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¿El ocaso del fujimorismo?, la columna de Fernando Tuesta

La prisión preventiva contra Keiko Fujimori resulta siendo un duro golpe político, pues daña el centro de la reputación de cualquier líder, al estar asociada al delito

Miguel Torres

“La cohesión y disciplina se resquebrajarán más, lo que abre un nuevo escenario de correlación de fuerzas”. (Foto: Congreso)

El fujimorismo ha sido, qué duda cabe, la corriente política que ha marcado de una u otra manera el rumbo del país en el último cuarto de siglo. Keiko Fujimori heredó un recurso inmaterial que era el apoyo popular a la figura de su padre y un apellido. Pero, a diferencia de él, en su estrategia en camino al poder, decidió construir un partido.

A la voluntad política le sumó importantes recursos económicos que usó para construir un aparato nacional y arañar dos veces el poder. Ese apoyo popular se mostraba claramente personalista, por lo que allí donde Keiko Fujimori participaba (2011, 2016) recibía votos que incidían en el tamaño de su bancada. Pero allí donde no participaba, como ningún otro Fujimori, Fuerza Popular carecía de apoyo, como en las elecciones regionales y municipales (2014 y 2018). Es decir, creó un partido como maquinaria electoral personalista.

Dos aspectos contribuyeron a su propia explosión. El primero, diferenciarse del padre e intentar cortar vínculos con el pasado fujimorista, cuyo resultado fue enemistarse con su hermano y romper con la vieja guardia fujimorista. El segundo, como consecuencia del anterior, lo llevó a tejer un cúmulo de coaliciones regionales, sectoriales e informales, al lado de una nueva generación de fujimoristas leales solo a Keiko, que se cobijaron en el interior de Fuerza Popular, partido donde ella decidía y controlaba absolutamente todo. Al lado del personalismo, esta derecha popular fue sobre todo pragmática, por lo que en poco tiempo pudo pasar de posturas liberales a conservadoras.

La prisión preventiva contra Keiko Fujimori resulta siendo un duro golpe político, pues daña el centro de la reputación de cualquier líder, al estar asociada al delito. Los efectos ya se mostraban días antes, con renuncias y cuestionamientos a los dirigentes, que probablemente se multiplicarán. Pero Fuerza Popular tiene en sus manos pocos recursos para defenderse de este vendaval, pues carece de una dirigencia de recambio, con experiencia y de nivel y porque la misma Keiko y los que la acompañan en su carcelería estarán más ocupados en su propia defensa judicial que en reparar los daños en el partido.

La cohesión y disciplina se resquebrajarán más, lo que abre un nuevo escenario de correlación de fuerzas. En lo inmediato, probablemente se producirán cambios que pueden alcanzar a la Mesa Directiva del Congreso. Los funcionarios protegidos por la mayoría parlamentaria, como el fiscal de la Nación, puede que queden al desnudo. Al gobierno, sobre todo al presidente Martín Vizcarra, se le abre un gran espacio de apoyo político, hace medio año impensado.

En lo mediato, Fuerza Popular puede seguir deteriorándose y al fujimorismo solo le quedaría la carta de Kenji Fujimori que, distanciado de lo que ocurre con el partido que ayudó a fundar, es poco probable que, si se anima a ser candidato en el 2021, reúna a keikistas y albertistas en una sola candidatura. El fujimorismo ha colaborado eficazmente en su propio deterioro, al no saber administrar su poder, abusando de él y llenándose de abultados apoyos e intereses ocasionales. El fujimorismo no morirá, pero si no lee cuidadosamente su terrible desempeño de estos años, solo podrá vivir como zombi caminando en la oscuridad.

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