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No hubo una gran pelea, tampoco una infidelidad. Simplemente, un día dejaron de encontrarse de la misma manera. Todo comenzó con pequeños gestos: menos abrazos, menos besos espontáneos y menos miradas cómplices. Después llegaron las conversaciones sobre el trabajo, los hijos o las cuentas, las cuales empezaron a ocupar cada vez más espacio. Y así, en un abrir y cerrar de ojos, pasaron de amantes a compañeros de cuarto.
No hubo una gran pelea, tampoco una infidelidad. Simplemente, un día dejaron de encontrarse de la misma manera. Todo comenzó con pequeños gestos: menos abrazos, menos besos espontáneos y menos miradas cómplices. Después llegaron las conversaciones sobre el trabajo, los hijos o las cuentas, las cuales empezaron a ocupar cada vez más espacio. Y así, en un abrir y cerrar de ojos, pasaron de amantes a compañeros de cuarto.
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Aunque hablar de sexo sigue siendo un tabú para muchísimas personas, la vida íntima continúa ocupando un lugar simbólico relevante dentro de las relaciones. Al final, es algo que vemos plasmado en las películas, las series e incluso está presente en las conversaciones cotidianas, pues muchas veces el sexo termina funcionando como una especie de termómetro emocional para medir qué tan bien —o qué tan mal — está una pareja.
Y es ahí donde muchos empiezan a preguntarse si la ausencia de intimidad es parte natural del tiempo o una señal de que algo más profundo cambió.
Para la psicóloga y docente, Diana Bances, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, la disminución del sexo en una relación —especialmente en aquellas de muchos años —no necesariamente supone una alarma. “Las relaciones pasan por distintas etapas. Al inicio suele haber una fase intensa de enamoramiento y conexión, pero luego el vínculo se transforma y el deseo necesita alimentarse también de la conexión emocional, el tiempo de calidad y la comunicación”, señaló a Somos.
Por eso, más que la disminución de la frecuencia sexual, lo verdaderamente importante es cómo vive cada pareja esa evolución.
De pareja a compañeros de cuarto
Muchas parejas comparten la misma cama por años, pero ya no se buscan al dormir. Hablan todos los días y siguen la rutina al pie de la letra, aunque emocionalmente se sienten más como extraños que como compañeros afectivos.
Y es que la delgada línea que separa una etapa “normal” de baja sexualidad —algo que puede ocurrir en relaciones largas, durante la crianza o en momentos de estrés—de vivir como dos personas que simplemente comparten el mismo cuarto surge cuando desaparece la intención de vincularse como pareja y la relación empieza a reducirse únicamente a responsabilidades y logística.
Es decir, cuando la conversación gira alrededor de pagos, tareas domésticas, trabajo o hijos, mientras desaparecen los espacios para seducirse, compartir emociones o buscar intimidad, explicó Iván La Rosa, docente de la carrera de Psicología de la Universidad Científica del Sur.
Según la psicoterapeuta Natacha Duke, de Cleveland Clinic, esta desconexión suele manifestarse incluso mucho antes de que la relación entre oficialmente en crisis. A veces empieza con pequeñas evitaciones, como conversaciones importantes que se postergan o menos curiosidad por lo que siente el otro. También se reduce el contacto físico afectivo y los momentos de cercanía dejan de surgir espontáneamente, al igual que aparecen los silencios prolongados, las discusiones repetidas o la falta de confianza.
“En el plano sexual, la desconexión no se define solo por la frecuencia del sexo, sino por la pérdida de comunicación y de disposición para reparar el vínculo. El problema aparece cuando el rechazo se vuelve constante, cuando el acercamiento genera ansiedad o cuando ambos dejan de preguntarse qué cambió entre ellos”.
Contrario a lo que se suele pensar, la intimidad no empieza en la cama. En realidad, suele construirse —o desgastarse— mucho antes. De acuerdo con Duke, esta se construye en la forma en que la pareja se escucha, se trata, se acompaña y se hace sentir valorada en lo cotidiano.

Cuando durante el día predominan las críticas, la distancia emocional, el agotamiento o la sensación de no ser visto, es más difícil que el deseo aparezca de noche. Por eso, cuidar la relación fuera del dormitorio también es una forma de cuidar la vida sexual.
Además, es importante tener en cuenta que, no todas las relaciones necesitan una vida sexual intensa para funcionar. Diana Bances aseguró que una pareja puede sostenerse sin sexo siempre que ambos estén de acuerdo y encuentren otras formas de intimidad, conexión y complicidad.
