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El Perú en la banca de suplentes, la columna de Juan Paredes Castro

Los peruanos nos hemos vuelto terriblemente masoquistas, condenando a nuestro país, casi por siempre, a la banca de suplentes. En la política seguimos eligiendo la antirrepresentación

Ollanta Humala

"A diferencia de Toledo, muchos de los que hipócritamente lo eligieron presidente sabían quién era Humala: el fingido insurgente de Locumba y el ‘Capitán Carlos’ de los crímenes de Madre Mía". (Foto: Archivo El Comercio)

"A diferencia de Toledo, muchos de los que hipócritamente lo eligieron presidente sabían quién era Humala: el fingido insurgente de Locumba y el ‘Capitán Carlos’ de los crímenes de Madre Mía". (Foto: Archivo El Comercio)

Alejandro Toledo solía besar la bandera peruana como si él mismo fuera una ofrenda patriótica. Estaba convencido, como su esposa Eliane Karp, de su sobrenatural condición de ser una encarnación divina de los apus.

Era el “cholo sano y sagrado” que había logrado pasar a la historia. Un nuevo inca de la alborada del siglo XXI que pasó por las aulas de Stanford y Harvard. Se sabía poco o nada de quién era en verdad, pero resultó elegido presidente de la República.

Ollanta Humala llegó a pensar que el Estado era él. Jamás entendió lo que era el Estado, pero sentía que lo encarnaba. Solo faltó que su esposa Nadine Heredia le pidiera, además de compartir el poder, ser parte del escudo nacional, quizás en reemplazo de la cornucopia.

Si Humala hubiera sabido que fue el primer militar de los últimos dos siglos elegido democráticamente, habría hecho honor a ello, en lugar de recordarnos –de la noche a la mañana– que no sabía ser otra cosa que un hombre de cuartel. A diferencia de Toledo, muchos de los que hipócritamente lo eligieron presidente sabían quién era: el fingido insurgente de Locumba y el ‘Capitán Carlos’ de los crímenes de Madre Mía.

¿Por qué el Perú, como territorio, como colectividad, como nación, como República, como Estado, como tantas de las cosas que quisiéramos que fuera, no solo no puede ser bien gobernado, sino que casi siempre está mal representado y, encima, ahora más saqueado que nunca por algunos de sus más altos dignatarios de turno, unos encarcelados, otros prófugos?

¿Hace cuánto tiempo que esta patria grande llamada Perú no es titular de su destino ni de su historia, sino protagonista pasiva de los actos y omisiones que orondos elegidos por el voto popular suscriben en su nombre, con garrafales equivocaciones o evidentes signos de criminalidad?

Despertamos un día a un nuevo gobierno que no tiene mayoría legislativa, pero al que le cuesta demasiado dialogar y concertar con ella. Absurdo total. Ese mismo día despertamos también a un nuevo Congreso en el que la mayoría fujimorista prefiere ser solo fiscalizadora y olvida, por el dominio legislativo que tiene, que podría legarle al Perú el mayor shock de reformas que la historia se lo reclama. Otro absurdo increíble.

Los peruanos nos hemos vuelto terriblemente masoquistas, condenando a nuestro país, casi por siempre, a la banca de suplentes.

En la política seguimos eligiendo la antirrepresentación. En el fútbol, agotando la última esperanza en el partido siguiente, como el que jugaremos con Argentina en cuatro días.

¿Qué lecciones hemos sacado de la violencia terrorista de más de 20 años? ¿Y qué otra de la pacificación sin reconciliación y de la democratización sin institucionalización?

¿Qué tenemos que hacer no solo para llegar a Rusia 2018, sino para poner al Perú en la banca de titulares?

Quizás sentir que entre peruanos tenemos algún tipo de pertenencia compartida que nos puede llevar a construir algunos ideales comunes por encima de nuestras diferencias y adversidades.

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