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La reforma que nunca fue, por María Alejandra Campos

Tal vez lo único que tiene alguna oportunidad de supervivencia es, irónicamente, la bicameralidad.

Martín Vizcarra

Vizcarra llegó a incinerar la poca esperanza de consensos que pudiesen generar sus proyectos de reforma. (Fotos: Alessandro Currarino/GEC)

Me imagino a Martín Vizcarra sentado con la comisión en Palacio, escuchando a Milagros Campos explicarle sobre legislación comparada de inmunidad parlamentaria o a Paula Muñoz insistiendo en la necesidad de reformar la política subnacional para poder tener un sistema sostenible. Asiente, simpático, y pide un poco más de café para sus invitados. Vizcarra, el ingeniero civil, enfrentado a la ingeniería constitucional. ‘Chino’, debe haber reflexionado.

Tan poco interés generaron en Palacio las 12 propuestas de la comisión de reforma política que, luego de recibir el paquete, lo guardaron en la refrigeradora unas semanas hasta decidir qué hacer con ese mamotreto ininteligible que les habían dejado. ‘No era para que se lo tomen tan en serio’, se escuchó en el jirón Junín.

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Cuando finalmente se tomó la decisión, fue tajante: va, pero huérfana. A la madre bicameralidad la dejamos en Siberia.

Empezó el debate en el Congreso y algunas voces desde la ex comisión de reforma empezaron a cuestionar la metodología. El presidente dio algunos guiños de indignación y pidió tímidamente en presentaciones públicas que se apuren los plazos.

Se conversó con las bancadas, pero 24 horas después se archivó la primera reforma: inmunidad parlamentaria, ahora no joven. Ni Vizcarra ni Salvador del Solar –quien luego del archivamiento conversó con Luz Salgado– parecieron demasiado indignados. Que qué mal, pero seguiremos dialogando. Una pena, pero qué se le va a hacer.

Hasta este domingo, que la encuesta publicada en este Diario mostraba un panorama decepcionante: no solo no le interesaba mucho al presidente, la mayoría de la opinión pública ni sabía que existía. La reforma que nunca fue.

Casualmente ese mismo día empezaron a moverse los engranajes en Palacio para recuperar el interés popular. ¿Qué cosa apoya el pueblo? Ah, modificar la inmunidad. A por ella entonces. Y así, cual Daenerys en Desembarco del Rey, Vizcarra llegó a incinerar la poca esperanza de consensos que pudiesen generar sus proyectos de reforma. Quedan once por debatir, pero valía la pena reaccionar con el único que podía generar apoyo. Aunque fuese mal y tarde.

En la plaza Bolívar ya cerraron filas en contra de la embestida del Ejecutivo. Ahora cualquier presión respecto a la reforma va a ser tergiversada con la rimbombante etiqueta de intento de golpe de Estado.

Tal vez lo único que tiene alguna oportunidad de supervivencia es, irónicamente, la bicameralidad. Porque ahora que el escenario se ha vuelto a volver dicotómico –los unos vs. los otros–, la única propuesta propia que tiene el Parlamento es, justamente, la descartada por el Ejecutivo. No solo eso. Esta propuesta tiene amplio respaldo en la academia y en la propia comisión de reforma política. Además, hay un acuerdo de la Comisión de Constitución que establece que se le va a dar prioridad al debate de ese tema porque de él depende la redacción de otros textos. Por ahí en unos meses esta columna se titula ‘Bicameralidad: el Bran Stark de la reforma política’.

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