“El verdadero problema aparece cuando esa ausencia no es una decisión compartida, sino la consecuencia de heridas, evitaciones o distancias emocionales que nunca llegaron a hablarse. Por ello, la pregunta de fondo no es solo si hay o no sexo, sino si la relación sigue siendo un espacio donde ambos se sienten deseado, elegidos y emocionalmente vivos”.
¿La falta de sexo significa falta de amor?
Probablemente, una de las confusiones más dolorosas dentro de una relación sea pensar que el amor y el deseo sexual son exactamente lo mismo, por lo que cuando desaparece uno, automáticamente el otro también.
Si bien ambos están relacionados, no son idénticos. De hecho, una persona puede amar profundamente a su pareja y, aun así, dejar de sentir deseo sexual. El problema es que solemos interpretar esa ausencia como rechazo, cuando muchas veces detrás hay agotamiento emocional, estrés o ansiedad.
“El deseo necesita energía emocional y psicológica. Cuando la relación se convierte únicamente en obligaciones y discusiones, el erotismo suele debilitarse, aunque todavía exista amor”, aclaró La Rosa.
Por eso, en muchos casos, la falta de sexo no es el problema principal, sino el síntoma visible de una desconexión emocional más profunda. Detrás pueden existir resentimientos, heridas emocionales, problemas de comunicación o una sensación constante de abandono.
Además, esta ausencia se refiere específicamente a la disminución de la actividad sexual, mientras que la falta de intimidad emocional tiene que ver con dejar de sentirse escuchado, comprendido o emocionalmente acompañado dentro de la relación.
Por ejemplo, un hombre que reclama constantemente la falta de sexo en su matrimonio; sin embargo, su esposa lleva años sintiéndose ignorada emocionalmente. En este caso, el conflicto sexual no era el origen del problema, sino la consecuencia de una desconexión afectiva mucho más antigua.

Y es que es importante entender que, hay quienes atraviesan simplemente por una disminución general del deseo sexual—ya sea por factores físicos o emocionales —y otras que el deseo existe, aunque ya no dentro de la relación. En este sentido, el psicólogo indicó que la mejor manera de identificarlo es preguntándose si aún existe fantasía, atracción o interés sexual.
Igualmente, una pareja no debería angustiarse intentando alcanzar una frecuencia “normal” de relaciones sexual, ya que no existe una cifra universal. De acuerdo con la psicoterapeuta Lizbeth Cueva, cada pareja establece —de manera explícita o implícita— sus propios acuerdos sobre la intimidad, ya que lo importante no es cumplir con un número determinado, sino que ambos se sientan cómodos con la dinámica de la relación.
Lo errores que enfrían todavía más la relación
La rutina, la convivencia, el cansancio cotidiano y hasta la estimulación digital desgastan lentamente la conexión de la pareja. Al dejar de verse desde un lugar afectivo o romántico, empiezan a relacionarse solo desde lo funcional.
Como explicó la psicóloga Diana Bances, es justamente en ese punto cuando muchas personas comienzan a perder la conexión emocional y sexual, ya que dejan de percibirse como individuos emocionalmente presentes y empiezan a relacionarse solo desde los roles que cumplen dentro de la rutina diaria.
Con el tiempo, muchas relaciones comienzan a girar únicamente alrededor de las responsabilidades. Entonces poco a poco, la otra persona deja de ser alguien con un mundo propio, con deseos, intereses y esencia individual, para convertirse exclusivamente en el “padre” o “madre” de mis hijos.
“El deseo necesita cercanía emocional, pero también cierta distancia simbólica. Necesita sentir que el otro sigue siendo alguien interesante, autónomo y capaz de despertar curiosidad. Cuando la relación queda reducida solo a funciones y obligaciones, desaparece el espacio para redescubrirse, admirarse o sorprenderse mutuamente. Por eso, muchas parejas no sienten que dejaron de amarse, pero sí que dejaron de desearse”, recalcó la psicóloga.
La admiración: el motor silencioso del deseo
Muchas personas creen que el deseo sexual depende únicamente de la atracción física, pero la admiración emocional tiene un rol mucho más profundo de lo que solemos imaginar.
Admiramos a alguien cuando sentimos que conserva algo auténtico, algo propio que sigue generando interés. Cuando vemos al otro únicamente desde la rutina, la previsibilidad y las tareas compartidas, esa mirada empieza a desaparecer. Y cuando desaparece la admiración, el vínculo puede volverse completamente funcional, pero emocionalmente plano.
