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A los ocho meses, Valeria aún no se sentaba sola. Su madre intentaba convencerse de que cada niño tiene su propio ritmo, pero sentía que algo no encajaba. A los once meses llegaron las primeras crisis: movimientos bruscos, miradas perdidas y episodios de risa inmotivada que desconcertaban a quienes la rodeaban. El primer pediatra habló de un retraso madurativo, un segundo especialista sugirió la estimulación temprana, mientras que un tercero pidió paciencia.
A los ocho meses, Valeria aún no se sentaba sola. Su madre intentaba convencerse de que cada niño tiene su propio ritmo, pero sentía que algo no encajaba. A los once meses llegaron las primeras crisis: movimientos bruscos, miradas perdidas y episodios de risa inmotivada que desconcertaban a quienes la rodeaban. El primer pediatra habló de un retraso madurativo, un segundo especialista sugirió la estimulación temprana, mientras que un tercero pidió paciencia.
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Durante casi tres años, la familia recorrió hospitales y clínicas. Entre electroencefalogramas, terapias y diagnósticos imprecisos, la única constante era la incertidumbre. Hasta que un neurólogo recomendó realizar una prueba genética que, semanas después arrojó un nombre desconocido para ellos: el síndrome de Angelman.
Sin duda, recibir el diagnóstico no borró el miedo, pero sí puso fin a la duda. Sin embargo, no todas las familias logran obtener esa respuesta a tiempo, especialmente en un país como Perú, donde las enfermedades raras aún enfrentan múltiples barreras, por lo que visibilizar esta condición es el primer paso para cambiar esa historia.
Un diagnóstico que aún cuesta nombrar
Hablar del síndrome de Angelman implica referirse a una condición genética poco común que afecta de manera significativa el desarrollo neurológico. Según explicó el doctor Fernando Lizárraga, neurólogo de Clínica Internacional a Somos, se trata de un enfermedad rara y huérfana que se manifiesta a través de un retraso global del desarrollo, ausencia o severa limitación del lenguaje verbal, discapacidad intelectual, movimientos atípicos, epilepsia y un comportamiento característicamente alegre.
Desde el punto de vista genético, la neuróloga pediatra Viviana Granados, de Clínica SANNA San Borja detalló que la causa específica radica en la pérdida de función del gen UBE3A, ubicado en el cromosoma 15.
“Esta alteración puede producirse por cuatro mecanismos distintos. El más frecuente —presente en aproximadamente el 70 % al 75 % de los casos— es la deleción de un pequeño segmento del cromosoma 15 materno donde se encuentra dicho gen. También puede ocurrir por disomía paterna, cuando el niño recibe dos copias del cromosoma del padre y ninguna funcional de la madre, fenómeno que representa entre el 3 % y el 7 % de los casos. En un 10% a 15% de los pacientes, el síndrome se debe a una mutación del propio gen UBE3A que lo vuelve inactivo, mientras que entre el 3 y5 % corresponde a defectos en la impronta genética, situación en la que la copia materna del gen se encuentra bloqueada y no puede expresarse adecuadamente”.

Pese a su complejidad genética, como señaló el neurólogo, la mayoría de los casos no son heredados, sino que aparecen de manera esporádica, lo que añade un componente de incertidumbre para las familias.
Un largo camino al diagnóstico
El recorrido hacia su diagnóstico suele ser complejo y prolongado. Aunque las primeras manifestaciones, según Cleveland Clinic, aparecen desde los primeros meses de vida, la combinación y severidad de los síntomas varían entre pacientes, lo que puede dificultar el reconocimiento temprano.
- Retraso del desarrollo.
- Discapacidad intelectual.
- Afección severa del lenguaje, que puede ir desde la ausencia de lenguaje verbal hasta un vocabulario muy limitado.
- Ataxia, la cual provoca una marcha inestable con piernas separadas y brazos elevados para mantener el equilibrio.
- Dificultad para caminar.
- Alteraciones en el tono muscular.
- Convulsiones, presentes en más del 80 % de los pacientes antes de los tres años.
- Trastorno del sueño con disminución de las horas del sueño.
- Fenotipo particularmente alegre, con risas frecuentes, alta sociabilidad e hiperactividad, rasgos que históricamente llevaron a que el trastorno fuera denominado “Happy Puppet Syndrome”.
- Características físicas como microcefalia, boca ancha con dientes separados, lengua prominente y mandíbula inferior marcada; estos rasgos suelen hacerse más evidentes con el paso del tiempo.
