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Una pelota de trapo, la columna de Fernando Tuesta

El fútbol no es solo lucha. También es el intento constante de crear una comunidad que produce armonía, por lo que se celebran goles que provienen de múltiples toques

Selección peruana

“El fútbol puede hacer mover el mundo como paralizar un país, incluida la política”. (Foto: AFP)

“El fútbol puede hacer mover el mundo como paralizar un país, incluida la política”. (Foto: AFP)

“El fútbol puede hacer mover el mundo como paralizar un país, incluida la política”. (Foto: AFP)

A pocas horas del Perú-Argentina, la expectativa por el partido es enorme. ¿Cómo entender esa locura por el fútbol, esa pasión de multitudes, incluso en países como el nuestro, en donde la vitrina de las copas y medallas es tan pequeña como vacía? Es que el fútbol no es el opio del pueblo ni una mercancía con solo valor de cambio. El fútbol es más que un deporte y una recreación moderna. Es la manifestación simbólica de la vida misma, que se muestra en una competencia y rivalidad envuelta en, como señala Vicente Verdú, mitos, ritos y símbolos. En el fútbol hay mucho de primario y tribal, manifestándose en la propia lucha por vencer, en la dicotomía de la victoria y la derrota, en la adhesión de las barras convertidas en tribus con gritos de guerra, creando ídolos y héroes populares. El fútbol es recuerdo, memoria y emoción.

Sin embargo, el fútbol no es solo lucha. También es el intento constante de crear una comunidad que produce armonía, por lo que se celebran goles que provienen de múltiples toques. O creación de belleza, que solo lo logran unos pocos para algarabía de muchos.

Pero esa adhesión no es una membresía formal, sino una de carácter pasional. Por todo esto, a través del fútbol también se puede entender un país y muchos rasgos de su cultura. Por eso, los aficionados e hinchas se adhieren a través de identidades que van desde el territorio (barrios), las regiones, las clases o etnias.

El fútbol puede hacer mover el mundo como paralizar un país, incluida la política. Y esta no puede estar al margen del fútbol, pues lo necesita. No en vano gobernantes de todo el planeta buscan congraciarse con este deporte de multitudes.

En mi caso, me gustó el fútbol desde pequeño. Jugué grandes partidos, con espectaculares jugadas, en pistas, parques y, sobre todo, en mis sueños. Lo mejor que hice fue ser hincha de Alianza Lima. Fue una decisión que no provino de herencia, sino de una sabia irracionalidad.

Nunca olvidaré la primera delantera íntima que vi en mi vida. Tuve la suerte de ver la formada por Julio Baylón, ‘Perico’ León, ‘Pitín’ Zegarra, Teófilo Cubillas y ‘Babalú’ Martínez, a quien vi en numerosas jornadas, así como los primeros partidos de César Cueto como puntero izquierdo. Celebré campeonatos y fui feliz muchos fines de semana al ver a mi equipo y ser parte de esa tribu blanquiazul. En cada país que estuve encontré ese hincha aliancista, con quien compartí la misma identidad. En la calle me gritan, elevando el pulgar, ¡arriba Alianza! Soy hincha de estadio, que es como se debe ver el fútbol. He salido en caravana para celebrar tres clasificaciones del Perú al Mundial y un campeonato sudamericano. Ha sido una forma simbólica de identidad nacional, una forma de sentir un nosotros.

Mientras esperamos el partido, viene al recuerdo cuando una pelota dibujaba en el aire una gran parábola, lanzada desde el medio campo por el genial César Cueto, incrustándose en el arco, ante la impotente mirada del entonces arquero de Sporting Cristal Ramón Quiroga, y la explosión de las tribunas. Ese gol seguirá siendo una parábola de la vida.

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