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"El círculo de la respiración", por Renato Cisneros 

O la suerte de no morirse en un pueblo fantasma

"El círculo de la respiración", por Renato Cisneros

"El círculo de la respiración", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

"El círculo de la respiración", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

"El círculo de la respiración", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

Hace exactamente diez años, el 30 de setiembre de 2007, un grupo de periodistas de El Comercio salimos en camioneta fuera de Lima a rodar un comercial para una campaña que buscaba poner en la mira turística ciertos destinos nacionales.

Tomamos la carretera central y, cuando nos aproximábamos a La Oroya, esa ciudad minera, gélida, ubicada a 3.750 metros sobre el nivel del mar, nuestro guía repartió unas pastillas para contrarrestar los posibles efectos del soroche. En esa época ignoraba mi alergia crítica a los Aines, esos fármacos que se usan comúnmente para evitar el dolor, la fiebre, las inflamaciones. La pastilla que tomamos contenía un alto porcentaje de aspirina, un típico componente de los Aines. Pero eso tampoco lo sabía.

Nada más ingerir el comprimido noté una leve hinchazón en mis párpados. Al instante vino a mi memoria un almuerzo familiar de años atrás en el que, tras probar un cóctel de langostinos, tuve una reacción similar. En esa ocasión una inyección en la farmacia más cercana conjuró el problema.

Esto era muy distinto. Primero, porque no había farmacias a la vista. Segundo, porque a medida que avanzábamos la hinchazón se incrementaba de manera ostensible. De pronto, mientras recorríamos los desangelados parajes color ceniza de La Oroya, percibí claramente una obstrucción a la altura de mi garganta, como si una compuerta se cerrase lentamente, quitándome el habla y el aire. Estaba sufriendo un choque anafiláctico.

Lo que siguió fue una verdadera pesadilla. Aún hoy recuerdo la repentina rigidez de mi estómago. La vertiginosa hinchazón de manos y pies. El tono violáceo que adquirieron los pómulos. Todos los presentes entramos en pánico. El conductor pisó el acelerador; el copiloto pasó a golpear la lata del auto para espantar a los escasos transeúntes; alguien incluso se puso a llorar. El único que atinó a ayudarme fue el fotógrafo, quien –en un movimiento avezado y solidario que jamás comprenderé del todo– extrajo una cuchilla de su mochila y empezó a practicarme una traqueotomía artesanal. Nadie podía creerlo. Al ver manar de mi pescuezo profusos chorros de sangre segregué adrenalina, sustancia con que los médicos combaten las reacciones alérgicas. Fue lo que me salvó. El doctorcito que me recibió en la única posta de aquel páramo me dijo, sin mucho tacto ahora que lo pienso, que si tardaba cinco minutos más “ya no la contaba”.

Meses después de ese accidente fui a entrevistar a uno de los psicoanalistas más reputados del Perú, quien acababa de publicar un libro. Apenas me vio se interesó por la notoria cicatriz que llevaba en el cuello (que luego sería borrada con ingentes cantidades de concha de nácar). Al oír la historia se quedó con la boca descolgada. De buenas a primeras pasó a indagar por las circunstancias de mi nacimiento. Aunque extrañado por tan puntual curiosidad, procedí a informarle que nací a los siete meses pues el cordón umbilical, enredado como una serpiente en mi cogote, amenazaba con ahorcarme. “¡Eso es!”, gritó de la nada dando un golpetazo en la mesa. Tras una pausa de segundos dijo algo que no he podido olvidar. “Naciste ahogándote y ahora, mira, casi mueres ahogándote. ¡Has cerrado el círculo de la respiración!”. Mi rostro atónito debió haberlo conmovido porque enseguida ordenó: “¡Pídete dos whiskies, hombre! Vamos a celebrar que estás vivo”.

Hace unas semanas encontré en Madrid a B, ex subdirector de este Diario. Casi al final de la charla me confesó que el día del accidente, aquel 30 de setiembre de 2007, después de comunicarse telefónicamente por penúltima vez con el copiloto de la camioneta, al enterarse de los chorros de sangre que manaban sin parar, mandó pedir fotografías mías al archivo para ilustrar la inminente nota necrológica que alguien iría a redactar esa misma noche. Me quedé perplejo y no pude concentrarme en otra cosa. De regreso a casa, aún con escalofríos, me quedé pensando en aquel frustrado obituario. Su mejor titular habría sido: “Tanto nadar para morir en La Oroya”. 

Esta columna fue publicada el 30 de setiembre del 2017 en la revista Somos.

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