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Nadie sabe para quién trabaja, la columna de Eduardo Dargent

“Si todos son calificados de radicales, y existe un amplio grupo descontento, entonces le estás regalando una mayoría a tu contrario”

Tía María

Protestas en Arequipa por el proyecto minero Tía María. (Foto: GEC)

El populismo suele construirse enfrentando a un “nosotros” contra un “ellos”. Ese nosotros popular se presenta en lucha contra una minoría excluyente, egoísta. En América Latina tradicionalmente el enemigo del populista ha sido “la aristocracia”, “los privilegiados”, en oposición a un pueblo discriminado. Desde Juan Perón hasta Hugo Chávez vemos esta vertiente populista.

Pero hay autores que buscan extender el concepto más allá del reclamo socioeconómico y resaltan cómo los populistas pueden explotar otros antagonismos para construir mayorías. Uno es el del pueblo contra una partidocracia corrupta. Kurt Weyland, por ejemplo, ha explorado cómo ese tipo de populistas antipartido fue común hace unas décadas en la región. Alberto Fujimori, Fernando Collor de Melo o Álvaro Uribe son buenos ejemplos.

Para algunos, donde me incluyo, el populista puede ser muy dañino. Simplifica problemas sociales complejos y apuesta por supuestas soluciones muy costosas en el mediano plazo. Se le dificulta construir consensos, clave para políticas más sostenibles. Pero sería obtuso olvidar que el populista es también, en parte, un síntoma, el resultado de sociedades cerradas a canalizar demandas sociales o a reconocer sus injusticias.

En las últimas semanas se observa cómo la actitud de ciertos voceros empresariales y políticos puede estar contribuyendo a fortalecer esos “nosotros” insatisfechos. Hace unos días, medio en broma y medio en serio, el exviceministro Iván Lanegra mencionaba que la forma en que estos sectores habían reaccionado ante el conflicto de Tía María le parecía una suerte de “autopopulismo”. Es decir, la respuesta de estos voceros contra los que se oponían a la explotación minera terminaba antagonizando, resaltando las divisiones que los perjudicaban más que reducirlas.

Pensaba lo mismo al ver la campaña publicitaria Arequipeños por Arequipa. Sus voceros señalan que mientras los arequipeños buscan la paz, grupos minoritarios y radicales se dedican a confrontar. Lo que nos queda del mensaje, sin querer o queriendo, es que esto sería acción de “no arequipeños”, gente de fuera. El problema es que este argumento es muy dañino para tus intereses y más si los números no te cuadran. Si todos son calificados de radicales, y existe un amplio grupo descontento, entonces le estás regalando una mayoría a tu contrario. Y si para colmo excluyes, terminas produciendo ira contra tu posición.

No hay que ser ingenuos, claro. En estos conflictos hay intereses de todo tipo en juego. Y también radicales, por supuesto. Es claro que quienes defienden agendas en favor de la inversión o que quienes se ven afectados por los disturbios deben poder responder políticamente. Si no, un sector no será escuchado. No es ese mi punto.

Mi punto es más simple: esta estrategia de tratar a todos por igual, calificarlos de radicales, y convocar a un “nosotros”, que se percibe impostado o excluyente, puede terminar favoreciendo a los discursos más extremos. Si tu “nosotros” no alcanza, o eres incapaz de convocar más allá de tus verdades, te arriesgas a que quede meridianamente claro que en realidad eres una minoría. Y así pueden terminar contribuyendo a crear esos monstruos populistas a los que temen.

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