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AMLO: ¿por qué el presidente de México se entromete tanto en los asuntos del Perú?
“No es legal ni legítimamente, para nosotros, presidenta del Perú”, dijo esta semana Andrés Manuel López Obrador, jefe de Estado mexicano, sobre Dina Boluarte. No es la primera grave intromisión de AMLO, y tampoco parece que sea la última.
Andrés Manuel López Obrador (AMLO) sube a un pequeño estrado, calibra la altura del micrófono, saluda a los reporteros con su clásica media sonrisa y comienza a hablar de distintos temas durante el tiempo que él considere pertinente, dos horas en promedio. Así, todos los días, o casi. Los mexicanos llaman la ‘mañanera’ al ejercicio cotidiano que su presidente practica desde que comenzó a gobernar, a fines del 2018. Cuando había cumplido tres años y medio en el poder, el periodista Luis Estrada publicó “El imperio de los otros datos”, un libro que analiza todo aquello que AMLO dice en estas aburridísimas conferencias. Estrada contó un total de 76.544 afirmaciones falsas, engañosas o imposibles de comprobar; es decir, unas 93 por cada conferencia. Más prolífico que Chespirito.
Los periodistas que acuden a las ‘mañaneras’ ya no se preocupan tanto en medir la verosimilitud de lo que AMLO dice, básicamente porque no les alcanza la jornada; a lo mucho, toman nota cuando libera alguna frase curiosa o provoca alguna polémica. Por ejemplo, cuando berreó como borrego –literalmente– para burlarse de los diputados de la oposición. O cuando reprochó a los grandes medios de prensa por haberlo ‘golpeado’ durante la campaña a la presidencia y dijo, siempre con la media sonrisa en la cara: “Mi pecho no es bodega”. Se trata de un mexicanismo muy común entre quienes admiten ser incapaces de quedarse callados; el Palacio Nacional aloja al más alto representante de esta especie.
Desde el inicio de su gobierno, Pedro Castillo fue apadrinado por López Obrador. Al final de su gestión intentó pedirle asilo político, pero la policía lo detuvo antes de que lo lograra. (AFP)
Qué bonita vecindad
El escritor mexicano Juan Villoro definió a López Obrador como “un caudillo anticuado”. Populista, personalista y demagogo, una de las víctimas más recientes de su incontinencia verbal es la presidenta Dina Boluarte. “No le puedo entregar yo nada porque ella [Boluarte] no es legal ni legítimamente, para nosotros, presidenta del Perú”, dijo AMLO el lunes, en otra de sus interminables ‘mañaneras’.
La actitud del mexicano no es reciente y, para entenderla, tenemos que regresar a noviembre del 2022, pocas semanas antes de que Pedro Castillo comenzara a sembrar hortalizas en el huerto de la Diroes.
En resumen: la presidencia ‘pro tempore’ de la Alianza del Pacífico debía ser cedida por México al Perú ese mismo mes en Ciudad de México durante una cumbre. Los problemas comenzaron cuando el Congreso peruano no aprobó el viaje de Castillo. AMLO, entonces, anunció que vendría él mismo al Perú para completar el trámite, e incluso puso fecha: 14 de diciembre. Obviamente, tuvo que cancelar su pasaje en avión cuando Castillo hizo el amago de golpe de Estado. Desde entonces, nadie lo ha defendido tanto como López Obrador.
El mismo día del golpe –y de la posterior detención de Castillo cuando se dirigía, precisamente, a la embajada mexicana–, López Obrador escribió en Twitter que, “por intereses de las élites económicas y políticas”, el profesor chotano había sido llevado “a tomar decisiones que le han servido a sus adversarios para consumar su destitución”.
En una vistosa pero intrascendente gimnasia verbal, AMLO intentaba hacer creer que Castillo era inocente y que la culpa la tenían todos los demás. “Yo sostengo que el presidente legal y legítimo del Perú es Pedro Castillo, que está injustamente en la cárcel”, insistió una semana después. En una de sus conferencias matutinas, frente a los adormilados reporteros, cuestionó que a su amigo peruano lo detuvieran “sus propios guardias, algo que es completamente ilegal”. Esto es mentira, porque fue detenido en flagrancia, algo perfectamente legal; Podría sumarse a las casi 80 mil medias verdades que acumula.
Para seguir con esta historia, el mexicano necesitaba un antagonista que le permitiera mantener viva su disforzada hipótesis, y entonces se le ‘prendió’ a Boluarte. “Yo no quiero entregar [la presidencia] a un gobierno al que considero espurio”, dijo. Allí sí cruzó la línea.
"La injerencia extranjera hasta ahora existe, ahí tenemos las declaraciones del presidente López Obrador, de México", dijo días atrás la presidenta Boluarte a El Comercio. (Foto: Alonso Chero)
Sin querer queriendo
Primero, hay un asunto que solucionar: la bendita presidencia ‘pro tempore’. Cuando los países que integran la Alianza del Pacífico –Chile, México, Colombia y Perú– firmaron las actas, nunca imaginaron que se podría dar una situación en la que un presidente se aferra al cargo y se niega a entregarlo. No hay una salida en el reglamento. El Perú tendría que negociar con Chile y Colombia, cuyos actuales gobernantes son más afines a López Obrador que a Boluarte (aunque, en los últimos días, el gobierno chileno ha mostrado cierto respaldo al Perú).
López Obrador seguirá diciendo lo que quiera en sus ‘mañaneras’, eso nadie puede impedírselo. Y continuará defendiendo a Castillo mientras este siga sembrando hortalizas entre cuatro muros. El peligro está en que las relaciones entre Perú y México se vean afectadas. Meses atrás, el periodista Fernando Vivas le preguntó al reconocido historiador mexicano Enrique Krauze si él pensaba que estas peleítas podrían ensuciar las relaciones entre ambos países. “Este incidente será, a lo mucho, una nota a pie de página”, respondió Krauze, con total calma.