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Te lo juro, por mi madrecita, por Cecilia Valenzuela

Las declaraciones juradas de vida que han presentado algunos candidatos a la presidencia son una burla

Te lo juro, por mi madrecita, por Cecilia Valenzuela

Te lo juro, por mi madrecita, por Cecilia Valenzuela

Las declaraciones juradas de vida que han presentado algunos candidatos a la presidencia son una burla. Los datos más relevantes debieran mostrar los antecedentes penales y la situación jurídica de cada uno los postulantes; incluyendo las investigaciones fiscales que algunos de ellos enfrentan.

Sin embargo, según la Ley Electoral, que solo contempla sentencias fijas, todos son unos angelitos: Daniel Urresti y Gregorio Santos están siendo procesados en este mismo momento. El primero por su participación o por su complicidad en el asesinato del periodista Hugo Bustíos; y el segundo por colusión y asociación ilícita para delinquir. ¡Santos enfrenta su proceso desde la cárcel!

Con el mismo cuajo, Alejandro Toledo y César Acuña aparecen como impolutos aspirantes: la acusación fiscal y el juicio por el sonado Caso Ecoteva que marca al dirigente de Perú Posible, y el proceso judicial que enfrenta la cabeza de Alianza por el Progreso por repartir plata como cancha para ganar la elección de gobernador no cuentan.

Y sobre sus bienes y rentas, una cosa es la que los candidatos declaran ante el Jurado Nacional de Elecciones, y otra –muy distinta– la verdad. Ni siquiera la información que registran, oficialmente, ante la Sunat se acerca a la que ofrecen a los electores. A la ciudadanía le cantan con guitarra, al fisco le interpretan con cajón; pero honestamente, no se oyen datos ciertos en la mayoría de los casos.

Los candidatos se ríen de los electores aprovechando que la Ley Electoral, prácticamente, no existe, y la administración tributaria no puede salir a desenmascararlos porque la reserva tributaria protege la información que consignaron en sus declaraciones juradas ante la Sunat.

Si los funcionarios de la administración tributaria pudieran hablar, entenderíamos cómo es que César Acuña, por ejemplo, declare ingresos anuales por 56 millones de soles, pero afirme que solo tiene 15 en bienes patrimoniales. ¡Y esto! Porque dice que sobre uno de sus bienes pesa una hipoteca de tres millones. O sea que la misma persona que quiere tomar, durante los próximos cinco años, las decisiones que determinarán la economía de todos los peruanos, percibe mensualmente un promedio de cuatro millones y medio de soles, pero mantiene hipotecada su casa por tres, pagando intereses anuales de por lo menos 6,5%. ¿Está encariñado con el banco al que le debe?

Acá hay otorongo encerrado. ¿Acuña no atesora? ¿Solo gasta? ¿Cómo hace para gastar tantos millones si no compra valiosos bienes o acciones? ¿Es un mecenas? ¿Un benefactor?

Hay una inconsistencia enorme, sobre todo porque él mismo declara que tiene 2 departamentos, 8 terrenos, 7 casas, un estadio y 104 automóviles entre camionetas, trimotos, autos y ómnibus: tremenda afición por los vehículos motorizados, solo que una persona natural, por más dinero que tenga, no tiene una flota con una centena de automóviles a su nombre; esa cantidad de vehículos no están estacionados en un garaje, y si se usan para trabajar, entonces deberían ser propiedad de una empresa formal.

La Unidad de Inteligencia Financiera, la Sunat y aun la fiscalía deberían revisar las cifras del más rico de los candidatos.

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César Acuña

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