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Naranjas en trance, una crónica por Fernando Vivas

La libertad de Alberto Fujimori obliga a Fuerza Popular a responder preguntas fundamentales sobre el liderazgo de Keiko

Keiko Fujimori

(Ilustración: Giovanni Tazza/El Comercio)

La pesadilla del antifujimorismo protagonizada por Alberto, Keiko y Kenji retozando felices y jugando al monopolio no será realidad. Al menos en el corto plazo. Una bronca como la que vemos estos días no se finge.

Tras la notoria disidencia de Kenji y nueve integrantes de la bankada que se abstuvieron el 21 de diciembre de votar por la vacancia que hubiera coronado la oposición de Fuerza Popular a PPK, Keiko tuiteó: “Orgullosa de nuestros 61 congresistas”. La ruptura de la ‘bankada’ estaba consumada.

Tras cuernos, palos. El domingo 24, la mayoría de FP fiel a Keiko fue atarantada con el indulto a Alberto Fujimori. Tan tensa quedó la relación con el gobierno que fuentes keikistas aseguran que ni siquiera los alertaron oficialmente de noticia tan trascendente. Tras el estupor, los líderes de Fuerza Popular se limitaron a tuitear por la salud del enfermo, llamándolo, sin mucha convicción, ‘líder histórico’. Keiko fue a visitarlo a la clínica Centenario Peruano-Japonesa. Estaba acompañada por sus hermanos Hiro y Sachie, como demostrando que no solo mantenía mayoría en la ‘bankada’, sino también en la prole.

Si alguien creyó que el indulto provocaría distensión entre la mayor y el menor de los Fujimori, erró de plano. Kenji se mantuvo en sus nueve y el 27 de diciembre esgrimió la katana de “Kill Bill” contra quienes consideraba puntales de un keikismo que no hizo nada por liberar a su padre: Pier Figari y Ana Herz de Vega. Por su perfil bajo, el par no podía responderle, pero apareció un comunicado de los coordinadores regionales en que respaldaron al par silencioso y aclararon que ya habían salido de la dirección del partido antes de que Kenji los señalara con el dedo. Sin embargo, la tímida comunicación de la institucionalidad partidaria, sin firmas, quedaba atrasada por los memes viralizados de Kenji y las pullas infraternas de sus dos más aguerridos ‘Avengers’, Bienvenido Ramírez y Maritza García.

Fuerza Popular, tras tanta tensión, se tomó unas pequeñas vacaciones de sí misma. Al partido le cuesta demasiado responder la pregunta crucial sobre su identidad gatillada por el indulto: ¿Alberto Fujimori es realmente el líder histórico que podría reclamar una cuota de poder y consejería sobre el partido junto a Kenji? ¿O es la cabeza de una facción con la que habrá una inevitable disputa? Para una fundadora del primer fujimorismo, como Luz Salgado, AF es sin duda el líder histórico y su ‘wishful thinking’ es que él no reclamará nada a Keiko. Así me lo dijo en una entrevista publicada ayer en
El Comercio.

Sin embargo, el Comité Ejecutivo Nacional (CEN) de FP, al que no pertenece Luz, lanzó el jueves 4 un comunicado en el que saluda la libertad del “ex presidente Alberto Fujimori Fujimori”. La omisión del calificativo de ‘líder histórico’ y la frialdad al consignar cargo y apellido delatan que, al menos en el cogollo de FP, ha llegado la hora de definir lealtades.

—¿Quién es tu líder?—
Una fuente de alto nivel del fujimorismo me contó que, en una reunión de dirigentes de FP tras el indulto, alguien preguntó a Keiko sobre cuál sería su actitud si su padre les reclamaba una cuota de poder. Keiko, según esta fuente, habría respondido: “Yo no transo con la corrupción ni con quienes transan con la corrupción”.

Por si les costó traducirlo, Keiko estaría aludiendo a su padre transando con la supuesta corrupción ppkausa. En la cosmovisón de FP, encarnada en Keiko, la corrupción es la ‘mochila pesada’, la herencia negra del montesinismo por la que su padre, como responsable político, ya pagó lo que tenía que pagar. Por lo tanto, los nuevos fujimoristas tienen que disociarse de la corrupción y perseguirla implacablemente en los demás. Es un razonamiento por lo demás muy funcional a su rol opositor, pues justifica llevar la fiscalización a extremos obstruccionistas. En este caso, justifica un zanjamiento con el padre y con el indulto que lo ha llevado a la palestra.

—71, 61 o 30—
Le pregunté a un dirigente fujimorista si creía que alguno de los nueve volverá o, por el contrario, se irán más, y me sorprendió su respuesta: “No importa si se quedan 30”. Luego, hizo un panorama de la calidad de los naranjas, donde los nueve de Kenji, por cierto, quedaban mal parados.

El argumento difundido por algunos de los nueve, de haber sido postergados y maltratados, molesta mucho a mis fuentes, pues dicen que Keiko y el partido siempre tuvieron oídos para sus inquietudes y reclamos. A Guillermo Bocángel le dieron la Comisión de Transportes, a Ramírez la Agraria, a García la de la Mujer, hasta que fue defenestrada tras declarar frases patriarcales. La pica por ese despido es evidente en las declaraciones de esta congresista. Es muy probable que en las próximas semanas haya acusaciones cruzadas donde quedarán chamuscados algunos rabos de paja de ambos bandos.

Cuando indagué por el inevitable proceso disciplinario a los nueve de la discordia, no encontré certeza sobre lo que les conviene decidir en la próxima reunión de ‘bankada’ del martes. Por un lado, no podrían dejar las cosas como están, sin sanción, pues sería inequitativo con los disciplinados 61. Pero también existe el temor de que, salvo Ramírez y García que están en camino sin retorno, haya otros que podrían ganar adeptos. Las sanciones deben ser votadas y la dirigencia podría perder si se pone severa.

Aunque entre el cogollo keikista hay congresistas como el portavoz Daniel Salaverry, Úrsula Letona o Luis Galarreta que ni siquiera conocen a Alberto, y otros como Héctor Becerril y Cecilia Chacón que, a pesar de simpatizar con el padre, han manifestado su clara opción por Keiko; saben que hay un amplio espectro de la población, incluyendo algunas de sus bases populares, cuya simpatía con el partido entronca directamente con el recuerdo de su padre. Un dirigente claramente keikista me contó que entre ellos existen dudas sobre cuánto efecto podría tener el abjurar del nombre de Alberto.

Los naranjas están, pues, en trance. Ya no están concentrados en su rutina de oposición dura, responder a investigaciones fiscales y gestionar la aún enorme bancada de 71 congresistas. La libertad de Alberto los ha obligado a preguntarse por su historia y su identidad. Y tienen que responder rápido antes de que Alberto Fujimori los atrase con un tuit, Kenji los fastidie con un meme, o el gobierno dé un paso en falso sin contar con su oposición.

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