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Reparto de lecciones de una crisis caliente, por Juan Paredes Castro

El país no puede ser arrastrado al 2021, ya sea desde el Gobierno o desde el Congreso, por el permanente jaloneo radical del fujimorismo y del antifujimorismo

Martín Vizcarra

La Jefatura del Estado, una función habitualmente relegada en la Constitución y casi inexistente en la práctica, ya probó ser un poder real y efectivo. (Foto: El Comercio)

El control de daño impuesto sobre la crisis política y judicial tiene cinco lecciones que repartir. Bien asimiladas, podrían contribuir a cambiarle el rostro al país.

Primera lección. La Jefatura del Estado, una función habitualmente relegada en la Constitución y casi inexistente en la práctica, ya probó ser un poder real y efectivo, aunque de facto, en manos del presidente Martín Vizcarra. Este decidió, con insólita audacia, ponerse por encima del Congreso y de los demás poderes, exigiendo reformas constitucionales políticas y judiciales urgentes en respuesta a las revelaciones de corrupción en los más altos niveles de la magistratura nacional.

Sin embargo, una vez doblada la esquina de las reformas, como parece que sucederá a finales de diciembre, y cuando la indignación pública haya cesado y más bien sobrevenga una natural distensión, ¿podrá Vizcarra enfundarse nuevamente en la coraza de jefe del Estado para colocarse por encima de la organización política del país en un tono ya no de confrontación, sino dialogante y conciliador con el Congreso?

Segunda lección. El poder que Vizcarra ha ejercitado de facto en los últimos meses, que es el poder de un jefe del Estado, solo nominalmente referido en Constitución, sin atribuciones precisas como la de convocar o instar a los demás poderes en la solución de crisis que comprometan gravemente la estabilidad del país, tendría que ser formalmente reconocido. Esto equivale a una reforma en la Constitución que, sin afectar el capítulo de las prerrogativas presidenciales, llenaría un vacío fundamental: el de dar fuerza a una última instancia de Estado real y efectiva, más arriba que la Jefatura de Gobierno.

Tercera lección. Vizcarra debe saber que el azar ha jugado a su favor entre el escándalo de la corrupción, la indignación ciudadana y su alta aprobación en las encuestas. A partir de enero no será fácil contar con un escenario similar. Para entonces la hoy rentable confrontación con el Congreso resultará tal vez contraproducente. Le convendría al país conservar en Vizcarra la Jefatura del Estado, en su voluntarioso empaque, en dirección de acciones de gobierno y de un trabajo coordinado con el Congreso. Será entonces una Jefatura del Estado preocupada en revertir cifras alarmantes en déficit fiscal, en pobreza, en salud, en empleo, en nutrición, en transporte, en gestión estatal.

Cuarta lección. El país no puede ser arrastrado al 2021, ya sea desde el Gobierno o desde el Congreso, por el permanente jaloneo radical del fujimorismo y del antifujimorismo. Si Gobierno y Congreso han sido capaces de ponerse de acuerdo para aprobar reformas a punta de presión del primero, con el riesgo de producir reformas fallidas, ¿por qué no podrían concertar voluntades, de manera más racional y civilizada para dotar de solidez el funcionamiento gubernamental y legislativo. Algo muy distinto que prepararse a promover desde ahora una siguiente crisis, incluida la amenaza del cierre del Congreso.

Quinta lección. César Villanueva debe ensayar también ser más un jefe de Gobierno del día a día sobre un Consejo de Ministros más ejecutivo en resultados.

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