La fibra q’oya es chancada con piedras y remojada en las aguas del río Apurímac para empezar a tejer el Q’eswachaka. Arriba: La ceremonia de restauración anual es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco desde el 2013. (Foto: Anthony Niño de Guzmán)
La fibra q’oya es chancada con piedras y remojada en las aguas del río Apurímac para empezar a tejer el Q’eswachaka. Arriba: La ceremonia de restauración anual es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco desde el 2013. (Foto: Anthony Niño de Guzmán)
Rosario Castro Pacheco

El tiempo parece haberse detenido a unos 50 metros de altura, sobre un desfiladero del río Apurímac, al sudeste de la ciudad del Cusco, en el distrito de Quehue, provincia de Canas. Y es que ahí yace el último puente colgante de la cultura inca, vigente desde hace aproximadamente 600 años. Se trata del Q’eswachaka (puente de cuerdas), diseñado y erigido a mano con fibra natural o paja brava (ichu y q’oya). Cada mes de junio, esta construcción inca es renovada en medio de un ritual de tres días, siguiendo las técnicas ancestrales transmitidas de generación en generación por las comunidades locales de Winch’iri, Chaupibanda, Ccollana Quehue y Perccaro.

Impresionan sus cuerdas trenzadas de 28 metros de largo que se mesen a voluntad de las corrientes de aire a más de 3.700 m.s.n.m., atadas por el chakaruhac (ingeniero inca) en ambos extremos del cañón de Quehue, a tres horas de la ciudad de Cusco. La hazaña para cruzar al otro lado inicia –por supuesto– con un suspiro profundo para expulsar los nervios.

Cada mes de junio, en un rincón de los Andes peruanos, cuatro comunidades quechuas renuevan el Q'eswachaka, un vestigio viviente de cinco siglos de antigüedad. (Foto: Anthony Niño de Guzmán)
Cada mes de junio, en un rincón de los Andes peruanos, cuatro comunidades quechuas renuevan el Q'eswachaka, un vestigio viviente de cinco siglos de antigüedad. (Foto: Anthony Niño de Guzmán)

Luego resta caminar sobre una alfombra de fibra de 1,20 metros de ancho y sujetarse de sus gruesas barandas de paja, las cuales son la última parte de la estructura en ser tejida y unida a la base con soguillas. Pero no hay de qué preocuparse: la estructura se ha mantenido en la historia gracias a que es más resistente a los terremotos que los puentes de piedra coloniales; y, además, según los lugareños, puede soportar el peso de hasta 15 llamas y un pastor. Por tanto, atravesar el Q’eswachaka es un balance perfecto entre la aventura y la historia, en el que se pone en valor esta tradición de la cultura andina. //

SEPA MÁS:

Llega a Cusco con Viva Air o Sky Airline desde US$ 54.

El alojamiento por noche en los hoteles Selina y Rumi Punku va desde S/ 175.

A unos diez metros de altura por encima del río, sobre los dos estribos de piedra, los hombres amarran a un extremo y otro de la garganta las primeras seis cuerdas gruesas que formarán el esqueleto del puente. Cuatro de ellas son las matrices y sirven de soporte, y otras dos, laterales, constituyen las barandas. (Foto: Anthony Niño de Guzmán)
A unos diez metros de altura por encima del río, sobre los dos estribos de piedra, los hombres amarran a un extremo y otro de la garganta las primeras seis cuerdas gruesas que formarán el esqueleto del puente. Cuatro de ellas son las matrices y sirven de soporte, y otras dos, laterales, constituyen las barandas. (Foto: Anthony Niño de Guzmán)

El tour guiado cuesta S/ 110 e incluye traslado ida y vuelta.

A orillas del río Apurímac, los lugareños ofrecen paseos en bote por S/ 10.