“La sospecha clínica suele surgir durante el primer año de vida, cuando el bebé no logra ciertos avances como sentarse, gatear o balbucear como otros niños de su edad. No obstante, el diagnóstico tiende a confirmarse entre los 2 y 5 años de edad, etapa en la que estos síntomas son más evidentes”, sostuvo la doctora María Saravia, directora de Medicina Humana de la Universidad San Ignacio de Loyola.
De acuerdo con la doctora Granados, el proceso diagnóstico actual comienza con la evaluación clínica por parte de un neuropediatra o genetista, seguida de pruebas moleculares. Entre ellas, el análisis de metilación —capaz de detectar aproximadamente el 95 % de los casos—, la técnica FISH y el secuenciamiento del gen UBE3A permiten confirmar la alteración genética responsable. Aunque la sospecha puede plantearse antes de los tres años, el tiempo transcurrido hasta la confirmación varía considerablemente. En el Perú, este intervalo puede extenderse entre uno y dos años debido a confusiones con otros diagnósticos, la centralización de especialistas en la capital, los costos de las pruebas y la demora en los resultados cuando las muestras deben enviarse al extranjero.
“La falta de registros nacionales precisos impide conocer con exactitud la magnitud del síndrome en el país. No obstante, tomando como referencia la incidencia global —estimada entre uno por cada 12000 a 20000 nacidos vivos—, se puede proyectar que podría haber entre 1600 y 2500 personas con esta condición en el Perú. El número de casos confirmados, sin embargo, es significativamente menor, lo que evidencia un importante subdiagnóstico o confusión con otros trastornos como el espectro autista o la parálisis cerebral infantil. Lamentablemente, esto termina causando un impacto directo en la calidad de vida de los pacientes y sus familias, ya que retrasa el acceso a terapias e intervenciones oportunas”.
¿El Perú está preparado para tratar pacientes con el síndrome de Angelman?
El país se encuentra—según Viviana Granados— en una etapa de transición, ya que ha dado pasos importantes en el plano legal, pero aún enfrenta serios desafíos en la práctica.
Por un lado, el Perú cuenta con un marco normativo específico, la Ley Nº 29698, que declara de interés nacional la atención de personas con Enfermedades Raras y Huérfanas (ERH), entre ellas el síndrome de Angelman. Este reconocimiento posiciona al país como uno de los pocos en la región con legislación dedicada a estas patologías. Sin embargo, como advirtió la neuróloga pediatra, el financiamiento asignado resulta insuficiente, lo que impide que los beneficios de la ley se traduzcan en una cobertura efectiva y equitativa para todos los pacientes.

En el ámbito estructural también persisten algunas barreras significativas. La escasez de genetistas limita la capacidad diagnóstica, mientras que la concentración de recursos tecnológicos y especialistas en Lima genera una marcada desigualdad territorial. Además, muchos de los insumos necesarios para pruebas genéticas no se producen en el país, lo que encarece y retrasa los estudios especializados. A ello se suma la ausencia de centros de referencia para trastornos del neurodesarrollo que ofrezcan atención multidisciplinaria integral en un solo espacio, elemento clave en el manejo de este síndrome.
En cuanto a la accesibilidad de tratamientos y terapias, la situación varía según el sistema de atención. En el sector público, si bien los servicios existen, las largas listas de espera retrasan las intervenciones. En cambio, en el ámbito privado, el acceso suele ser más rápido, pero implica costos elevados que no todas las familias pueden asumir. En las regiones fuera de la capital, la disponibilidad de estos servicios es limitada o casi inexistente. Frente a este panorama, asociaciones civiles como Angelman Perú y la Federación Peruana de Enfermedades Raras (FEPER) cumplen un rol fundamental al brindar apoyo y, en algunos casos, facilitar el acceso subsidiado a terapias y orientación.
“Entre los cambios prioritarios en el sistema de salud peruano, considero que es indispensable incrementar el número de especialistas capacitados, descentralizar la atención mediante la creación de centros de referencia en diversas regiones, asegurar el financiamiento para pruebas diagnósticas y terapias, así como también establecer alianzas y convenios de investigación con participación de pacientes peruanos”, recalcó Granados.
¿Cómo es vivir con el síndrome de Angelman?
Vivir con el síndrome de Angelman implica enfrentar una condición genética compleja que acompaña a la persona y a su familia a lo largo de toda la vida. Al no existir una cura, el abordaje se centra en el manejo integral de los síntomas y en la promoción de una mejor calidad de vida.
