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Necesario exorcismo presidencial, por Juan Paredes Castro

Uno de los primeros exorcismos que tiene que hacer el nuevo Congreso es reconocer que el presidente es el jefe de Estado

Necesario exorcismo presidencial, por Juan Paredes Castro

Necesario exorcismo presidencial, por Juan Paredes Castro

Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori buscan expulsar sus demonios electorales, como la futura presidencia y el futuro Congreso, y esperan también la oportunidad de hacer sus propios exorcismos.

Mientras espera ser oficialmente proclamado y su equipo de gestión pasar de crudo a cocido, Kuczynski podría caer en la debilidad de prepararse desde ahora a controlar cada tuerca y tornillo del poder, vale decir, a estar en todo y en todas, allí donde sus ministros y no necesariamente él tendrían que probar competencias y responsabilidades.

Kuczynski dice asimismo que se sentará sin demora a dialogar con las poblaciones que lo convoquen. ¿Deberá hacerlo? ¿Con qué retaguardia? ¿Qué pasará si él termina siendo primera, segunda y última instancia? Y peor aun: ¿de dónde sacaría reservas presidenciales si estas quemaran todos sus cartuchos, ante, por ejemplo, un gran conflicto social?

Esa tentación de omnipresencia del presidente de turno (de pretender estar, por el medio que sea, en todas partes a la vez) tiene que ver más con el autoritarismo que con la democracia. El presidente termina asumiendo un desgaste tal que su perseguido don de la ubicuidad entra en crisis. Ya vemos en Humala cómo acaban las gestiones presidenciales, precisamente por descuidar y marginar las funciones y políticas de Estado.

Nada debe hacerle perder de vista a Kuczynski la condición de fusibles del primer ministro, ministros y viceministros, a los que él podrá designar y cambiar en cualquier momento, para la oxigenación permanente de su Gabinete, a diferencia de la condición suprema suya que tiene que permanecer ininterrumpidamente durante cinco años en el más elevado cargo de elección popular, que es a su vez la última instancia del país.

En las monarquías constitucionales, el pueblo se une alrededor del rey o de la reina, que poseen la jefatura de Estado, y se desune alrededor de la política, en el Ejecutivo y Legislativo. Así, la última instancia está protegida. En nuestro sistema, la presidencia es jefatura de Gobierno, jefatura de Estado y encarnación de la nación. La última instancia, la de la jefatura de Estado, no está suficientemente protegida del desgaste continuo. Hace falta darle contenido y ejercicio reales, por sobre todos los demás poderes.

Uno de los primeros exorcismos que tiene que hacer el nuevo Congreso es reconocer que el presidente es el jefe de Estado, y que como tal merece el trato y respeto que le corresponde. Expulsados debidamente los demonios del 5 de junio, los señores congresistas electos tienen que ver en el señor Kuczynski ya no al contrincante de campaña electoral, sino al mandatario supremo de la nación. Y es más: la separación de poderes no excluye el referente del presidente como jefe de Estado ni su capacidad de serlo y parecerlo.

Keiko Fujimori debe ayudar ahora a PPK a ejercer y fortalecer la jefatura de Estado que ella podría igualmente necesitar el 2021.

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