Las bases del pensamiento de un nuevo fujimorismo [CRÓNICA]
Las bases del pensamiento de un nuevo fujimorismo [CRÓNICA]
Fernando Vivas

Columnistas, cronista y redactor

fvivas@comercio.com.pe

¿Existe un nuevo pensamiento fujimorista? Sí, y es inevitablemente paradójico porque parte de una matriz controversial, de la que no se puede rescatar ninguna parte sin que ello implique un deslinde con otras partes.

En innumerables declaraciones, ha dado a entender que el legado de su padre se divide en dos. Un lado bueno y un lado malo. Lo bueno, a su vez, consta de dos temas fundamentales. Los reivindicó en el último debate de la primera vuelta: la lucha triunfal contra el terrorismo y la estabilización económica que permitió reducir significativamente la pobreza en el último cuarto de siglo.

El lado malo lo suele verbalizar solo cuando se lo preguntan. Sus entrevistadores hacen los cargos de la década de gestión fujimorista y Keiko, como sus voceros, suele replicar admitiendo errores y delitos que aluden, en general, a la corrupción y al autoritarismo. Sobre la primera reconocen la responsabilidad política de Alberto Fujimori (AF), aunque manifiestan dudas sobre su responsabilidad penal y se la endosan a Montesinos.

Sobre los extremos penales del autoritarismo, imponen un distingo: rechazan la tesis judicial de la ‘autoría mediata’ que llevó preso a AF culpándolo de las matanzas del Grupo Colina (por eso, aceptan que la defensa de Alberto insista con un hábeas corpus que ya llegó al Tribunal Constitucional). Pero reconocen los excesos autoritarios que llevaron al continuismo re-reeleccionista.

La propia Keiko suele hacer una síntesis, parecida a esta, sobre lo bueno y lo malo reseñado: “el objetivo es aprender de los errores, fortalecer los aciertos y mirar hacia el futuro” (El Comercio, 29/11/2015).

Paolo Sosa, autor del capítulo sobre el en “Anti-candidatos” (Planeta, 2016), me dice que antes que nuevo pensamiento fujimorista, prefiere hablar de una “estrategia de moderación”. Esta consistiría en hablar cada vez menos del pasado y cada vez más del futuro, en ahondar el mea culpa por los excesos del régimen y en reivindicar temas de los enemigos, como las conclusiones de la CVR y la compensación a las víctimas de las esterilizaciones forzadas.

Por supuesto, una estrategia de esa naturaleza tiene sus complicaciones. No todos la siguen a pie juntillas, como les pasó a Cecilia Chacón y Héctor Becerril con ásperas declaraciones sobre la supuesta inocencia de AF, la primera; y lo poco que les importarían las minorías en un Congreso con mayoría fujimorista, el segundo. Pero el pensamiento y la estrategia tienen una jefa, y todo indica que ella está dispuesta a reforzarlas.

—Olvídense de abril—

Adriana Urrutia ha dedicado varios artículos y una tesis doctoral a estudiar el fujimorismo. Ella encuentra que el 5 de abril de 1992 es una fecha fundacional para el fujimorismo duro y ‘albertista’: con la disolución del Congreso el fujimorismo consolidó la mayoría que le permitió liderar el Congreso Constituyente Democrático (CCD) y reelegirse en primera vuelta. Ese mismo año, el 12 de setiembre, la captura de Abimael Guzmán, se promovió como el hito principal en la derrota del terrorismo.

Hasta hace unos años, cuenta Adriana, en el local fujimorista de Paseo Colón, se proyectaba, en un ‘loop’ interminable, la miniserie “Tres años que cambiaron la historia”, un documental que dramatiza el triunfo de Fujimori sobre la poderosa maquinaria del Fredemo en el noventa, y cómo, una vez en el poder, este tuvo que batallar contra el boicot que los ‘partidos tradicionales’ le instrumentaron desde el Congreso. Esa auroral narrativa fujimorista culmina en lo trascendente que fue el golpe del 5 de abril para poner orden, afirmar la voluntad del pueblo y vencer el terrorismo.

