El ataúd con los restos de García estuvo cerrado durante el velorio. La parafernalia aprista acompañó a su líder en la Casa del Pueblo hasta el día de su entierro. (Foto: César Campos/ Archivo GEC)
El ataúd con los restos de García estuvo cerrado durante el velorio. La parafernalia aprista acompañó a su líder en la Casa del Pueblo hasta el día de su entierro. (Foto: César Campos/ Archivo GEC)
Fernando Vivas

Columnistas, cronista y redactor

fvivas@comercio.com.pe

Lo advirtió muchas veces, pero nadie lo tomó al pie de la letra. ¿O fue que su entorno respetó la decisión fatal y no hizo nada por vigilarlo y persuadirlo de lo contrario?

El silencio de la muerte impide responder todo lo que quisiéramos saber sobre el suicidio de un personaje colosal. Pero sí podemos decir, amparados en su biografía (la que conocemos de memoria y la que leímos en sus “Metamemorias” publicadas póstumamente a fines de noviembre), que fue un suicidio político. De hecho ha habido otros de ese tipo, desperdigados en la historia universal, pero el de está precedido y seguido de tanta controversia que sienta un precedente que recién empezamos a procesar. Lejos de ajustar una cuenta, abre una más grande, quizá comparable con la del suicidio de Getulio Vargas, el expresidente brasileño que se mató en pleno mandato en 1954.

¿Por qué suicidio político? Apuntemos tres razones. La primera es porque, como todo en la política, era una decisión con una ruta condicionada a la ocurrencia de otros hechos (en este caso, dio a entender que lo haría si la ley y la justicia lo detenían). La segunda, porque era una maniobra contundente contra el adversario. En la judicializada política de nuestro tiempo, la muerte sustrajo a García de su expediente, dejó a sus enemigos sin caso.

Sin embargo, como la guerra no acaba, el adversario ha encontrado otros casos, otros expedientes, como el de su exsecretario de Palacio de Gobierno Luis Nava, quien tiene mucho que decir sobre García, y ya ha dicho varias cosas que no serán vinculantes, pero han sido contundentes para quien así ha querido tomarlas.

Si había una ruta fatal, era de esperar que García dejara un trazo de ella. Así fue. El 18 de abril, un día después del suicidio, su hija Luciana García Nores leyó en nombre de sus hermanos una carta que el padre había entregado meses atrás, aproximadamente a fines de octubre del 2018, a su exsecretario personal Ricardo Pinedo, con la instrucción de que se la diera a sus hijos en caso que le pasara algo grave.

La frase de la carta, a la vez memorable e infame, “dejo [...] mi cadáver como una muestra de desprecio a mis adversarios”, es tan pendenciera como lo fue su relación con sus enemigos políticos, fundamentalmente la izquierda. García vivió desde joven la inquina entre el Apra y el marxismo, pero en los últimos meses, desde que se le vio cercado por las revelaciones del Caso Lava Jato, la pendencia era protagonizada por él y estaba al rojo vivo. Lo que nos lleva a la tercera razón que hace su suicidio muy, pero muy político.

El expresidente apeló al juicio de la historia, es decir, al que harán los actores colectivos y por el que pelearán con argumentos ideológicos y teorías de la conspiración que se convertirán en leyenda. Los historiadores y los académicos tendrán algo que decir, pero no serán quienes establezcan la valía o el grado de culpabilidad de un expresidente. Eso se decidirá con el activismo de un partido y el activismo contrario de sus enemigos.

—Polvo y estrellas—

Una aclaración vital: no hay que ser suicida para pensar en la muerte. Cualquier emprendimiento con fines trascendentes, como escribir una autobiografía, entraña una idea de lo que otros pensarán de quien se extingue. García, según han dicho Pinedo y algunos de sus familiares, empezó a escribir “Metamemorias” a inicios del 2017, aunque una fuente muy confiable nos asegura que la intención del libro ya estaba clara en el 2015.

En todo caso, se puede presumir que en el 2017 la obra estaba en plena marcha, y en el último tramo de su vida, el cuerpo del libro estaba acabado. Así lo ha dicho repetidas veces –y me lo ha confirmado– Pinedo. Y su hija Carla García Buscaglia me dijo que hasta la víspera de su muerte García hizo ajustes en el texto que ya estaba completo.

En el libro hay apenas alusiones entrelíneas que podrían apuntar a la idea del suicidio, pero no dice nada explícito sobre este. Es más, hay pasajes, quizá entre los primeros que escribió, en los que se percibe a un autor sin ‘deadline’ editorial o vital; y hay otros pasajes escritos por quien, sin hablar de su muerte, asume premonitoriamente que ya acabaron varias cosas para él, que no volverá a la política, que no abandonará el país; que, por ejemplo, no visitará jamás la tumba de Verdi.

Por encima de la expresión literaria o existencial, su mensaje político es claro: todas las acusaciones de corrupción son fruto de la incomprensión, de la inquina o de la envidia. Por lo demás, el libro incluye un persistente llamado a considerar al intelectual García diferenciado del político García.

Si hay que escoger la frase que más gatilló su discurso político en los meses próximos a su muerte y está escrita en “Metamemorias”, es “otros se venden, yo no”. No solo es una defensa judicial, sino la proclama de su excepcionalidad. En esa fórmula, García no solo grita que es inocente, grita más fuerte que es único. El suicidio también es una expresión de un plan político individualista y megalómano contra el final ordinario de los otros.

García revivió su aprismo antes de morir, de la misma forma en que un enfermo terminal se acerca a la religión. Esto no es excepcional ni despectivo, es la búsqueda de un punto de apoyo para la trascendencia. Se le vio, a él que había perdido el afecto por la vida de militante y que creía haber cumplido con creces su servicio al partido con su candidatear en el 2016, rodearse de jóvenes dirigentes. Algunos de ellos, actuales candidatos al Congreso, se asumen sus discípulos y agitan su nombre.

El Apra entendió perfectamente que la muerte de su líder estaba imbuida de significado y simbolismo político. García subrayó constantemente que sus tribulaciones judiciales se encadenaban con la historia de la persecución aprista. Por ello, cuando buscó asilo en la residencia del embajador uruguayo, inmediatamente se evocaron los asilos que Haya de la Torre y el propio García vivieron en la residencia colombiana en Lima.

En la visión de muchos apristas, las cuitas de García son las cuitas históricas de un partido perseguido y marginado. García se preocupó por provocar esa lectura, a pesar de haber estado dos veces en el poder. Al contrario, el hecho de haber sido dos veces presidente, según lo escribe en su memoria póstuma, acrecentó el odio de los enemigos hasta el punto de no dejarle más escapatoria que la muerte por mano propia. Ese fue su último mensaje político, antes de ser “polvo en viaje a las estrellas”, la fórmula mortuoria aprista que hoy agitan sus compañeros.

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