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El otro poder de Kuczynski, la columna de Juan Paredes Castro

Kuczynski no puede quedar congelado en su victoria electoral ni en la visión tradicional de la presidencia

El otro poder de Kuczynski, la columna de Juan Paredes Castro

El otro poder de Kuczynski, la columna de Juan Paredes Castro

Pedro Pablo Kuczynski no puede quedar congelado en su victoria electoral ni en la visión tradicional de la presidencia que asumirá en 46 días más.

Son tan grandes y desafiantes los apremios de gobernabilidad del país que Kuczynski debe acometer aquello que sus predecesores, de Valentín Paniagua a Ollanta Humala, pasando por Alejandro Toledo y Alan García, apenas intentaron hacer o no lo hicieron: ser la autoridad política suprema del país, no en la letra de la Constitución, sino en el ejercicio pleno de sus funciones como jefe del Estado.

¿Podrá acaso el nuevo gobernante enfrentar el gravísimo problema de la inseguridad ciudadana si, en términos estrictamente democráticos, no es capaz de ponerse, desde el primer día, por encima del Ministerio Público, del Poder Judicial y del Consejo Nacional de la Magistratura, que es el gran tapón de la impunidad reinante en el país?

De lo que se trata es que el presidente salve para sí la investidura de Estado como última instancia alrededor de la cual el sistema político en su conjunto pueda funcionar mejor, sin mengua de las competencias de los demás poderes, entre ellos también el Congreso.

El otro mal peruano, el de la corrupción, tampoco podrá ser enfrentado si no es sobre la base de un compromiso institucional moral y de respeto mutuo, como parte de una nueva cultura política, de la cual el jefe del Estado tiene que ser el gran propiciador. “No es la ley que sostiene la moral, sino al revés, la moral sostiene la ley”, como diría Johan Leuridan Huys, al hablar del derrumbe de valores en su ensayo “La cultura moderna actual”.

Las solas legislaciones y sanciones no mantienen ni cambian una sociedad.

Aunque sin las atribuciones constitucionales ideales, el mandato de la jefatura de Estado es suficientemente claro. Basta añadirle personalidad, carácter y determinación, desde una posición presidencial innovadora, para hacer descansar buena parte del gobierno del día a día en una jefatura de Gabinete de amplio espectro representativo.

Toledo tuvo la virtud de convocar a la Presidencia del Consejo de Ministros a destacadas personalidades como Roberto Dañino, Luis Solari, Beatriz Merino, Carlos Ferrero y el propio Kuczynski, pero no cedió en ellos el espacio que le hubiera permitido a él ser más jefe del Estado que de gobierno. Algo hicieron brevemente Paniagua con Javier Pérez de Cuéllar y Alan García con Jorge del Castillo. Pero Humala, en cogobierno de facto con su esposa Nadine Heredia, acabó desacreditando la presidencia, la jefatura de Estado y su propio partido político, sostén de su elección.

Nada le hará más falta a Kuczynski, a la hora de dialogar y concertar con la mayoría legislativa fujimorista, que dar fuerza a ese otro poder, el de la jefatura de Estado, sin el temor de que actuar como tal suponga autoritarismo alguno.

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