¿Se vicia el proceso?, por Jaime de Althaus
¿Se vicia el proceso?, por Jaime de Althaus
Jaime de Althaus

Analista político

No cabe duda de que retirar a un candidato que recogía una intención de voto de alrededor de 16-17% a un mes de las elecciones es un hecho traumático. Algo que no debió ocurrir a estas alturas, a no ser que fuera por razones indiscutibles. Por supuesto, no haber cumplido con los requisitos establecidos en la ley y los estatutos es una razón indiscutible, pero, como he señalado en esta columna, por esa misma razón Todos por el Perú organizó una asamblea general que validó la asamblea de octubre que no se había realizado con el quórum estatutario. 

El ha considerado, en mayoría, que esa asamblea general no tenía las facultades para ello, pese a que el estatuto establece que la asamblea general es competente para definir “cualquier otro asunto que sea sometido a su consideración”. En fin, el tema es complejo y no vamos a discutir acá la decisión del JNE. Ya está tomada con sus propias razones y no queda sino acatarla si resulta confirmada luego del recurso de reconsideración. 

La pregunta es si esta decisión vicia en alguna medida el proceso o pudiera restarle algo de legitimidad al triunfo de quien resulte elegido. Desde el punto de vista legal, no. La decisión ha sido adoptada por el JNE en pleno ejercicio de su autonomía. Incluso el dictamen en minoría niega que en la decisión de mayoría pudiere hacer influencia política externa y rechaza tajantemente las insinuaciones de fraude. 

Lo que ha ocurrido acá es que y los propios magistrados han caído víctimas de lo mismo que saca de carrera a miles de empresas y proyectos económicos y frena la economía nacional: la sobrerregulación. Tenemos una regulación electoral excesivamente reglamentarista que cree que la manera de institucionalizar partidos es exigirles toda clase de requisitos, donde la inexcusable negligencia de Todos por el Perú fue no haber tomado las providencias para simular lo que los demás partidos, por lo menos los que son puramente personalistas, logran simular con eficiencia. 

Pero, desde el punto de visto político, ¿quedaría afectada la legitimidad del próximo gobierno? ¿Se podría decir, por ejemplo, que un eventual triunfo de Keiko Fujimori sería espurio porque Julio Guzmán le hubiera podido ganar? Esa sensación dio en dos encuestas, en las que empató técnicamente con Fujimori en segunda vuelta. Pero las dos últimas –GFK y Datum- ya establecen una distancia de 10 y 12 puntos, respectivamente. Y el crecimiento de Guzmán se había estancado en febrero. 

¿Quedará rumiando, en el sur por ejemplo, donde Julio Guzmán tenía fuerza relativa, un sentimiento de malestar y rebeldía que pudiera manifestarse de alguna manera? Guzmán capitalizaba el voto antifujimorista y anti-García, el descontento con el ‘establishment’ político, la búsqueda de algo nuevo. Salido Guzmán, ese sentimiento puede ser encarnado por otros candidatos emergentes, que para captar ese voto han criticado la decisión de excluirlo. La diferencia es que Guzmán era un ‘outsider’ modernizador, un tecnócrata de centro, un profundizador del modelo en algunos aspectos. Los que pretenden heredarlo, en cambio, cuestionan –uno más aparentemente que la otra– el modelo y se deslizan hacia el abismo estatista o populista.

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