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¿Qué hacer con la presidencia?, por Juan Paredes Castro

Ningún poder exhibe en el Perú concentración tan alta de atribuciones como el presidencial

¿Qué hacer con la presidencia?, por Juan Paredes Castro

¿Qué hacer con la presidencia?, por Juan Paredes Castro

Los peruanos delegamos hoy, mediante voto obligatorio, poder presidencial. Algo parecido al giro de un cheque en blanco, porque nada obliga al poder presidencial a una rendición de cuentas. Sencillamente no existen los medios y mecanismos para hacerla efectiva.

Sin partidos políticos, sin representación parlamentaria nacional real, sin balance probado de poderes, sin organizaciones civiles válidas, nada es capaz de establecer, por ahora, una confiable y duradera intermediación entre la sociedad y el poder presidencial.

Y esa ausencia de intermediación supone una casi automática desconexión de la presidencia con el cuerpo social y político del país. La presidencia pasa a vivir y sufrir, así, la soledad del poder.

Es más: ningún poder exhibe en el Perú concentración tan alta de atribuciones como el presidencial, al mismo tiempo que una acumulación igualmente alta de frustración por no poder ejercerlas.

Quien gane la elección de hoy, Keiko Fujimori o Pedro Pablo Kuczynski, asumirá en breve tiempo ese elevado cargo constitucional, respecto del cual ambos no han dicho nada en la campaña electoral sobre cómo piensan manejarlo, habida cuenta de que para cumplir sus montañas de ofertas en vitrina se necesitará más que una vara mágica.

En efecto, al no haberse detenido lo suficiente en el diagnóstico y la solución de los problemas y debilidades intrínsecos de la función presidencial, la candidata de Fuerza Popular o el candidato de Peruanos por el Kambio va a llegar a Palacio de Gobierno a descubrir recién allí la gran verdad: que la jefatura de Estado, que precisamente trae consigo la presidencia, termina prácticamente disuelta en la jefatura de gobierno.

La presidencia de Ollanta Humala ha hecho más grave y notorio este déficit de mandato supremo, al evidenciar su incapacidad de colocarse por encima de los otros poderes públicos y de la organización política del país, en temas cruciales que se han vuelto recurrentes y que reclaman políticas de Estado de mediano y largo plazo, como la criminalidad urbana, la corrupción y el narcotráfico. Nadie como Humala ha propiciado que la presidencia se convierta en los últimos años en una extendida rama de poder de facto de la primera dama, Nadine Heredia, y que la PCM haya dado tantos tumbos como el número de crisis que ha atravesado el Poder Ejecutivo.

Lo menos que podemos esperar es que una vez conocidos los resultados ningún triunfalismo opaque la necesidad urgente de dotar a la presidencia de la fuerza, consistencia, asesoría, enlaces, reflejos y coordinaciones más idóneos para que sus funciones de Estado no estén colgadas de la brocha y para constituir una verdadera garantía de ejercicio pleno del principio de autoridad, del que los peruanos hemos carecido dramáticamente en los últimos cinco años del humalismo.

¿Qué hacer, pues, con la presidencia? ¿Tienen ya una respuesta Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski?

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