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Augusto Polo Campos escribió sobre su paso por el Puericultorio

El testimonio de puño y letra del compositor Augusto Polo Campos de lo que significó sentirse parte del Puericultorio Pérez Araníbar durante los veranos de su niñez  

Augusto Polo Campos

El prolífico compositor falleció el miércoles 17 de enero por la noche. (Foto: Archivo histórico El Comercio)

El prolífico compositor falleció el miércoles 17 de enero por la noche. (Foto: Archivo histórico El Comercio)

El año 2014 un libro sobre el legado del filántropo y médico peruano Augusto Pérez Araníbar –creador del Puericultorio de Magdalena que lleva su nombre- incluyó testimonios de una docena de ex alumnos de esta pionera casa de acogida (en sus inicios, un albergue con la mejor infraestructura y comodidades, incluyendo una escuela climática). En la década del 40, un niño llamado Augusto Polo Campos pasó sus veranos interno allí. Su testimonio de puño y letra sobre aquella experiencia que lo marcó de por vida se publicó en el libro mencionado: Historia de un sueño, editado por la Asociación del Voluntariado del PPA. Aquí lo reproducimos: 

Puericultorio

Puericultorio

El testimonio de Polo Campos aparece en el libro Augusto Pérez Araníbar, Historia de un sueño. Lo recaudado por su venta se destina íntegramente a un fondo de ayuda para que jóvenes egresados del PPA continúen sus estudios superiores. En venta en todas las librerías. 

“Yo no amo con el corazón. Tampoco quiero a Dios con los latidos ‘cardiológicos’ del pecho. Parece mentira que en la décima parte de mi existencia, sí, a mis 8 años, pude escoger y exigir un lugar junto a los 40 compañeritos que querían ir de vacaciones a la Climática. Así se
llamaba en 1940 a esta franja hermosa que se erguía sobre el inmenso mar peruano. Y yo estuve allí. Entonces fue como haber viajado a las lejanas ‘Europas’, pero era tan solo un ‘continente’ para las criaturas de Lima. Había pocas personas grandes, con excepción de los fines de semana, en que aprendíamos a dibujar a los ‘fantasmas vivos’ que llegaban a las puertas de nuestro hermoso Palacio de Verano. Todos miraban, otros escuchaban, aguzaban los oídos para oír el mágico llamado de nuestros apellidos. ¿Qué pasaba entonces? Ocurría que se hacían realidad nuestros sueños.

Mi hermano Santiago Polo Campos y yo vivíamos juntos en la Climática. Siendo cinco años mayor, de reojo él me vigilaba. Y hasta me acusaba a los sacerdotes, que nos cuidaban y engreían. Mucho tiempo después supe por qué a algunos niños les daban doble bizcocho, más carne, más mazamorra. ¿Por qué la preferencia? Los padres les contaron a los alumnos mayores y mi hermano me contó a mí: no se trataba de discriminación perversa, no… A esos niños les
daban más de todo porque venían de los lugares más pobres. Allí conocieron lo que era comer bien cuatro veces al día. Descubrieron que había dulces y más pasteles… y, sobre todo, por primera vez sentían amor. Eran huérfanos y venían de los pueblitos más ignorados, y los traían a conocer el mar y el amor. Allí, al saberlo, aprendí a quererlos más y a comer menos, porque yo partía lo mío para darles a esos niños. 

Los fines de semana mirábamos a las puertasesperando que nos llamen por el apellido: había llegado mi mamá. Para mí, una semana sin verla era como un año que pasara... Y salíamos corriendo y ella también buscaba ansiosa volver a vernos. 

Como anécdota les diré que Augusto Polo Campos, tan generosamente aplaudido por su talento y cerebro, aprendió allí, en su Puericultorio
Pérez Araníbar, a ganarse la vida con su cabeza. Es cierto: todos los alumnos usábamos grandessombreros de paja porque era verano y el sol se sentía fuerte. El sombrero era la solución. Mi hermano Santiago, al ver que el juego de todos ‘se pagaba’ con figuritas que venían en los chocolates que nos daban grupos de señoras que venían siempre (lo que hoy son las voluntarias; siempre hubo gente buena), inventó un juego: me sentaba en una silla y todos debían hacer entrar el sombrero en mi cabeza, desde ocho metros. El que ganaba cobraba el doble de lo que apostaba… en figuritas. Y yo, sentadito, inmóvil me ganaba la vida con mi cabeza. Así fue, y quién diría que pasado el tiempo, 68 años después, gracias a Dios, a quien conocí allí, sigo
usando mi cabeza para vivir, para dejar volar mis canciones, las que todos cantan y las que alimentan a mis hijos y a los pobres. Algunas
veces veo a mis ex compañeros del Puericultorio, cuando lo visito dos veces al año. Recordando lo que viví hace tanto tiempo allí mismo soy también uno de los voluntarios que viene, el día de mi cumpleaños o cualquier día, con las manos llenas de recuerdos, vestidos de chocolate y caramelos. Y créanlo, Dios ha sido tan bueno conmigo que si en la realidad tengo siete hijos y los adoro, recibo aún más, cuando me toca visitar a los niños, y muchos de ellos me dicen, pensando tal vez en los padres que perdieron, ‘¡papá, papá, papá, papá!’. Y yo, disimuladamente, volteo la cara buscando el recuerdo que viví allí mismo y miro a mis verdaderos hijos hermanados con los demás niños. Aprenden lo que yo aprendí. Lo mejor que aprendí, lo más bello, que jamás pude olvidar…

Aprendí a volver a vivir 70 años después y asentirme hijo, como antes, y verdadero padre, como ahora. Y todo gracias a que Dios me abrió
las cortinas del amor, para vivirlo, actuarlo y sentirlo cada vez que llego a ver y endulzar aquellas miradas de mis hermanitos del Puericultorio Pérez Araníbar. 

Será tal vez por eso que Dios me hizo extrañar esta escuela que me enseñó la vida. Hoy y desdehace 50 años vivo ‘aquisito nomás’, a solo seis cuadras de mi Puericultorio. Y reflexiono al pasar por las puertas y, mirando a las dos veredas, me digo: ¡pensar que Dios me pudo poner a vivir en cualquiera de los dos lados de la avenida… Total, se enloquece y se ama, ¿no? 

Mi primera frase dice ‘yo no amo con el corazón’. Es cierto, yo pienso que solo se ama con el cerebro. Lo más feliz que tengo en el pasado es
mi recuerdo del Puericultorio Pérez Araníbar”.

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