. La oposición le pedía a gritos dejar la vicepresidencia.

“¿Si no puede manejar un ministerio, cómo podría administrar el país?”, clamaban los mismos que hoy lo consideran poco menos que un mesías de la democracia. Y es que ad portas de un segundo proceso de vacancia presidencial, Keiko Fujimori le reclama que su lealtad es con el Perú. “Necesitamos a alguien que pueda prender los motores de nuestro país, que ponga en marcha y saque adelante nuestra economía, que está paralizada”, proclama la lideresa de Fuerza Popular. Secundada por alfiles y otras voces fuertes de la oposición.

¡Que viva Vizcarra!

Desde el otro lado de la cancha, el oficialismo empieza a exigirle que zanje los rumores de un supuesto pacto con los fujimoristas para relevar a PPK si los votos alcanzan. Pero el vicepresidente ha desconectado su teléfono. Ni el desesperado discurso de Kuczynski aludiendo a “los traidores” que no lo dejan trabajar parece moverle el piso.¿Alguien se atrevería a juzgarlo? Lo han convertido en la pelota que se disputan los matones del barrio.

A dos grados de temperatura, el vicepresidente debe estar dando vueltas alrededor de su escritorio, haciéndose mil y un preguntas acerca de su futuro político. Lo poco que se sabe es que tiene intenciones de postularse el 2021.

Vaya encrucijada. Si apoya a PPK, podría perderse la oportunidad de marcar la diferencia con un gobierno que no da pie con bola y mejorar sustancialmente sus posibilidades en las próximas elecciones generales. ¿Pero quién le garantiza que la vacancia vaya a prosperar? ¿O que, de darse, podrá gobernar con independencia?

De otro lado, ¿qué ganaría el discreto vicepresidente declarando en la misma línea de Mercedes Araoz que renunciará si vacan al presidente para no ser cómplice de un atropello a la Constitución?

La dificultad para la conformación del último Gabinete es prueba suficiente de lo gastada que está la imagen del gobierno. ¿O sobraban candidatos para ponerse el fajín y por eso se demoró tanto el nombramiento de los actuales ministros? No, pues. Huelgan explicaciones para entender por qué estamos hablando de relevo en Palacio, cuando no hemos llegado a la mitad del mandato. Que pase la ola es lo que pide la población, harta de pataletas. ¿No han visto nuestros políticos cómo sus reputaciones continúan en caída libre?

Vizcarra tomará una decisión, pero no es Moisés abriendo las aguas para el éxodo judío. Ocho de cada diez peruanos no lo conocen (Ipsos, marzo 2018). Lo irónico es que esa parece ahora su mayor ventaja, cuando ninguno de los ilustres conocidos da la talla.

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