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Cuatro cábalas explican el lado más secreto de Ricardo Gareca

Ricardo Gareca enfrenta los últimos dos partidos de la Eliminatoria con el mismo perfil de los últimos 24 meses: organizando su equipo con 15 días de anticipación y atado a sus más secretas costumbres, sus íntimas cábalas

Gareca

Ricardo Gareca y Néstor Bonillo, su PF y, además, su más cercano asesor. El trascendido dice que fue decisivo el OK de Bonillo para la vuelta de Farfán. (Foto: AP)

Ricardo Gareca y Néstor Bonillo, su PF y, además, su más cercano asesor. El trascendido dice que fue decisivo el OK de Bonillo para la vuelta de Farfán. (Foto: AP)

Ricardo Gareca y Néstor Bonillo, su PF y, además, su más cercano asesor. El trascendido dice que fue decisivo el OK de Bonillo para la vuelta de Farfán. (Foto: AP)

Los entrenadores también tienen un pasado. Fueron futbolistas, antes hinchas, y alguna vez niños. Todas esas etapas son las piezas del rompecabezas que permiten entender quiénes son y adónde van. La biografía de Ricardo Gareca tiene un protagonista paralelo que lo marcó a fuego: Carlos Bilardo. Fue él quien lo sacó de la lista del Mundial de México. Y fue él de quién observó esos curiosos modales que se le conocen en Lima desde su etapa en la ‘U’ 2007: el Gareca de las cábalas. ¿Tan influyente puede ser Bilardo? Un par de ejemplos: desde que en su etapa de futbolista en Estudiantes LP su equipo perdió dos partidos y de cena hubo pollo, nunca más sirvió pollo. Una tarde del 86 se presentó a la concentración de Argentina un peluquero llamado Javier Leiva. Cuando le dio la mano le dijo: “Usted es un ganador”. Le cayó bien a Bilardo, ganaron el debut con Corea y desde entonces fue su peluquero oficial. El hombre que borró a Gareca de ese Mundial se cortó el pelo hasta la final con Alemania. Hay mil cábalas más en “Doctor y Campeón” (Planeta), la autobiografía del Narigón. Gareca lo tuvo como técnico de selección dos años antes de esa Copa, tiempo suficiente para ser testigo de sus obsesiones. Una tarde del 2007, cuando ya era técnico de la ‘U’, Ricardo Gareca se encontró con Javier Chirinos, entonces parte del staff de entrenadores de las inferiores pero además, su vínculo más tormentoso con Perú. Chirinos había sido empujado por Pasculli para ese 2-2 del Tigre en cancha de River que clasificó a Argentina al Mundial. Sin ese gol no habría Mano de Dios ni Maradona. Ese partido que en estos días se ha repetido 200 veces. Sin la fama de hoy ni la aprobación exagerada de las encuestas, un par de periodistas de El Comercio vieron ese encuentro. Chirinos se presentó, le dio la mano, sonrieron con cortesía y se fue. Gareca vestía el buzo negro de la ‘U’, demasiado corto para sus largas piernas de ‘9’. Y no se le iba la sonrisa.

–El profe vino a desearme buena suerte-¬, me dijo, con ese tono bajo cero que ya le conocemos. 

Y sí, es un hombre con estrella. 

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