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“Qué hubiéramos hecho sin ella”, decían, por Diana Seminario

En su columna, la periodista hace un análisis del rol de la primera dama en el Gobierno nacionalista

“Qué hubiéramos hecho sin ella”, decían, por Diana Seminario

“Qué hubiéramos hecho sin ella”, decían, por Diana Seminario

Cuando Ollanta Humala asumió la Presidencia de la República el 2011, más de uno respiró aliviado, pues aseguraban que teniendo a Nadine Heredia a su lado, podríamos estar tranquilos y sin sobresaltos. Ella era la garante por excelencia.

Ya en los dos primeros años de gobierno, cuando quedaba claro que el giro a la izquierda había sido descartado, más de un entusiasta le atribuyó este “mérito” a la esposa del mandatario. “Qué hubiéramos hecho sin Nadine”, se escuchaba a más de uno. Hablar con ella, reunirse con ella, concertar con ella, era una suerte de ‘status’ de poder. Hasta el premio Nobel Mario Vargas Llosa la ensalzó con un generoso comentario: “Ya es hora de que el Perú tenga una presidenta mujer. Nadine Heredia tiene condiciones absolutamente magníficas para serlo”.

Sus niveles de aprobación en las encuestas se mantuvieron en más de 40%, y la ventaja respecto a la popularidad de su esposo siempre fue amplia. Pero un día su aprobación llegó al 15% y el abuso del poder le empezó a pasar la factura. ¿Qué pasó con la señora de Humala para que pase de ser el ‘cerebro’ del Gobierno a la causante de varios de sus males? Es y ha sido un secreto a voces que Nadine Heredia coordinaba acciones importantes del Gobierno, entrevistaba a candidatos a ministros para incorporarlos al Ejecutivo y zanjaba ante la opinión pública debates nacionales como –por ejemplo– la iniciativa de comprar Repsol o el aumento del sueldo mínimo.

La presidenta del nacionalismo actuaba con absoluta impunidad, pues al no tener el rango de funcionaria pública no recae en ella responsabilidad alguna respecto a sus decisiones, no firma resoluciones ni hace juramentos. Pero eso, al ser una ventaja, también la llenó de confianza y terminó por afectarla.

Cómo se iba a imaginar Nadine que en la investigación fiscal por lavado de activos saldría a la luz la tarjeta de crédito dada por una funcionaria del Gobierno que ocupa ese lugar por ser su amiga de la infancia. Quién podría descubrir que la casa de verano en Asia también sería solventada por la misma amiga. No son actos del Gobierno y, gracias al hábeas corpus, es probable que en el corto plazo no lleguemos al fondo de este sombrío panorama. Su prestigio político atraviesa su peor momento.

La niña mimada de lo políticamente correcto quedó al descubierto y la opinión pública le pasó la factura. Según la última encuesta de El Comercio elaborada por Ipsos, ella lidera el ránking de “totalmente corrupta”. La pregunta revela la percepción de la ciudadanía en el rango de corrupción. En el rubro “Totalmente corrupto”, Nadine Heredia obtiene el 45%; Ollanta Humala, 44%; Alan García, 42%; y Alejandro Toledo, 40%. De este grupo, ella es la única que no ha ostentado cargo público alguno.

No son días fáciles para Nadine. La frivolidad, el carácter dominante, la vanidad y las ansias por figurar pueden ser anécdotas y hasta ser aceptados por la población, pero ser percibido como parte de la corrupción es lo peor que puede pasarle a alguien que quiere tener futuro en la política. Quizá para correr, primero hay que aprender a caminar.

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