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Ollanta Humala y Nadine Heredia: La desgracia conyugal

Humala y Heredia llegaron a la cima del poder con un manejo particular de las cuentas de campaña. Ahora el pasado les ha cobrado la factura y los ha enviado a prisión

Ollanta Humala, Nadine Heredia

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Nadine Heredia y Ollanta Humala cumplen prisión preventiva en diferentes penales. Heredia está en el anexo al Penal de Mujeres, en Chorrillos, y Humala en la Diroes, en Ate. (Ilustración: Jhafet Pianchachi)

Jhafet Pianchachi

No se puede entender a Ollanta Humala sin Nadine Heredia, porque fue ella quien regó las plantitas de la megalomanía que le sembraron de chico. El menú diario en el hogar de los Humala Tasso había sido el manual de cómo imponer la ideología familiar, el nacionalismo etnocacerista, en el país. Pero Ollanta no fue el discípulo preferido de don Isaac. Solo se alimentó del mismo combo que sus otros hermanos candidatos, los favoritos de papá: Antauro, el arrojado, y Ulises, el intelectual.

No fue, pues, el veterano; fue una joven comunicadora de la Universidad de Lima, 14 años menor que él, quien despertó su ambición dormida y le dio el toque de ‘sociedad civil’ que necesitaba en la primavera democrática tras la caída de Fujimori.

Ollanta escapaba de los traumas de la guerra interna (¡cuánto falta exhumar de su pasado!) y buscaba una figuración política en un mundo que le era hostil a un militar algo hosco. Necesitaba una épica de esas que hacen portada y lo lanzan a uno a la palestra, algo muy distinto a los presuntos abusos y crímenes de Madre Mía que hoy se vuelven a investigar. ¿Qué tal un levantamiento en su base militar de Locumba? El arrebato de Antauro le fue funcional para organizar a los reservistas; y Nadine lo instigó y le dio aliento cuando desfallecía. No es nuestra presunción. Ella lo confesó en una entrevista que le ganó el mote de “autora mediata del ‘locumbazo’”.

En esa épica de partida ya se ve lo aventurero y lo trucho, lo audaz y lo perverso, del proyecto del par. La asonada nos fue presentada como una rebelión de militares dignos presionando por una salida democrática. Pero el 29 de octubre del 2000, día del ‘locumbazo’, ya llevábamos mes y medio de caída en picada del régimen. El video Kouri-Montesinos se había difundido el 14 de setiembre, Fujimori había anunciado el recorte de su mandato dos días después y Montesinos ya se había fugado en el velero Karisma (por cierto, se registró una llamada desde el velero a la base de Locumba, lo que ha generado teorías conspirativas que pintan a Humala como una apuesta montesinista de última hora. También hay versiones de que la llamada tuvo un destinatario ajeno al levantamiento y fue una simple coincidencia. Aún es un misterio por dilucidar).

En cualquier caso, fue esa épica inútil para la coalición democrática que se trajo abajo a Fujimori la que puso a Ollanta en la ruta de su primera candidatura. El gobierno de Toledo lo ayudó a retomar su carrera militar y lo hizo adjunto de la agregaduría militar en Francia y agregado militar en Corea. Estaba allí el último día del 2004, cuando su hermano Antauro comandó una asonada de reservistas contra la comisaría de Andahuaylas, que cobró la vida de cuatro policías. Ollanta, desde Seúl, hizo declaraciones ambiguas, pero luego tomó distancia de su hermano (fiel a los códigos épicos y fatalistas de la familia, Antauro ha escrito justificando la prisión de su hermano por haber traicionado los ideales del nacionalismo).

No pues, no fue la familia Humala Tasso la que llevó esta historia a su clímax; fue la familia Heredia Alarcón, con Nadine a la cabeza, su hermano Ilan como tesorero y hasta su madre Antonia Alarcón, en cuyas cuentas también se ha encontrado dinero de fuente presumiblemente ilícita. La ex primera dama es, salvadas las épocas, la ‘Lady Macbeth’ en este drama.

—Referentes y padrinos—
Así como no se puede entender a Ollanta sin Nadine, no se puede entender a ambos sin Fujimori y sin Toledo. Alberto dejó establecido que un ‘outsider’ podía llegar muy lejos; Alejandro los inspiró con ese aliento de aventura en pareja (de alguna forma, Karp ha sido un referente para Nadine). Una diferencia sensible con esos precedentes es que el matrimonio Humala-Heredia decidió asumir el manejo financiero, no solo en los primeros tiempos de construcción del partido, donde ello sí es comprensible, sino en la campaña del 2006.

Ollanta fue apartado de las finanzas, pues había que proteger al candidato, pero Nadine sí se dedicó de lleno a administrar el flujo que llegaba de Venezuela. Estuvo claro, desde las primeras investigaciones, que Humala tuvo un padrinazgo venezolano que, ante la prohibición de injerencia de gobiernos extranjeros en campaña, usó fuentes que enmascaraban su origen. Desde cuándo y en qué dosis se mezcló el afán de financiar el sueño político con dinero para el sustento y goce propio es algo que el fiscal Juárez tiene que seguir dilucidando.

En este retrato aún en construcción, también falta dilucidar qué tan genuino o qué tan oportunista fue el abrazo de posturas radicales. Quizá fue una mezcla de la herencia de don Isaac y del velasquismo que aún se podía rastrear en nuestro ejército (y que, además, es un referente histórico del chavismo), con el izquierdismo más ‘light’ de Nadine y la constatación de que Toledo llegó al poder en alianza con la izquierda antifujimorista. En todo caso, fue un combo ideológico accesorio, pues entre el 2006 y el 2011 el padrinazgo chavista se reemplazó por el más ‘estructurado’ del Partido de los Trabajadores brasileño y por el apoyo de la izquierda que había ganado en Lima y que en el 2006 le puso mala cara. Una vez en la presidencia, los nuevos aliados fueron rápidamente traicionados, lo que lleva a pensar que el afán de arribar al poder y vivir a sus expensas estaba por encima de otros cálculos.

Es difícil hablar de pragmatismo en la pareja. Teniendo investigaciones archivadas por lavado de activos ella y por crímenes en Madre Mía él, habiéndose hecho de aliados resentidos, y con un partido que se fue debilitando en pleno gobierno sin candidato ni perspectiva para el 2016, cuesta mucho explicar cómo así Nadine Heredia llevó al extremo su confrontación con fujimoristas y apristas.
La actitud peleonera de la pareja no solo le restó gobernabilidad y tornó impredecible a su bancada; fue un incentivo para que todos sus enemigos hurgaran en su pasado. Hubo allí una cuota de irracionalidad autodestructiva que solo podría entenderse desde la cima ciega del poder. Recién en los últimos días de su mandato, ya muy tarde, hubo un desesperado intento por indultar a Alberto Fujimori y ganarse la piedad de la mayoría fujimorista.

Lo que ya está comprobado en esta historia, aun antes de que el fiscal haga su acusación definitiva, es que la pareja abrazó como una sola persona el sueño del poder. Que él fuera el titular y ella no, no les imposibilitó arreglárselas para compartirlo todo. Ahora están compartiendo, juntos pero en cárceles separadas, el mismo infortunio.

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