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La soledad voluntaria de Keiko, la columna de Mávila Huertas

El escenario se muestra inmejorable; sin embargo, Keiko Fujimori no reacciona

Keiko Fujimori

Keiko Fujimori no reacciona. Su presencia se reduce a esporádicos pronunciamientos en Twitter. Como si no viviera en el Perú. (Captura: Difusión)

Archivo El Comercio

Mávila Huertas

¿Qué más podría pedir el líder de la oposición que un presidente en la situación de Pedro Pablo Kuczynski? Baja aprobación. Sospechas de tráfico de influencias. Sensación de estancamiento económico. Expectativas insatisfechas antes de los dos primeros años de gobierno. Rumores de vacancia.

Parecería el momento perfecto para consolidar un liderazgo. Sobre todo si la última vez se perdió por un pelo y todavía se tiene el aval del partido con la mayor bancada en el Congreso.

El escenario se muestra inmejorable; sin embargo, Keiko Fujimori no reacciona. Su presencia se reduce a esporádicos pronunciamientos en Twitter. Como si no viviera en el Perú. Peor, como si no le importara que su hermano menor le esté quitando congresistas para llevarlos a jugar del lado opuesto de la cancha.

Fuerza Popular hace agua. Y si Keiko no asume de una vez por todas el control de su propia carrera política, sus posibilidades de volver a tentar la presidencia, luego de dos derrotas consecutivas, se esfumarán para siempre.

Vamos que Keiko Sofía Fujimori Higuchi no la ha tenido fácil. Tuvo que asumir las funciones de primera dama a los 19 años en medio del divorcio de sus padres. Enfrentar denuncias e investigaciones por corrupción desde que el ex presidente abandonó Palacio. Y administrar su herencia política, con un partido a la deriva. Hasta ahora no lo hizo mal.

En el 2006 llegó al Congreso con la más alta votación obtenida por un parlamentario electo, más de 600 mil votos. Desde entonces ha sabido mantener un sólido bolsón electoral para el fujimorismo, que oscila alrededor del 30%. En el 2011 y 2016 arañó el triunfo. Está claro que solo le fue esquivo debido al voto anti. Pero las circunstancias han cambiado y nada le garantiza que ese elector leal seguirá siendo suyo en el 2021.

Fue una mala perdedora ante PPK, picona y altanera. En lugar de reconocer su derrota con elegancia, se esmeró en jactarse de su mayoría congresal y decidió hacerle la vida a cuadritos al oficialismo. Hasta que su hermano Kenji emprendió la cruzada por la libertad de su padre y Alberto recibió el indulto.

Desde entonces, la aplicada Keiko parece haber quedado en shock. Se rumorea que solo ha visitado a su padre una vez y por quince minutos en su casa de La Molina. Y que ha cedido la administración del partido a su eterna asesora Ana Herz de Vega. Es sabido que esta ha sido para ella como una segunda madre que la ha acompañado en los tiempos más duros. Lo irónico es que quien la ayudó a construir el proyecto que por poco la convierte en la primera mujer en ganar la presidencia del país, esté ahora contribuyendo a su final político.

Keiko necesita, si aún quiere competir, empezar a tomar sus propias decisiones. Su propio apellido puede volverse en su contra. No hay que ser adivino para darse cuenta. Kenji tiene ambiciones propias. Además, el carisma y la bendición de papá. Ya está en campaña.
Mientras tanto, Keiko sigue sin dejar verse. No la oímos, solo sabemos que sigue al frente cuando alguno de sus alfiles la evoca o cita a “su lideresa”.

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