"El nombramiento de Cateriano no ha superado resistencias de dos sectores: la izquierda y un sector importante de la oposición más dura a Vizcarra". (Foto: Congreso)
"El nombramiento de Cateriano no ha superado resistencias de dos sectores: la izquierda y un sector importante de la oposición más dura a Vizcarra". (Foto: Congreso)
José Carlos Requena

La misma mañana que se divulgó una encuesta de opinión que evidencia una ligera reducción en el continuo declive de la aprobación presidencial (-5, menor que la reducción de junio: -10), se confirmó un cambio que modifica la dinámica en que se había estado moviendo el Ejecutivo: el retorno de a la para suceder a .

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La llegada de Cateriano aporta el peso propio de una larga trayectoria en el ámbito político, desde su temprana (y breve) incursión en el Congreso, en 1990, cuando tenía 32 años.

Su experiencia colaborando en distintos encargos y portafolios le da, además, un conocimiento de la dinámica estatal nacional, algo vital para una administración como la de Martín Vizcarra, que ha presentado sus principales déficits en la gestión gubernamental.

Por sorpresivo que pueda parecer, dado su perfil confrontacional, la convocatoria a Cateriano podría romper el aislamiento en que se empezaba a perder Vizcarra, sin llegada al Parlamento y con colaboradores –en su mayoría– de bajo perfil, con la popularidad como único capital político. Si la articulación que ostenta el primer ministro es acompañada por un ánimo convocante, su aporte podría ser fundamental.

Algunas apuestas de Cateriano han sido audaces, aunque seguramente son un riesgo calculado a la espera de algún resultado concreto. El nombramiento que ha causado mayores comentarios ha sido el del ministro Martín Ruggiero, un abogado proveniente del sector corporativo.

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Al margen de nombres, es evidente que Cateriano quiere tener mayor presencia en el frente laboral, que anuncia tiempos complicados.

El nombramiento de Cateriano no ha superado resistencias de dos sectores: la izquierda y un sector importante de la oposición más dura a Vizcarra. La izquierda ve en el cambio en la PCM una concesión al sector empresarial, mientras que la acérrima oposición duda de que el hoy primer ministro vaya a moderarse o matizar sus conocidas animadversiones.

Por lo demás, dos presidentes muy distintos comparten el mismo final, además de la común desconfianza del advenedizo. Pero son escenarios marcadamente diferentes. El impopular Ollanta Humala (Ipsos: 19%, julio 2015) tenía otras fortalezas (Gabinete solvente, presencia en el Parlamento, cierto legado); mientras Vizcarra exhibe como único capital su alta aprobación (65%, julio 2020).

Si la experiencia se repite y Cateriano acompaña hasta el cierre otro final de mandato presidencial, en un año se sabrá si su aporte –efectivamente– le dio estabilidad al gobierno saliente o si, por el contrario, su gestión es marcada por la polarización, que parecía ya cosa del pasado. Pero falta aún un largo período. A fin de cuentas, los dos epílogos que protagoniza Cateriano corresponden a historias muy distintas.

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