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No hay reconciliación sin tolerancia

Publicamos la columna que la editora de Política, Diana Seminario, escribió hoy en nuestra edición impresa

No hay reconciliación sin tolerancia

No hay reconciliación sin tolerancia

Diana Seminario Marón. Periodista (@dianasemi)

No es fácil hablar de reconciliación en un país como el nuestro, donde las etiquetas abundan y el pasado pareciera que está a la vuelta de la esquina.

La palabra tolerancia se ha convertido en un bien esquivo en la política: si no estás de mi lado estás contra mí.

Al contrincante no se le combate con ideas, simplemente se le desacredita.

En este contexto, resultan muy llamativas las declaraciones de Álvaro Vargas Llosa publicadas en este Diario el pasado domingo.

Dice Vargas Llosa “A veces siento que no nos contentamos con que Fujimori y muchos de sus colaboradores estén presos o que haya caído sobre todos ellos una tremenda censura moral. No nos contentamos y actuamos de un modo intolerante. Por ejemplo, si alguien como yo toma una posición distinta a otros respecto del tema de los medios, automáticamente soy descalificado. Solo falta que me digan fujimontesinista”.

Y en este punto no le falta razón a Vargas Llosa. Estar en contra de lo “políticamente correcto”, te convierte en “intolerante”, “defensor de intereses” o te dicen que “añoras” la dictadura de los 90. Y muchas veces lo dicen sin sonrojarse, precisamente aquellos que durante los 90 no aparecieron por ninguna plaza a marchar contra los abusos de Fujimori, Montesinos, y su mayoría parlamentaria.

Los dichos de Vargas Llosa, cuando alude a la intolerancia, revisten especial importancia viniendo precisamente de él, quien es a la última persona que podría tildarse de “fujimontesinista”. Él no solo siempre se opuso al  régimen de Fujimori, sino que en el 2011 optó por apoyar la candidatura de Ollanta Humala con el objetivo que Keiko Fujimori no llegara a la Presidencia de la República.

La política está llena de matices y la libertad de expresarse y discrepar sustenta nuestra democracia.  
Fue durante el llamado ‘fujimontesinismo’ cuando la cancha estaba trazada en dos: estabas con el gobierno o en la oposición. Había muchos motivos para levantar la voz: el cierre del Congreso, una tercera ilegal elección de Fujimori, la destitución de los magistrados del TC que quisieron impedir este estropicio, los atropellos de la prensa chicha, la persecución a los opositores y la compra y venta de políticos, entre otros escándalos.
 
Era difícil llamarse demócrata y avalar los atropellos de un gobierno autoritario.

Caído el régimen, los sentenciados por corrupción purgan condena; sobre el ex presidente Fujimori pesan 25 años de cárcel por los delitos de secuestro agravado y homicidio y además afronta otros procesos. Su asesor Montesinos está preso en la Base Naval del Callao y sus más nefastos colaboradores debieron enfrentar duras sanciones judiciales y el descrédito moral.

Quienes estaban en las trincheras de la oposición de entonces volvieron a sus canteras de siempre.

Las posiciones políticas se fueron decantando y el bloque de entonces ya no es tal y con todo derecho vale la pena opinar y hasta discrepar de los aliados de antes.

Han pasado 14 años, y parece que no hemos aprendido nada de todo lo que combatimos. 

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