Que ahora Keiko Fujimori prometa de palabra y por escrito que nunca más habrá un 5 de abril sí implica un cambio. Pero no es gratuito ni absoluto. El nuevo fujimorismo corre un año su hito de (re) fundación y reivindica, con énfasis, la Constitución de 1993. En su actualizada narrativa, esta es la base del crecimiento económico. Que el hito constitucional de 1993 esté precedido y condicionado por el 5 de abril, es, para ellos, otra historia.

—El único partido—

Los analistas del fujimorismo coinciden en afirmar que Fujimori buscó una relación directa y asistencialista con la población, y de esa forma minó muchas instituciones. No fundó un solo partido sino varios y con fechas que condicionaban su vigencia, como Cambio 90 o la Alianza Perú 2000.

Keiko Fujimori mantuvo esa suerte de displicencia partidaria con fecha de expiración cuando fundó Fuerza 2011, pensando en las elecciones pasadas. Sin embargo, en el 2012, cambió el nombre a Fuerza Popular. Pier Figari, personero del partido, me contó que evaluaron la estrechez del nombre y decidieron cambiarlo por uno que prometiera trascendencia.

En el plan de gobierno de Fuerza Popular (Plan Perú), donde han participado varios técnicos coordinados por Úrsula Letona (congresista electa por Lima), hay una reiterada reflexión sobre la institucionalidad. En el diagnóstico se dice que hay una carencia de instituciones eficientes, instituciones inclusivas, instituciones que rindan cuenta e instituciones abiertas. A pesar de ser un término técnico y frío, Keiko Fujimori lo incluye en sus discursos, como si encarnara la culpa de esa destrucción institucional de la que se acusa al gobierno de su padre.

Se puede concluir, por lo tanto, que, a diferencia de ‘albertistas’ como Martha Chávez, Luisa María Cuculiza o Alejandro Aguinaga, que no pasaron la evaluación para candidatear al Congreso, habría una nueva generación de fujimoristas, con cuadros técnicos como Letona o Figari, que tienen distinta actitud hacia lo institucional.

Por supuesto, un nuevo pensamiento fujimorista no se puede limitar exclusivamente a lo que diga Keiko Fujimori en sus declaraciones. Este tiene que ser compartido al menos por la dirigencia de Fuerza Popular, para considerarlo un pensamiento partidario. Kenji Fujimori, por ejemplo, sigue justificando el 5 de abril con conceptos relativos como la ‘democracia delegativa’, lo que lo aleja del entorno de su hermana.

José Chlimper, dirigente y candidato a primer vicepresidente, en cambio, sí se esfuerza por compartir los lineamientos de Keiko. Una vez que le pregunté qué había hecho ella para diferenciarse de su padre, me puso como ejemplo: “Fundar un partido que esté de aquí a 30 años”.

Sin embargo, un pensamiento que es a la vez estrategia electoral de moderación tiene sus límites y confusiones. Un buen ejemplo lo acaba de dar la propia Keiko al plantear el retorno del régimen laboral policial 24x24. Ello no solo minaría la reforma institucionalizadora de la PNP, sino que contradice las reflexiones sobre la institucionalidad que encabezan su plan de gobierno. Además, que el 24x24 se haya instaurado durante el régimen de Alberto Fujimori podría sugerir que se le quiere reivindicar por esa razón.

En síntesis, el fujimorismo se presenta como un pensamiento en permanente construcción y contradicción, lo que dificulta que sea seguido rigurosamente por todo el entorno que conforma la dirigencia. El menú de lo que reivindican y lo que rechazan del legado de Alberto Fujimori aún no está completo. Estas contingencias quizá expliquen por qué ningún dirigente fujimorista respondió nuestro llamado para participar en este artículo.

MÁS EN POLÍTICA...

La libertad de expresión sobre la mesa [INFORME] ► (por ) — Política El Comercio (@Politica_ECpe)