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La presidencia en subasta, por Juan Paredes Castro

Cada cinco años la presidencia, se vuelve objeto de ambiciones desmedidas, ansiedades pintorescas y arrebatos autoritarios

La presidencia en subasta, por Juan Paredes Castro

La presidencia en subasta, por Juan Paredes Castro

Cada cinco años se saca en subasta la Presidencia de la República bajo las únicas reglas que conocemos: aquellas políticas y electorales que no funcionan porque están desconectadas del cuerpo social y político del país.

Cada cinco años nos asomamos a un carnaval de subofertas electorales, en ausencia de otras que quisiéramos limpias, racionales, maduras, debatidas y hasta sostenidas por un pacto político de puntos mínimos, capaz de alejarnos del laberinto y la anarquía.

Cada cinco años, a causa de este vacío profundo, la clase política busca por cuenta propia su nuevo y mejor reacomodo en el poder, los electores entran en shock como convidados de piedra en un banquete al que son llamados solo a votar y el futuro del país entra en un siguiente ciclo de incertidumbre. Pasamos a ignorar lo que nos espera a la vuelta de la esquina.

Cada cinco años, por este tiempo, recordamos las múltiples veces que no hemos sabido completar una transición democrática, para contentarnos solo con la ansiedad de saltar rápidamente del final de una dictadura a nuevas elecciones generales, en las que apurados candidatos vieron que se les agotaba la oportunidad de su vida y su cuarto de hora de gloria.

Cada cinco años tenemos entonces una subasta presidencial sin reglas que valgan, ya sea porque las que existen han probado hasta el cansancio ser inútiles, por más solemnidad que cobre el Jurado Nacional de Elecciones; o porque las que nos hacen falta nunca han despertado la voluntad férrea de nuestra clase política para ponerlas en marcha.

Cada cinco años la llegada del festín electoral presidencial y parlamentario nubla nuestra visión de cómo el saliente gobierno deja la hacienda pública y los asuntos de Estado y de cómo el balance de su gestión se encuentra con la incapacidad de los demás poderes de exigirle una real rendición de cuentas.

Cada cinco años nos asalta el espejismo de un crecimiento económico sin reformas de fondo, de una democracia de luchas heroicas en las calles y de una “inclusión social” que, por más certificación internacional que alcance, esconde la miseria con la que los políticos se retratan en las campañas electorales.

Cada cinco años somos advertidos de la necesidad de un blindaje legal y constitucional del poder presidencial, que le permita recuperar respeto, autoridad y majestad y, sobre todo, suficientes controles y cerrojos para no sufrir la invasión de otros poderes bajo la sombra, como el de Montesinos con Fujimori y el de Heredia con Humala.

Cada cinco años la presidencia, con su infinita concentración de poder, pero empequeñecida, vulnerable y devaluada en su naturaleza, se vuelve objeto de ambiciones desmedidas, ansiedades pintorescas y arrebatos autoritarios, lista para caer, entre abril y junio, en manos de sabe Dios quién o quiénes, según la suerte electoral que la acompañe.

Cada cinco años este es el triste ritual político en el que la presidencia tiene mucho más que perder que los “predestinados” que buscan ocuparla.

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