Verónika Mendoza y Vladimir Cerrón en uno de los debates que se realizaron durante la campaña electoral del 2016. (Foto: Miguel Bellido / GEC)
Verónika Mendoza y Vladimir Cerrón en uno de los debates que se realizaron durante la campaña electoral del 2016. (Foto: Miguel Bellido / GEC)
María Alejandra Campos

La noticia electoral de la semana ha sido la alianza entre Nuevo Perú de Verónika Mendoza y Perú Libre de Vladimir Cerrón. Un dueto que, en realidad, es un trío, pues también está incluido el menos llamativo Juntos por el Perú de Yehude Simon.

Las críticas, por supuesto, han girado en torno a la eticidad de la decisión. Cómo Nuevo Perú, que ha enarbolado la bandera de la igualdad, la inclusión y la lucha por los derechos civiles desde su bancada parlamentaria, ha podido aliarse con alguien que representa todo lo contrario es el principal cuestionamiento que ha surgido en las redes sociales y las columnas de opinión.

Algunos fanáticos de la real politik podrían argumentar que lo importante no es la consecuencia en el discurso, sino la posibilidad de ganar la elección. Y desde esa perspectiva la decisión de Verónika y sus militantes solo podrá ser evaluada en el 2021, cuando su candidatura triunfe o fracase en los comicios presidenciales.

Pero, en aras de ahorrarnos los 500 días de espera, voy a hacer un poco de arqueología electoral para tratar de responder la interrogante de qué tanto aporta o no Perú Libre a Nuevo Perú.

Vladimir Cerrón tuvo una fría participación en la campaña electoral del 2016. Postuló a la presidencia por Perú Libertario (hoy Perú Libre) y se retiró sin pena ni gloria un mes antes de la elección. En la encuesta de El Comercio e Ipsos de febrero, la última previa a su deserción, Cerrón aparecía en el pelotón de Otros con menos de 1% de intención de voto.

En la edición más reciente de su participación electoral, las elecciones regionales y municipales del 2018, Cerrón consiguió la gobernación regional de Junín a través del Movimiento Regional Perú Libre. Ganó 30,5% de los votos emitidos, 11 puntos por encima del segundo lugar. Sin embargo, Junín no es una plaza grande y su victoria requirió de apenas 220 mil votos. Es decir, menos del 1% del padrón electoral nacional. A su vez, en Lima, Ricardo Belmont postulaba a la alcaldía por Perú Libertario. Terminó quinto con solo 3,4% de los votos emitidos.

Regresemos a la elección del 2016. En esa encuesta de febrero en la que Cerrón estaba de colero, Verónika Mendoza tenía apenas 4% de intención de voto. Keiko Fujimori lideraba con 30% y Julio Guzmán estaba segundo con 18%. Luego de la exclusión de Guzmán del proceso electoral, Verónika trepó al tercer lugar. Los votos del candidato morado se habían repartido entre ella y Barnechea, que después no se comió el chicharrón y le dejó el camino libre al Frente Amplio para lucharle codo a codo el pase a segunda vuelta a Kuczynski.

Ese febrero del 2016, los peruanos se colocaban en el 5,1, en una escala donde 1 era extrema izquierda y 10 era extrema derecha. A Mendoza la colocaban en el 4,3 y a Guzmán en el 5,5. Keiko y PPK eran percibidos como un 7. Es decir, la cercanía al centro de la entonces candidata del Frente Amplio le permitió capitalizar la salida de Guzmán y terminar en un cómodo tercer lugar.

Así, todo parece indicar entonces que la alianza con Cerrón, en términos electorales, no solo no suma, sino que resta. La gran duda que queda abierta es por qué no ir solo con Juntos por el Perú. ¿Qué sentido tiene una izquierda unida si su capital político disminuye?