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"Día de vacuna", por Renato Cisneros

Relato del día en que mi hija conoció el dolor

Renato Cisneros

"Día de vacuna", por Renato Cisneros (Illustración: Nadia Santos)

"Día de vacuna", por Renato Cisneros (Illustración: Nadia Santos)

"Día de vacuna", por Renato Cisneros (Illustración: Nadia Santos)

El lunes pasado, pocos días después de que cumpliera dos meses de vida, llevamos a Julieta al centro de salud para someterla al insalvable trámite de la primera vacunación. Su mamá y yo sabíamos que lloraría como nunca antes, por eso durante el camino le hablamos con más delicadeza que de costumbre, pensando ingenuamente que así podríamos mentalizarla para el duro trance que le tocaría pasar. Algo debió percibir nuestra hija allá abajo en su coche, pues en su expresión habitualmente pacífica pareció colarse de pronto un gesto de incertidumbre. 

Una vez en el consultorio la doctora anunció que serían tres las inyecciones. “¿¡Tres!?”, pregunté en silencio. Enseguida nos explicó el propósito de cada vacuna. “La hexavalente”, dijo, “le generará defensas contra la hepatitis B, el tétanos, la difteria, la tosferina, la polio y el Haemophilus influenzae”. Luego siguió hablando pero dejé de prestarle atención; poco a poco me fui mentalmente de ese cuarto y de esa conversación traspasando los muros como si fuesen velos. De repente estaba en otro tiempo, otro lado, exactamente en la habitación donde me aplicaron la inyección más dolorosa que mi cuerpo recuerde. Tengo seis o siete años y estoy debajo de mi cama, escondiéndome de mi madre y del doctor Albán. No tardan en dar conmigo. Ya que no logran persuadirme por las buenas, me fuerzan a ponerme boca abajo, inmovilizándome sobre el colchón. Compadeciéndose de mi lloriqueo asmático, mi madre me ofrece su objeto más preciado, su Walkman Sony, dándome instrucciones precisas: “Apenas sientas la aguja, sube el volumen”, en la esperanza de que la música me distraiga del aguijonazo en la nalga. El truco habría dado resultado si no fuese porque al aparato le faltaban pilas. Chillé por la frustración más que por el dolor en sí. “¿Estás escuchando a la doctora, no?”, me remeció de pronto mi esposa, disolviendo de golpe el amargo flashback. “Sí-sí-sí”, tartamudeé.

Mientras desnudábamos a la niña le señalé en la pared un afiche del Libro de la selva, donde se veía a Mowgli bailando con el oso Baloo bajo unas palmeras atestadas de monos anaranjados. Fue una infructuosa estrategia de despiste. Sus ojos, llenos de miedo por primera vez, parecían atisbar el martirio que se avecinaba. Nos miró con sospecha, como si preguntara “a dónde me han traído”.

La doctora me instruyó para que atenazara las piernas de Julieta, y cuando advertí que su rostro empezaba a descomponerse en decenas de muecas de pavor, me sentí un traidor. Un padre que entrega a su hija en nombre de una causa supuestamente noble o justa. Abraham a punto de sacrificar a Isaac. Mi esposa le acariciaba la cabeza, pero no había consuelo posible. Por más que quise cerrar los ojos no pude, así que me tocó lidiar con el sordo espectáculo de su sufrimiento. Un llanto sin ruido. Fueron tres agujas en los muslos. Agujas que sentí puñales. Tras el último hincón, la cargué en brazos, percibí sus temblores y sentí –parafraseando a Tobías Wolff en Vida de este chico– que se la había “arrancado a una manada de lobos”.

Quebrado ante la fragilidad de Julieta pero también ante su resistencia, me la llevé cargada y a lo largo de cinco cuadras no dejé de musitarle al oído promesas acerca de cuánto la cuidaría en el futuro. Una vez en casa continué calmándola, o creyendo que la calmaba, con más de esas frases llenas de aprensión hasta que en un momento, seguramente harta de tanta sensiblería, como una forma de vacunarme contra la cursilería y el melodrama, mi hija me hizo saber de forma irrefutable que lo único que necesitaba, mucho más que todos esos juramentos grandilocuentes e inútiles, era un inmediato cambio de pañal.

Esta columna fue publicada el 4 de noviembre del 2017 en la revista Somos.

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