La intimidad también se rompe en silencio
Muchas parejas hablan todos los días, pero evitan las conversaciones más importantes: “ya no me siento deseado”, “me siento solo dentro de la relación”, “te siento distante” o “hace tiempo dejamos de conectar”. Y como subrayó Diana Bances: “lo que no se habla normalmente no desaparece, se acumula”.
Con el tiempo, algunas personas dejan de intentar acercarse para evitar sentirse rechazadas. Otras empiezan a buscar validación emocional y sexual fuera de la relación, muchas veces incluso en redes sociales, no necesariamente buscando una infidelidad, sino intentando recuperar una sensación que hace tiempo perdieron: sentirse vistas, admiradas o importantes para alguien.

Por eso, es un grave error intentar “recuperar la pasión” enfocándose únicamente en volver a tener sexo. “El deseo rara vez reaparece bajo presión. Cuando todavía existe distancia emocional, resentimiento o agotamiento acumulado, intentar forzar encuentros íntimos puede hacer que la conexión se sienta más como una obligación que como un deseo genuino”, afirmó la psicóloga de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
Asimismo, puede ser perjudicial creer que el problema empezó cuando dejaron de tener relaciones sexuales. En realidad, muchas veces la desconexión inicia mucho antes: en la indiferencia cotidiana, en sentirse poco priorizados o en la sensación de convivir como compañeros de responsabilidades más que como pareja.
¿Se puede recuperar el deseo y la conexión?
Recuperar la conexión no siempre significa volver a sentir exactamente lo mismo del inicio. Para la psicoterapeuta Natacha Duke, uno de los errores más comunes es intentar recuperar la intensidad de los primeros meses, cuando en realidad el deseo en las relaciones largas evoluciona junto con el vínculo.
A veces, la reconstrucción no consiste en regresar al pasado, sino en aprender a crear una nueva forma de intimidad y cercanía. Y es que la posibilidad de recuperar la atracción depende menos del tiempo que la pareja lleva desconectada y más de lo que todavía existe entre ambos:
- Respeto.
- Honestidad emocional.
- Disposición para comunicarse.
- Voluntad de reparar lo que ocurrió.
- Interés genuino en cuidar el vínculo.
Entonces, ¿por dónde empezar?
Muchas veces el primer paso es dejar de relacionarse únicamente desde la versión agotada y automática de uno mismo. Hay parejas que pasan tanto tiempo sobreviviendo entre las responsabilidades y la rutina, que dejan de mostrarse como personas emocionalmente presentes.
Por eso, antes de intentar “salvar la relación”, lo primero es volver a sentirse vivos individualmente dentro del vínculo:
- Recuperar espacios propios.
- Reconectar con la energía emocional.
- Volver a sentir curiosidad.
- Reencontrarse con partes personales que quedaron apagadas por la rutina.
“En muchos casos, la conexión no se pierde solamente entre dos personas, también se pierde cuando alguien deja de sentirse conectado consigo mismo dentro de la relación”, agregó Bances.
Por su parte, Lizbeth Cueva añadió que otro paso fundamental es poder hablar de la desconexión sin convertir la conversación en una pelea. Esto implica:
- Expresar cómo se siente cada uno.
- Escuchar las posibles causas sin invalidar al otro.
- Evitar ataques o intentos de “tener la razón”.
Los hábitos que realmente ayudan a mantener viva la conexión
Muchas personas creen que el deseo se sostiene únicamente con grandes gestos o momentos perfectos, cuando en realidad, la conexión suele construirse gracias a pequeños hábitos cotidianos.
En este sentido, mantener viva la conexión también implica no dejar que la vergüenza, la incomodidad o el miedo al rechazo silencien el afecto. Hay parejas que todavía quieren acercarse, coquetear o expresar cariño, pero dejan de hacerlo por temor a no sentirse correspondidas.
Por ello, es importante incorporar estos pequeños gestos que ayudan a reforzar la conexión emocional:
- Mirarse mientras conversan.
- Reírse juntos.
- Mantener el coqueteo.
- Expresar admiración.
- Abrazarse o tener contacto físico sin presión sexual.
- Preguntarse cómo está emocionalmente el otro.
- Compartir algún momento del día sin distracciones.
- Enviarse mensajes afectivos.
- Acompañarse emocionalmente incluso en silencio.
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