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La desilusión del poder, la columna de José Carlos Requena

Aunque las sospechas no son recientes, las dos gestiones elegidas bajo las banderas que suele traer la izquierda han sufrido serios reveses en algo que creyeron su inalterable capital: la honestidad

Ollanta Humala, Susana Villarán

Para el elector promedio, las gestiones de Villarán y Humala serán dos más de las administraciones fallidas con numerosas cuentas pendientes. (Foto: Andina)

Los últimos días han sido particularmente desalentadores para la izquierda peruana. Aunque las sospechas no son recientes, las dos gestiones elegidas bajo las banderas que suele traer la izquierda han sufrido serios reveses en algo que creyeron su inalterable capital: la honestidad.

Sin duda, el más claro caso es el de Ollanta Humala. Como se recuerda, Humala tuvo en la campaña una retórica izquierdista: la gran transformación, un extenso documento elaborado por académicos y activistas progresistas. Su gestión, sin embargo, es difícil de clasificar. Su grupo de primeros ministros, por ejemplo, fue ecléctico, desde el empresario izquierdista Salomón Lerner Ghitis hasta el antiguo militante del Movimiento Libertad Pedro Cateriano. Aunque el etiquetado de izquierda puede resultar forzado, la memoria popular asocia a Humala y a su esposa Nadine Heredia con esta corriente política.

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Dadas las actuales circunstancias, es difícil olvidar la frase que caracterizó la campaña de Humala del 2011 (“Honestidad para hacer la diferencia”), una ironía mayúscula vistos los sólidos argumentos de la acusación fiscal, presentada la semana pasada.

El otro caso es más reciente. Involucra a una persona que aun en sus actuales difíciles momentos no reniega de su filiación: Susana Villarán, la alcaldesa que llegó al municipio de la mano de Fuerza Social.

Incluye un extraño recurso: la confesión tardía de la ex alcaldesa Susana Villarán, pretendida como digna y corajuda por algunos. “La esperanza venció al miedo”, decían los promotores de Villarán cuando ella logró la alcaldía por un por ajustado margen ante Lourdes Flores.

Con miras al 2014, financiado parcialmente por OAS, el estribillo regresó. Un post en la página de Facebook de la ex alcaldesa de setiembre del 2014 contenía el manoseado lema: “La esperanza vencerá al miedo, otra vez”.

Vale recordar la otra ironía de la historia política reciente: la polarización en torno a la honestidad que caracterizó la contienda municipal capitalina del 2010. Flores tomó el tema para diferenciarse de Álex Kouri, hoy en prisión. Kouri fue retirado de la lid por un formalismo y, de la nada, surgió Villarán. Tanto Flores como Villarán enfrentan desafíos en el frente judicial, aunque sobre la segunda las evidencias parecen apabullantes.

Así las cosas, será difícil seguir atribuyendo el monopolio de la deshonestidad y los malos manejos a otras fuerzas políticas, principalmente el Apra y Fuerza Popular. El escándalo Lava Jato termina mostrando que es todo el sistema político el que parece carcomido, con excepciones aisladas en todos los frentes.

El déficit de la izquierda solía ser la carencia de modelos de gestión exitosos y replicables. Hoy se une el severo golpe a la que fue por años una de sus banderas. Para el elector promedio, las gestiones de Villarán y Humala serán dos más de las administraciones fallidas con numerosas cuentas pendientes. Como si, a contracorriente del dicho de Lenin, llegar al poder hubiera sido una gran desilusión.

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