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Delfines en cautiverio, por Juan Paredes Castro

A Pedro Pablo Kuczynski y Alejandro Toledo los une ahora la suerte adversa de vivir bajo las investigaciones del Caso Odebrecht.

PPK y Alejandro Toledo

Alejandro Toledo y Pedro Pablo Kuczynski. (Foto: Inés Menacho/Archivo El Comercio)

A Pedro Pablo Kuczynski y Alejandro Toledo los unen muchas cosas, desde el ejercicio del poder juntos, uña y carne allá por los 2001-2006, hasta ser y parecer gringos, culturalmente estadounidenses, con perfecto dominio del inglés, al margen de los particulares envases raciales y de estilo de vida que los diferencia.

A Kuczynski y Toledo los une ahora la suerte adversa de vivir bajo las investigaciones de corrupción del Caso Odebrecht, por momentos asediados, por momentos atrapados, según cómo evolucionan las acusaciones y evidencias en su contra; los une la cercanía de la vacancia presidencial (ya en su segundo round) para el uno y la cercanía de la extradición de Estados Unidos para el otro; los une la capacidad de pelear políticamente “panza arriba”, para evitar ser echados del poder. Nadie como Toledo en el escape histórico de la vacancia presidencial. Nadie como Kuczynski como su empeñoso discípulo en ese trance.

A ambos los une haber tomado distancia de sus delfines. Kuczynski decía en la campaña electoral que no le importaba mucho ser viejo en la presidencia porque tenía en Martincito (Vizcarra) y Mechita (Aráoz) sus garantías políticas de sucesión. Toledo vivió siempre recostado, para la justificación de sus manejos patrimoniales, en los brazos financieros de su amigo Josef Maiman (todo le prestaba y nada le cobraba) y en la tierna leyenda de su suegra, la señora Eva Fernenbug (la de la indemnización del Holocausto y supuesta dueña de transferencias, casas y oficinas hoy embargadas).

Hoy en día ni Kuczynski ni Toledo quieren a sus delfines. Kuczynski ya sintió los pasos de sucesión de Vizcarra muy cerca de sí. Lo quiere, por eso, lejos, en la embajada peruana en Canadá. Tampoco quiere a Aráoz, pero prefiere tenerla cerca (como primera ministra) para controlar sus movimientos. Al primer traspié del presidente fuera del cargo, ella desearía ser su sucesora y no Vizcarra. Más de una vez habría tratado de persuadir a este de su renuncia. Toledo prácticamente odia a sus delfines, porque estos no solo podrían terminar usufructuando sus patrimonios negados, sino que están dispuestos a declarar a la justicia en contra suya. Maiman y Fernenbug pueden mandar a la cárcel a Alejandro Toledo. Vizcarra tiene una misión menos áspera: esperar, paciente, su turno, si es que llega: la de completar la presidencia de aquí al 2021.

Tiempos de delfines no libres en el Perú. Tiempos de delfines por ahora en cautiverio, metidos en acuarios.

Kenji Fujimori es también uno de ellos, aunque busca tenazmente su salida hacia aguas espaciosas y tropicales, a ratos de la mano de quien menos quiere a un delfín en estos tiempos, Pedro Pablo Kuczynski; a ratos rompiendo algunos cristales del acuario del fujimorismo, en el que lo vigila de cerca su hermana Keiko, sin que pueda hacer nada su padre Alberto.

La vida del delfín del fujimorismo no es fácil, como no es fácil la vida de los delfines de Alan García en el Apra, todos igualmente en cautiverio. Ninguno con deseos de reemplazarlo, ¿ya? García es, en el fondo, un delfín de sí mismo.

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