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La política peruana sin García, por José Carlos Requena

La extinta acción judicial en torno a García no debería incidir en el destino de los demás casos

Alan García

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Reuters

Con el trágico final de su vida, Alan García ha inscrito su nombre en la historia política peruana. Para sus seguidores, será un digno político; para sus detractores, un personaje que supo sortear la justicia. Pero, ¿cómo queda la política peruana, en la que García participó por más de cuatro décadas, tras su temprana y voluntaria partida?

El Apra, el disminuido partido –5,8% en el 2016– en el que García militó toda su vida, mostró en sus funerales que mantiene un poder de movilización, que hace mucho no se veía en un grupo político con tantas décadas encima. Durante los funerales del ex presidente, miles de personas desfilaron por el aula magna.

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Pero el conglomerado estuvo compuesto, mayoritariamente, por personas de avanzada edad, lo que abre la pregunta sobre la renovación de sus cuadros partidarios. Sus congresistas más prominentes (Del Castillo, Velásquez, Mulder) son articulados y constituyen un sólido elenco político. Pero sus edades confabulan en contra para que pueda basarse en ellos una renovación con militantes de mediana edad que pueda brindarle nuevos bríos al partido.

No debe descartarse que los cuadros más experimentados sean valiosas bisagras, aunque con un final que no deja de ser incierto.

Para ello deberán limar las rencillas que se vieron en tiempos recientes –disimuladas por el dolor de la partida del líder– y, en algunos casos, superar los apuros judiciales. Con el Apra en una transición precaria, el elenco estable de la política peruana contemporánea podría ver peligrar a uno de los tres sobrevivientes del sistema de partidos que primó en los 80 y que, tras su colapso, no ha podido recuperarse.

El gobierno ha sido responsabilizado, con gran ligereza, de ser el provocador de la trágica decisión de García. Tiene que cargar con un complejo panorama en que debe garantizar la autonomía del sistema judicial, habiendo apostado por una retórica anticorrupción que le da mucha prensa, pero poca sustancia. A fin de cuentas, si la independencia judicial es real, el gobierno tiene poco que hacer en dichas esferas. El principal rol termina siendo el no mezquinar recursos.

Los funerales de García han sido una ocasión para que la oposición más dura al gobierno muestre cierta unidad. Puede estarse constituyendo un frente de cariz conservador que cobije, además de Fuerza Popular, a otras personalidades y que tenga un rol importante en la elección del bicentenario.

En la esfera judicial, la partida de García no debería causar ningún impacto, si es que la justicia es pretendidamente ciega. Las críticas al equipo fiscal no deben detenerse, pero tampoco debería peligrar su permanencia, que solo favorecería a los investigados. La extinta acción judicial en torno a García no debería incidir en el destino de los demás casos.

García quiso dejar “a mis hijos la dignidad de mis decisiones; a mis compañeros, una señal de orgullo. Y mi cadáver como una muestra de mi desprecio hacia mis adversarios”. Pero también deja coyunturas hambrientas de desenlace.

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