Viejas trampas, nuevos pactos, la columna de David Rivera
Viejas trampas, nuevos pactos, la columna de David Rivera
David Rivera

El ministro de Educación, , ha puesto el dedo en la llaga. En un artículo publicado en este Diario, llamó la atención sobre lo pequeño del Estado Peruano comparado con países como México, Colombia, Reino Unido, Suecia, Estados Unidos.

Juan José Garrido, director de “Perú 21”, respondió con tres argumentos: (i) En 1920, trece países desarrollados tenían en promedio el tamaño del Estado que tiene hoy el Perú (18% de nuestro PBI), mientras hoy es algo superior al 45%. Es decir, crecieron paulatinamente; (ii) Considerando nuestros altos niveles de informalidad, nuestro 18% está sostenido básicamente por la tributación de unos pocos, equivalente al 45% del PBI; y (iii) Primero seamos eficientes y luego hablemos de más presupuesto.

Analizar cada una de estas variables tiene múltiples entradas. Veamos algunas y comencemos con el tercer punto. Si preguntásemos a los cien empresarios más exitosos del mundo si, dado un conjunto de funciones ya asignadas (productos, servicios, rentabilidad), es posible ser eficiente con, digamos, el 40% menos del presupuesto requerido, ¿qué cree usted que responderían? Visto de otra manera, y sin dejar de reconocer las mejoras en eficiencia que deben hacer, ¿una situación así no acentúa e incluso crea nuevas formas de ineficiencia por la sencilla razón de que el corto plazo y la premura por lo urgente se convierten en casi lo único posible de abordar? ¿Hubiese podido el ministro Saavedra avanzar como lo ha hecho sin un aumento en el presupuesto?

De otro lado, uno de los problemas con la comparación que plantea Juan José es que las funciones de los estados no eran las mismas hace 100 años que ahora. En lo esencial, hoy se espera del Estado Peruano lo mismo que de cualquier otro Estado moderno del mundo. ¿Acaso no nos indignamos cada vez que aparecemos fatal en algún ránking internacional? ¿Quiere decir eso que dejemos de lado la variable eficiencia? Nuevamente, NO. Lo que seguramente pasaría en una empresa privada es que al ejecutivo encargado de transformar esa organización ineficiente en una eficiente se le asignaría un presupuesto adicional con metas específicas a cumplir en períodos establecidos. Y eso es exactamente lo que tenemos que hacer en el Perú. Eso es lo que Saavedra está consiguiendo hacer.

Ahora viene el punto más complejo. Si aceptamos que necesitamos aumentar con urgencia el tamaño del Estado (para convencerse solo necesita darse una vuelta por algunas regiones del país), ¿con qué recursos lo hacemos si el 70% de nuestra economía es informal? Es en este punto donde nos encontramos entrampados y por viejas razones ideológicas. Mientras el establishment proempresarial limeño sigue creyendo que el problema se soluciona reduciendo costos laborales, la evidencia en el mundo –recogida y difundida por los organismos multilaterales e instituciones como la OECD– muestra que la salida está en crear oportunidades económicas que sirvan como un imán hacia la formalización (lo cual no niega que algunos ajustes al mercado laboral haya que hacer). Desde una mirada menos económica, habría que comprender que, por ejemplo, los migrantes que llegaron a Lima y lograron sobrevivir y crecer en un mundo paralelo e informal lo hicieron así básicamente por ausencia de Estado, por ausencia de un sentido de pertenencia a algo. ¿Cómo escapamos de esta trampa? No hay muchas opciones. Quienes nos hemos visto favorecidos por este modelo tenemos que comprender que para transformar el país necesitamos hacer un sacrificio en el corto y mediano plazo. Un sacrificio que en términos prácticos es marginal, pero que nos puede permitir soñar con un futuro diferente. ¿Firmamos el pacto?

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