Por Redacción EC

Un reciente por los investigadores Qi Zhang de la Universidad de Wisconsin-Madison y Wongeun Ji de la Universidad Global de Handong reveló que la sobreprotección parental tendría efectos negativos en la salud mental de los hijos. El estudio encontró que los jóvenes criados bajo estilos de crianza excesivamente controladores tendían a presentar mayores niveles de depresión, ansiedad y otros problemas emocionales internos. Aunque la relación identificada fue pequeña, los resultados tuvieron relevancia estadística, lo que refuerza la existencia de un vínculo entre la sobreprotección y ciertas dificultades emocionales. Los síntomas detectados corresponden a problemas internalizantes, es decir, y conflictos psicológicos que suelen manifestarse de manera interna y silenciosa. La investigación se enfocó en adolescentes y adultos jóvenes, con una edad promedio a los 20 años. Según los especialistas, una con exceso de control podría limitar el desarrollo de la independencia emocional y afectar la capacidad de adaptación en etapas posteriores de la vida, lo que dificulta el enfrentamiento a problemas cotidianos de manera autónoma.

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Las décadas de 1960 y 1970 estuvieron marcadas por una infancia y adolescencia muy distintas a las actuales, debido a que no existían teléfonos inteligentes, redes sociales ni otros estímulos tecnológicos que hoy forman parte de la vida diaria. De acuerdo con especialistas en psicología, los menores crecían con mayor libertad, menos supervisión y una relación más cercana con su entorno y las actividades al aire libre. En dicha época, era común que los niños acudieran solos al colegio, resolvieran sus propios conflictos en el patio y pasaran gran parte del día fuera de casa, con la única indicación de regresar antes de la cena. Especialistas sostienen que esas experiencias contribuyeron al desarrollo de habilidades como la resiliencia, la creatividad y la capacidad de adaptación frente a los problemas cotidianos. Según la psicología, quienes crecieron en esas décadas aprendieron lecciones de vida vinculadas a la independencia, la resolución de conflictos y la autonomía personal, aspectos que hoy son motivo de análisis ante los cambios generados por la tecnología y las nuevas formas de crianza.

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Con el paso de los años, las dinámicas de crianza han cambiado considerablemente y han dado paso a modelos familiares más controlados, en los que muchos padres pueden monitorear en tiempo real la ubicación de sus hijos mediante dispositivos móviles. Los especialistas sostienen que este cambio ha reducido las experiencias de autonomía que antes formaban parte de la infancia y la adolescencia. Por ejemplo, cuando perder un juego o no alcanzar una meta era considerado parte natural del aprendizaje, hoy tratamos de evitar que los menores enfrenten frustraciones. Según expertos en psicología, la ausencia de una protección constante frente al error permitía desarrollar tolerancia al fracaso, resiliencia y capacidad para resolver problemas de manera independiente. La sobreprotección parental no solo implica atención o cuidado, sino un conjunto de conductas en las que los padres intervienen excesivamente en la vida cotidiana de sus hijos. Por ejemplo, cuando intervienen en los conflictos entre amigos, corregir tareas o correos escolares y reclamar ante entrenadores o profesores por decisiones que afectan al menor como ponerle un cero o dejarlo en la banca. De acuerdo con los psicólogos, este tipo de comportamientos puede transmitir a los niños la idea de que no son capaces de enfrentar dificultades por sí solos.

¿Cuál es la solución ante estos problemas psicológicos en las que se ven afectado los niños en su crecimiento?

La autorregulación, es decir la capacidad de gestionar las propias emociones y el comportamiento sin intervención externa, es el mecanismo para todos estos problemas en los niños. Esta capacidad permite, por ejemplo, que un joven pueda tranquilizarse después de una discusión en redes sociales o mantener la calma cuando enfrenta situaciones inesperadas o frustrantes. Los especialistas señalan que la autorregulación no es una cualidad innata, sino una habilidad que se construye progresivamente a través de experiencias cotidianas, muchas veces marcadas por errores, conflictos y momentos de tensión. En ese sentido, enfrentar la frustración y aprender a superarla sería clave para fortalecer la estabilidad emocional y la capacidad de adaptación en la vida adulta. Marc Brackett, director del Centro de Inteligencia Emocional de Yale, ha descrito la regulación emocional como «un conjunto de habilidades intencionales aprendidas para gestionar las emociones con sabiduría». Sin embargo, advierten que cuando los adultos intervienen de manera inmediata para evitar cualquier frustración o incomodidad, el menor pierde oportunidades importantes de aprendizaje emocional.