Según la doctora Granados, el tratamiento es fundamentalmente sintomático y de apoyo, por lo que requiere un enfoque multidisciplinario. Uno de los principales desafíos es la epilepsia, que afecta entre el 80 % y el 90 % de los casos y con frecuencia puede ser refractaria. Por, eso para su control se emplean anticonvulsivantes como el valproato, el levetiracetam y las benzodiacepinas, evitando fármacos como la carbamazepina, que podrían agravar las crisis. En situaciones de difícil control también puede indicarse la dieta cetogénica.
Además, los trastornos del sueño suelen manejarse con melatonina e higiene del sueño, mientras que la ataxia y los problemas de equilibrio requieren fisioterapia y, en algunos casos, el uso ortesis. Por su parte, la terapia ocupacional resulta clave para abordar la apraxia y mejorar la motricidad fina.
“El control neurológico periódico es esencial para prevenir complicaciones graves, como crisis convulsivas severas”, indicó la doctora Malee Rodrigo, docente de la carrera de Medicina Humana de la Universidad Científica del Sur. Asimismo, destacó que la terapia de comunicación aumentativa y alternativa (CAA), mediante pictogramas físicos o software especializado en tabletas, permite a las personas expresar necesidades y emociones. Esta posibilidad no solo mejora la interacción social, sino que también disminuye la frustración y eleva significativamente la calidad de vida.
A largo plazo, el síndrome de Angelman tiene repercusiones importantes en la vida, especialmente adulta. Según el neurólogo Fernando Lizárraga, las personas suelen presentar limitaciones cognitivas y dificultades persistentes en el lenguaje verbal, aunque conservan habilidades sociales relativamente preservadas. En cuanto a la la autonomía personal suele ser limitada y la mayoría requiere apoyo en actividades básicas; sin embargo, pueden alcanzar cierta independencia en tareas simples.

En el ámbito educativo, la inclusión es posible mediante adaptaciones curriculares, como las que ofrecen los centros de educación básica especial (CEBES) o entornos protegidos, lo que permite que posteriormente puedan desempeñar actividades laborales con apoyo. No obstante, la inclusión social enfrenta barreras relacionadas con el desconocimiento de la condición y las dificultades comunicativas.
El impacto; sin embargo, no recae únicamente en la persona diagnosticada, sino también en el entorno familiar. “El estrés emocional, económico y social puede ser considerable, ya que el cuidado suele ser permanente y demanda múltiples terapias y vigilancia médica constante. En muchos casos, uno de los cuidadores debe reorganizar o abandonar su actividad laboral para dedicarse al acompañamiento. Por ello, resulta imprescindible ofrecer apoyo psicológico, orientación social, programas educativos inclusivos y redes de acompañamiento que sostengan tanto al paciente como a su familia”, precisó el experto de Clínica Internacional.
Una mirada hacia el futuro
En los últimos años, la investigación genética y neurológica ha abierto caminos que hasta hace poco parecían inalcanzables, especialmente en el ámbito de las terapias dirigidas a la causa molecular del trastorno.
De acuerdo con la neuróloga, entre los desarrollos más relevantes a nivel internacional destacan:
- Oligonucleótidos Antisense (ASO): Son pequeñas moléculas diseñadas para unirse al ADN y activar el gen paterno. El ensayo clínico TANGELO o GTX-102 ha mostrado resultados prometedores en la mejora de la comunicación y el sueño.
- Terapia de Reemplazo Génico: Busca introducir una copia funcional del gen UBE3A en las células cerebrales mediante un vector viral.
- Edición Genética (CRISPR): Se investiga la posibilidad de editar el ADN para corregir la falta de expresión del gen de forma permanente.
“Aunque en el Perú aún no se han desarrollado ensayos clínicos de este tipo, los avances globales marcan una ruta clara hacia tratamientos cada vez más específicos. La investigación científica es clave para transformar el pronóstico de estos pacientes. Por ejemplo, la terapia génica, aplicada en etapas tempranas, podría revertir o atenuar retrasos en el desarrollo, mejorar el control de la epilepsia y favorecer mayores niveles de autonomía. En efecto, esto no solo impactaría en la evolución clínica, sino también en la calidad de vida, abriendo incluso la posibilidad —cada vez más debatida en el ámbito científico— de intervenciones con potencial curativo”, subrayó la especialista.
Por esta razón, en los próximos 10 o 20 años, la doctora Granados vislumbra un escenario marcado por la consolidación de estas terapias, así como también por la expansión del tamizaje genómico neonatal, lo que permitiría diagnósticos más precoces y un manejo oportuno orientado a prevenir complicaciones.
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