(Foto: USI)
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Cecilia Valenzuela

A estas alturas, en el Congreso, todavía se cuentan los votos que necesitan los fujimoristas y los seguidores de Marco Arana, aliados en sus intereses personales, para vacar a Pedro Pablo Kuczynski. ¿Hay razones suficientes para vacarlo? ¿A los que lo quieren vacar les interesan las razones? No nos engañemos, los fujimoristas necesitan, cuanto antes, meterle mano a la fiscalía para arreglar las distintas investigaciones que enfrentan, y la izquierda quiere pescar a río revuelto y convocar una Asamblea Constituyente para reconvertir el Perú al estatismo.

Fuerza Popular se hace la que no, pero ansía un gobierno de transición encargado a Galarreta; tiempo suficiente para cambiar fiscales y poner en orden la casa y el partido. El Frente Amplio pretende acomodarse en el espacio de “la reserva moral” dejado por Nadine Heredia y Susana Villarán y confundir con eso a los electores fastidiados con el ‘establishment’.

En las redes sociales, en las oficinas, en las mesas familiares, los ciudadanos, divididos y angustiados por su futuro, buscan responsabilidades, culpas, agravantes, atenuantes, una salida.

La mayoría no quiere que la prepotencia de los congresistas se imponga disfrazada de falsa moral. ¿Cuántos parlamentarios tienen empresas? ¿Cuántos han contratado con el Estado y aún lo siguen haciendo en sus regiones? ¿Cuántos han mentido en sus hojas de vida? ¿Cuántos le han quitado, en mesa, el cupo a otro candidato de su misma lista? ¿Qué partido político puede decir que sus dirigentes no han estado involucrados, directa o indirectamente, con Odebrecht? ¿Cuál de ellos está en capacidad de moralizar?

Lo que los ciudadanos no entienden es que no está siendo sometido a un linchamiento sumario por razones penales o morales. Aun si hubiera incurrido en conflicto de interés hace 12 años; su juicio es político y ha sido él el primero en contribuir a que así sea. Pasó un año y medio sin tomar decisiones políticas, sin hacer alianzas, sin crear consensos y ahora que se ha evidenciado su falta de escrúpulos y prolijidad al hacer negocios y servir al Estado al mismo tiempo, no tiene quien lo salve. Su bancada es pequeña y el odio que le tienen, muy grande.

La situación en la que se encuentra el presidente de la República no puede alegrar a ningún demócrata cabal, la crisis política que atraviesa nuestro país solo va en desmedro de la economía y la estabilidad. Y aunque un sector importante de la opinión pública prefiera que PPK se quede en su puesto, el presidente Kuczynski debe renunciar. Su impericia como comunicador y sus contradicciones le han dado pretexto al escándalo y ha perdido toda autoridad.

El gesto de la renuncia protegería la institución de la Presidencia de la República de la bancada fujimorista, dispuesta a vilipendiar el cargo con tal de lograr sus objetivos. Los epítetos lanzados contra el presidente, el viernes, en el Congreso, fueron un adelanto del circo que veremos mañana.

Pero además, su renuncia fortalecería la transición de su gobierno al de su primer vicepresidente. La institucionalidad no puede ser más dañada; se lo debe a sus electores, el presidente debe contribuir a mantener la línea democrática y a forzar a sus adversarios a que se respeten las reglas.

Si el desgaste se agudiza, Martín Vizcarra tomaría el mando, también debilitado y, eso serviría para que fujimoristas e izquierdistas pidan adelanto de elecciones. Ese escenario seguro hace salivar a los políticos más irresponsables, incapaces de calibrar el disgusto y la decepción que han provocado en la gente, la que podría terminar eligiendo un ‘outsider’ que solo nos ofrecería más incertidumbre y peor realidad.

Y cuidado con los que subestiman a Vizcarra porque es provinciano, la mayoría lo eligió en una plancha electoral. Él y Mercedes Aráoz también ganaron las elecciones.

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